CATAPLASMAS DEL OLVIDO, un cuento de la escritora Enid Carrillo

Literatura
noviembre 26, 2019

CATAPLASMAS DEL OLVIDO

 

Por Enid Carrillo

 Todos vienen a mí a pedir olvido. Durante años he sido el hombro de muchas personas que ya no quieren recordar, dicen que soy una experta para aliviarles la pena enorme de haber querido. Todo empezó desde niña, cuando mi abuela Piedad me dijo que había nacido bendita, que yo era una de esas almas que nacen para consolar y que por esa razón nunca me iba a enamorar. Estaría salvada para siempre del dolor de querer que a todos atormenta. Y fue verdad.

Eso de amar a un hombre nunca me ha llamado, yo creo que nací descompuesta, como que me falta algo en el cuerpo porque no tengo deseos de esos que me han contado las personas, yo no siento nada cuando veo a los hombres, ni a las mujeres. Aunque puedo diferenciar a un hombre guapo de uno feo, a mí no me gusta ninguno. Lo que a mí me gusta es ver las estrellas y cocinar; me gusta el ruido cuando limpio los ajos y ver cómo se va haciendo de noche poco a poco, sin prisa.

Me gusta escuchar la lluvia, preparar el café, disolver el piloncillo y meter mis pies al agua tibia; lo que más disfruto es regar el huerto y preparar cosas, perfumes, pomadas, pócimas, jarabes, cosas que curen a la gente de los males, la vida es dura, pues, y a mí no me gusta el dolor. Me entretengo escuchando a los grillos y el viento que se mete entre los carrizos y hacen un sonidito como de canción que entra en mis oídos y se lleva los recuerdos que la gente me deja para que se olviden, para que se mueran.

Yo soy muy buena para escuchar las voces de las personas, a veces pienso que la voz es de vidrio y por eso se quiebra, uno escucha como tiembla la voz cuando la gente se pone sincera, cuando están a punto de llorar, es como si se zafara la cuerda de una guitarra y lo que uno escucha es pura debilidad, o cuando gritan de rabia y de dolor, los huesos de su pecho se abren y sale un ruido enorme y lastimoso.

Esto de los consuelos y los remedios comenzó cuando yo era muy chica, cuando escuchaba a mi vecina llorar y quejarse porque siempre se enamoraba de todos los hombres que nunca podía tener, o porque eran más grandes o porque estaban casados o muertos. Y yo le decía cosas bonitas y le prepara tés con las flores y las yerbas que desde siempre hemos tenido en el huerto de la casa. Y luego ella les contaba a sus amigas y ellas venían y yo les preparaba cosas. Y desde allí me hice mi fama, de bruja, de santa, de curandera.

La gente viene y me cuenta sus penas, todo lo que ellos quieren olvidar vienen y me lo dicen. De eso vivo, de lo que los otros quieren olvidar. Nunca les pido dinero, pero la gente me regala cosas, algunos me dan comida, cobijas, muselina, pilas de jabón, paquetes de piloncillo, conejos, gallinas, hilos para bordar, café en grano, azúcar, en fin, cosas para seguir viva y dispuesta a llevarme sus dolores lejos y esconderlos en lugares donde no puedan revivir. El pago es tan grande como su necesidad de olvidar. Para hacer lo que yo hago y vivir como quiero no hace falta mucho.

Con el tiempo he escuchado muchas cosas y he descubierto que las penas de las mujeres no son las mismas que las de los hombres: a ellos les cuesta un trabajo olvidar y es porque no lloran, porque no cuentan todo completo, porque se guardan todo para sentirse bien machos, invencibles. Pero las penas se les quedan en el estómago y se tardan mucho en salir, me atrevo a decir que son ellos los que más sufren, nunca olvidan a la mujer que les hizo daño por primera vez y eso lo pagan caro.

Las mujeres, en cambio, lloran y lloran mientras cruzan sus manos que no saben cómo agarrarse entre ellas; en los ojos se les apaga la luz que enciende el cariño por un hombre, o por una mujer, eso también pasa. Una mujer ama para siempre y ama al mismo tiempo, nunca se le acaban las ganas de sentir, siempre vuelven a querer, con más intensidad, con más deseo, con más dolor…

He aprendido que las penas de las niñas no son iguales que las de las señoras grandes, y las señoras de la ciudad sufren bien diferente a las del rancho. Como que el dolor de ciudad es más sucio, más denso; las mujeres del rancho te dicen todo simple y en una frase y luego no dejan de llorar como en tres horas, pero a las de ciudad, esas no paran nunca y los remedios tardan más en funcionar.

Tengo que decir que yo sólo curo penas de amor, todas las otras penas en esta vida se curan solas, pero esas no, el amor es una herida salvaje y sus penas se tardan, hieren, por eso yo tengo trabajo. La gente viene aquí con sus recuerdos atorados en la garganta y yo les pongo cataplasmas cerca del corazón porque es por la piel por donde nos entra y nos sale todo, allí es donde debe atacar el remedio; les doy un té con azúcar y les receto baños de miel para que se les salga la tristeza. Pero cada caso es diferente, por eso hay que saber escuchar, para saber el remedio. Después de venir conmigo y aplicar los remedios por una semana, todo se les olvida. Para siempre. ¿Saben qué hago yo con los recuerdos? Los escribo y los meto en una caja, dejo que se junten muchos, como a la semana y luego los quemo. Las cenizas las tiro en el huerto que alimentan a la tierra y hacen que mis plantas crezcan grandes y sanas.

Cada historia tiene su remedio. Los que vienen por un mal simple, una relación corta que sólo deja el pecho adolorido, a ellos les pongo un cataplasma de cilantro que fortalece el corazón y les doy piedras de azúcar que deben comer todos los días durante una semana.

También están los que lloran mucho, esos deben tomarse un té de gobernadora con polygala para que se les corte el llanto y puedan seguir. Pues es que llorar acaba a las personas así como el agua desgasta las piedras de los ríos.

Hay casos más extremos, entre las peores penas están las de los que extrañan, esos sí que se lo pasan mal, casi siempre por necios, esos se tardan más en olvidar, porque convirtieron a sus amantes en árbol y dejaron la raíz creciéndoles dentro, a esos les doy té de rosas con escancel y baños con hoja de estevia para que se les limpie la amargura. Los casos más violentos son las de la gente grande, las de los viejitos y viejitas que no lograron un amor o que se quedaron a medias. Allí hay que actuar con mucha rudeza, esos cataplasmas son de pervinca con ruda y un jarabe de congoja con limón.

También están los que extrañan a muertos, esos la pasan menos mal, la muerte es más fácil de entender que el rechazo o que la huida, para ellos hay cataplasmas de flor de cempasúchil con tumbavaqueros para aliviar los nervios.

Y hay quienes no extrañan, si no que desprecian y que por eso se quieren sacar al recuerdo de la mente, para que no los moleste, a esos hay que darles poco, una mezcla de yerbas, un té de lavanda con muchísima azúcar y una pomada de hoja santa para que se pongan en la nuca, el olor les saca el rencor y luego son libres.

Durante mucho tiempo yo curé a todos con mis remedios, pero hace poco vino un hombre al que no sabía cómo ayudar. Él no quería lo que todos los demás, él quería recordar y yo para el recuerdo no tengo remedios. Era un señor de esos a los que se les ve el dinero en el pelo y en la piel. Me dijo que un amigo suyo le había hablado de mí, que había viajado siete horas hasta aquí porque necesitaba ayuda. Me contó que su mujer murió en un viaje en carretera donde iban los dos solos, que él sobrevivió y pasó nueve días en el hospital sin abrir los ojos. Cuando despertó no podía recordar nada de su vida, me dijo que tiene tres hijos que nunca reconoce, de los que no sabe nada y a quiénes de pronto ha tenido que creerles todo. Ha reconstruido su vida a partir de las historias que esos desconocidos le cuentan.

Y entonces soltó con sufrimiento su necesidad, me dijo que quería que yo le ayudara a recordar su vida, que las medicinas no le servían para nada, que al contrario, sentía un millón de hormigas caminando sobre su corazón y sus manos, que cerraba los ojos deseando encontrar algo dentro de él para poder recordar, pero que no podía. Vi cómo sus ojos se llenaron de agua y las lágrimas recorrieron tímidas los caminos de su cara.

Por primera vez en todos mis años de vida no supe qué hacer. Ver la necesidad de este hombre me hizo pensar en lo que uno es capaz de hacer para estar bien y le expliqué que yo no podía ayudarlo, que yo era buena para el olvido y él buscaba lo contrario. Que yo hacía cataplasmas de hierbas y flores con muselina y jarabes, y té y purgas para olvidar dolores del amor, recuerdos, pero lo que él me pedía era distinto y casi imposible para mí.

En su desesperación me dio una oportunidad, me dijo que se quedaría en un lugar cercano al valle y que al otro día regresaría por su remedio, que confiaba en mí. Ni siquiera me dio tiempo para seguirle explicando, con lo que me demostró que confiaba en mí y que yo tenía que responder a su encomienda. No podía fallarle, era mi responsabilidad.

Toda la tarde repasé las cosas, pensé en los remedios que durante años he dado a tantas personas, imaginé las combinaciones más extrañas, las más ridículas. Quise hacer lo contrario y en lugar de utilizar azúcar, usar sal; pensé en otras cosas como el orégano, la pimienta, cosas para dar sabor. Quise entender cómo funcionan los recuerdos, pero yo sólo entiendo el olvido. Y no pude.

Por primera vez en muchos años, lloré, lloré desesperada por no poder ayudar a este hombre que sufría quizás más que todas las personas a las que he ayudado en mi vida y en el dolor de mi impotencia me quedé dormida, ahogada en mis propias lágrimas.

Al otro día escuché la voz temblorosa del hombre en mi puerta, sabía que algo tenía que hacer y que él no debería de darse cuenta. Sabía que iba a mentir y no temí, lo que yo haría iba a darle un remedio también, no el que él buscaba, pero era una solución al fin.

Le pedí que se sentara en un banco y le ofrecí un café, prendí la leña para calentar hierbas en el comal, machaqué piloncillo y lo revolví con mejorana; corté romero del huerto y flores de cempasúchil, por eso de la esposa muerta; mezclé todo y lo puse en la muselina; le pedí que con cuidado descubriera su pecho y le puse el cataplasma. El cerró los ojos y volvió a llorar, y yo rezaba, le pedía a Dios el perdón por mi mentira y al mismo tiempo le suplicaba por el viejo; también lloré yo, con un ojo nada más, por mentirosa porque para que se le olvidara que lo que él quería era recordar, le hice un cataplasma del olvido para que jamás volviera a pensar en eso.

 

 

Enid Adriana Carrillo Moedano (Pachuca, Hidalgo, 1988). Comunicóloga por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y Maestra en Desarrollo Urbano Sustentable por El Colegio del Estado de Hidalgo. Docente de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; colaboradora en “Maldito Vicio”, la sección literaria del periódico El Independiente y en la Revista de Periodismo Narrativo 451 EFFE. Ha publicado en la Antología del Primer Encuentro de Escritores Hidalguenses (2015) y en la revista digital Letras Raras (2014-2016) Creadora del proyecto independiente de difusión de la lectura Esto No Es Un Libro (2015), ganadora del Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2018 por la obra “La noche nunca termina” y una de las ganadora del Segundo Concurso Nacional de cuento del proyecto “Escritoras mexicanas”.

 

 

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