FLORES EN EL VACÍO, un cuento del escritor y periodista Alex Reyes

Literatura
junio 18, 2020

 

 

Todo estaba al borde del abismo y, sin embargo, ambos cedían a la calma de ver las olas romper. Lo único que ocurría en esa violenta calma —el cielo púrpura rozando el mar, un grupo de niños jugando a la pelota, la arena sobre sus pies, su hija dibujando en la arena— no difería ni alteraba lo que ambos sentían. No era que Fred fuese inseguro o no tuviera algo bueno que decir, es solo que no había gran diferencia entre lo que hablaba y lo que callaba.

Durante años había pensado que Courtney existía solo para él como una prenda de ropa o una sombra que caminase detrás de él, como un objeto inanimado que él pudiera tomar y hacer suyo cuando lo desease. Eso era para él. Tampoco era que Courtney tuviese muchas opciones, en realidad las mujeres nunca habían tenido tantas. En los momentos de más tensión, Fred subía y bajaba las escaleras haciendo aspavientos, vociferaba sin ton ni son, rompía los floreros y en ocasiones le daba por resquebrajar los cuadros. Pero en los de calma, Fred permanecía en cama hecho un ovillo con las luces apagadas, a solas, en medio del silencio. Courtney, en cambio, prefería evitar las discusiones. ¿Qué podría hacer una mujer cinco años menor que su esposo en un lugar apartado de la ciudad? No es que tuviese miedo de Fred, en realidad no se puede temer de un hombre que tiene miedo de sí mismo. Quizá le cueste ser padre, pensó, pero en realidad nunca había hecho gran cosa por Susy.

—¿Qué ha sido? —quiso saber él—. De nosotros, quiero decir…

¿En realidad podría explicárselo? Courtney se lamentó de no encontrar las palabras correctas (si es que las hubiese), pero de momento no podía responder su pregunta. En cambio, dijo:

—Quiero saber adónde va esto —respondió tranquila, se sentó en las escaleras y apretó los labios—. ¿Adónde, Fred?

Para entonces, Courtney había develado la interrogante que se izaba sobre su cabeza: ¿Era Fred el mismo de hace diez años? Probablemente había creído que era un hombre con una sola personalidad y de moral intachable, aunque ahora la realidad fuera violentamente distinta. Tendría que sumarle, además, el proceso de adaptación, las atenciones, el tiempo fragmentado, dejar de ser el centro de atención. En efecto, Fred tenía acaso el mismo número de personalidades o quizá más, pero a diferencia de Courtney, Fred era una madeja de inseguridades y personalidades enrevesadas.

—La niña —dijo Fred—, la niña…

—¿Qué hay de la niña?

Fred prefirió no responder. Salió y encendió el coche. Afuera el cielo era un niño enfundado. Las nubes parecían flotar como una aureola sobre él. Las copas de los árboles estaban cubiertas de escarcha y las hojas enhiestas caían por su propio peso. El mar, pensó Fred, el mar está detenido. Ahora parecía una pista de hielo frágil, pero sin bailarinas, un lugar inhóspito y abandonado al silencio, sin espectadores ni luces.

Susy dormía sobre la cama. La ventana estaba abierta, podía verse la niebla extender sus brazos sobre los árboles y atravesar las congeladas copas como agujas afiladas. Fred entró y sujetó la niña entre sus brazos, la enredó en su cobija y le cubrió el rostro para llevarla al coche.

—Anda —dijo Fred a Courtney, que estaba en la sala—, nos vamos.

—No lo sé —respondió, turbada—. ¿Has visto la hora?

El reloj que estaba sobre el frigorífico se había detenido. Las tres menos veinte, a juzgar por las manecillas, lo que era una rotunda mentira. Courtney se descubrió las mangas y señaló la hora.

—Dos y treinta de la mañana —dijo cabeceando.

Él apretó las cobijas y se giró de espaldas.

—Bien —dijo enervado—. Supongo que me dejas solo en esto.

—¿En qué? —aventuró.

—En la niña, Courtney, en la niña. ¿En qué más?

Entonces Courtney se talló lo ojos y vio que dentro de las cobijas se hallaba Susy.

—He comprado dos boletos de avión, Courtney, te digo que he comprado dos boletos de avión.

En el fondo, Courtney se sentía más desconcertada que molesta. Fred no era de las personas que solía darle sorpresas y era bastante malo para los detalles. Está drogado, pensó. Pero en realidad Fred nunca había sabido drogarse. Era malo, incluso, para las cosas sencillas, como echar a perder su vida.

—Subiré ahora —dijo Courtney, empujada por el desasosiego.

Y así lo hizo. El motor del coche había calentado lo suficiente.

—De acuerdo —dijo Courtney adentro—, ahora dime ¿adónde vamos?

—Mira —respondió él—, no importa adónde, sino cuándo.

Courtney divisó los letreros, pero el agua empañaba las ventanas. Los faroles estaban apagados, de modo que era imposible precisar en dónde estaba.

—Es una especie de juego de palabras —adelantó ella—, y no pienso jugar.

—Bien —dijo él—, no es necesario que juegues.

—Está bien.

Fred estacionó el coche a un kilómetro del Río Avonbeg. Courtney sostuvo a Susy entre las manos durante el camino. Fango, escarcha, fango. No es que el paisaje ofreciese distintas presentaciones. En los últimos años, Courtney se sentía sorprendida de ir hacia los lugares menos indicados o de hacer cosas que, simplemente, no hacía por recato o miedo. Pero ahora estaba ahí, como muchas otras veces, empujada por el deseo o la imposición. De todos modos, a esa hora de la madrugada era imposible andar a solas. Podría resbalar y golpearse el cráneo con una roca. ¿Cuántas personas no habían muerto de la misma manera? La historia no se repite, pero rima bastante bien, solía decir su madre.

Fred se sentó en la orilla del río y se quitó los zapatos.

—Está frío —dijo Courtney, tocando el suelo.

—Aquí siempre hace frío —respondió él.

—Ah.

—Siéntate, anda, siéntate.

Courtney le pidió que sujetase a Susy en tanto ella se acomodaba. Fred la tomó y la acomodó sobre sus piernas. La niña parpadeó. Quizás le calaba el frío. La lluvia había parado, pero aún tenían sus mejillas mojadas. Las gotas sabían a sal, a veces picaban, seguro era la mezcla de sudor y agua.

—Ya lo ves —dijo Fred—, solo necesitábamos esto.

—¿Necesitar qué?

—Silencio —respondió él, sonriente.

—La niña ha despertado —advirtió Courtney.

—…

—Fred —insistió—, la niña ha despertado.

Pero a Fred parecía no importarle del todo. En cambio, giró la cabeza hacia uno de los puentes y dijo:

—¿Lo ves?

—¿Ver qué?

—Sí, el puente. La conexión de un lado a otro, el fondo violento…

—Sí —respondió ella, desconcertada.

—Necesitamos eso —dijo él—, un puente.

Courtney pareció no entenderlo, pero siguió escuchándolo:

—Tú a un extremo, yo al otro.

—¿Y la niña? —cuestionó ella y vio que empezaba a abrir los ojos—. ¿Qué hay de Susy?

—Oh, ella…

—Sí, ella. ¿Qué hay de ella?

—Ella puede o no estar. Siempre hay flores en el vacío, flores flotando.

—No te entiendo, Fred.

—Anda, ven, sacúdete el cabello.

Cruzaron el puente, uno a cada extremo. Abajo el río avanzaba violento, arrastrando flores, basura que antes pendía sobre las orillas, seguro había algo más, era imposible precisarlo, bajo las aguas más calmosas se esconden siempre fondos revueltos.

—Todo va a estar bien —gritó Fred.

Courtney miró a la niña, que ya había cerrado los ojos. Cubrió su rostro con la cobija y la abrazó. Respiraba pausadamente, con dificultad. Fred alcanzó a Courtney a mitad del puente, el viento fresco les sacudía los cabellos y enrojecías sus mejillas. Courtney era un copo de nieve en ese cúmulo de imágenes oscuras.

—Ya lo entiendo —dijo Courtney.

—¿Lo entiendes?

—Sí.

—Tenías que darte cuenta —dijo él, excitado—, ahora que lo ves, ahora que lo ves…

Había una insinuación desagradable en sus palabras. Pero en realidad Courtney no veía nada, salvo la niebla desdibujándose en la distancia. Algo le calaba dentro del zapato. ¿Una espina, una roca, algún grano que haya cogido en la cocina? Era difícil precisarlo. Revisó el zapato y acostó la niña en el suelo, lo que calaba era en realidad la punta de las agujetas. Cuando estuvo frente a él, miró por encima de su hombro. Un coche avanzaba con sus luces detrás de los árboles, sobre el camino asfaltado. Atribuyó la compañía al haber dejado las luces del coche encendidas. ¿Quién podría hacer tal cosa en la madrugada? Algo había escuchado de la niña que dejó la ventana de su casa abierta. Un hombre entró, la vio desnuda mientras se bañaba y luego la degolló. Al menos eso contaban. Seguro merodeaban buscando irregularidades. (Quizá era otra pareja buscando un sitio apartado de la ciudad.)

—Está bien si tú no lo quieres hacer —dijo él.

El semblante le había cambiado. Courtney advirtió que el coche se había estacionado. Un hombre avanzó hacia ellos abriéndose paso con una linterna.

—Bueno —respondió ella—, no puedes obligarme a hacer algo que yo no quiera.

Él sonrió, la tomó entre sus brazos y sopló sobre su cuello.

—El avión sale en tres horas —dijo él.

—Dejemos de pensar en el avión —sugirió ella.

—Pero no quiero que… —respondió—… que perdamos el avión.

—Guarda silencio, Fred —dijo ella—, keep silence, please.

A Fred lo reconfortaba escucharla hablar tranquila, en ese inglés tan limpio y perfecto. El siseo de las últimas palabras parecía acomodarle sus pensamientos.

—Ya es hora de volver —dijo Fred.

Ella no dijo nada, pero asintió con la cabeza. Sonrió resignada y echó un ojo atrás. En realidad, irse esta vez significaba algo distinto, pero no tan diferente. Pero nada de esto la desanimó.

—Todo lo que flota termina en algún sitio —dijo él—, tiene que llegar a algún lugar.

—¿Podemos solo hacerlo?

—Pero necesito que tú… —hizo una pausa y de soslayo vio las luces que se acercaban—… Courtney, necesito que estés segura.

—Lo estoy —mintió.

En todo caso, no importaba si decía o no la verdad. El deseo o la imposición la habían empujado a hacerlo. Y cuando por fin sucede, una renuncia solo confirma sus inseguridades. Mientras corrían sobre el fango, Courtney apretó de la mano a Fred. Estoy bien, dijo, estoy bien. Pero él parecía no escucharla. Por eso, mientras ambos corrían y avanzaban sobre el fango, Fred no dejaba de escrutar el cielo. Seguro había algo esperanzador. Algo que aún ella no podía entender.

—Estará bien —dijo él—, te prometo que lo estará.

Llorando, ella negó meneando la cabeza. Fred no hizo sino abrazarla.

—Te sentirás mejor —intentó consolarla—, al principio duele, después deja de importar.

Estarían mejor con el tiempo. Pasarían inadvertidos, seguro que lo harían, como dos estrellas fundidas en el amanecer. Escalarían el Cielo desde distintos puntos, esperando encontrarse, vagamente, como en un primer sueño.

—Todo lo que flota llega a algún lugar —dijo él y apretó el calcetín mojado—. Todo, Courtney, todo.

Ella vio el calcetín y se recostó sobre su hombro, luego dijo:

—Todo, Fred, todo.

 

 

 

Alex Reyes (San Luis Potosí, 1997) es un escritor y periodista mexicano. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus cuentos y artículos de crítica literaria se han publicado en diversos medios digitales e impresos. Publica semanalmente en su columna, “La rabia y el orgullo” a través del diario El Universal, donde además comparte entrevistas de enfoque cultural. Actualmente trabaja una novela de corte distópico y un libro de cuentos. Las temáticas de sus cuentos están orientadas a desentrañar la naturaleza de la violencia humana, sus inseguridades, los deseos y motivos que empujan al hombre a volcar su vida.

 

 

 

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