AITANA, un cuento de la escritora Marisa D´Santos

Literatura
noviembre 27, 2019

AITANA

 

Por Marisa D´Santos

ENTRÓ AZOTANDO la puerta, nos barrió a todos con la mirada y tomó asiento a mi derecha. Durante dos horas respiré su perfume de sándalo. Éramos nueve personas alrededor de la mesa de caoba. El salón de clases de la casa porfiriana, en la colonia Roma, olía a madera vieja; a través de un vitral, se filtraba una luz amarillenta. Un joven ojeroso permanecía en silencio con la vista fija en el suelo; de vez en cuando, miraba a una cuarentona con vestido floreado que interrumpía la clase para decir algo gracioso; el maestro escuchaba y sonreía, dándole vueltas a un lapicero dorado. Al finalizar la clase, miré a la mujer que se había sentado junto a mí, sus ojos eran redondos y brillantes. No llevaba sujetador y la punta de sus senos rozaban la tela de su vestido. Revolvía dentro de su bolso sin dejar de mirar al otro lado de la mesa; las pulseras de plata repicaban a cada movimiento. -¿Necesita algo? -Un cigarro -contestó con voz firme-. Osvaldo coquetea delante de mis narices –dijo, señalando a una pareja. Él traía sombrero café y acariciaba la mano de una mujer rubia mientras le decía cosas al oído. Le ofrecí cigarrillos pero no me hizo caso. Caminó hacia la pareja, se paró detrás del hombre y, de un manotazo, le arrancó el sombrero. El donjuán se puso en pie violentamente derribando la silla con estrépito. -Maldita sea tu raza -dijo, apretando los puños. La mujer de negro le dio con la rodilla justo ahí donde más duele. Osvaldo, con las manos en la entrepierna, la miró de arriba a abajo, recogió el sombrero y, caminando con dificultad, se dirigió a la puerta apoyándose en el brazo de la rubia. -¡Ya sabía que era cobarde! -exclamó la mujer, retándonos con la mirada. Esperé ansioso la clase siguiente. Alrededor de la mesa aguardábamos. Llegó el joven ojeroso y, poco después, Osvaldo, abrazando a la rubia; nadie lo miró, aunque todos lo vimos. Acerqué una silla con la esperanza de ver entrar a la mujer de las pulseras; por fin llegó. Se detuvo en la puerta y nos miró con ojos de luna, le sonreí como un bobo. Cuando la tuve cerca, su perfume se introdujo en mí. Imposible concentrarme en algo que no fuera su escote; mis dedos golpeaban la mesa y mi pie izquierdo comenzó a moverse. -¡Deja de hacer ruido! No puedo oír -dijo impaciente. El joven de las ojeras leía, sin puntos ni comas, algo sobre el infierno y los pecados; cuando dio fin a la lectura, el maestro le preguntó qué había leído últimamente. -La Divina Comedia -contestó el joven mirando al suelo. Algunos sonreímos y la cuarentona del vestido de flores exclamó: -¡Con razón! -y soltó una carcajada. -¿De qué se ríe esa idiota? -me dijo al oído la mujer de los ojos negros y aroma de sándalo. Sus labios rozaban mi oreja, sentí cosquillas con la vibración de su voz y me perdí en su boca abultada y entreabierta. -¿Por qué se burlan?, es el único que tiene pinta de poeta –siguió diciendo, mirándolo con interés. Al final de la clase la detuve: -Me llamo Pedro. -Yo Aitana -Tienes nombre de princesa árabe. -Y tú de taxista. Nos reímos, en sus mejillas se hicieron unos hoyuelos. Caminó delante de mí; llevaba el pelo recogido en la nuca y enormes arracadas en las orejas diminutas. Bajo el vestido noté la forma de sus caderas. -¿Tomamos café? -dije, mirando su cintura. -Sí, pero en mi casa. -contestó sin volverse. Era un cuarto lleno de colgajos y cachivaches, los focos cubiertos con una tela delgada formaban sombras en las paredes. Una mesa y dos sillones de mimbre; en el centro, la cama grande. Ni un solo libro, ni revistas. -¿Dónde están tus libros? -No tengo, quiero vivir la vida, no que me la cuenten – Aitana sonrió con malicia. -Entonces ¿por qué vas a clases de literatura? -Quería espiar al chulo que me puso los cuernos ¿Tú también eres intelectual? -Soy payaso. -¡Ajá! Y en tus ratos libres haces campanas, ¿verdad? -Lo creas o no, ése es mi trabajo. Me gustan otras cosas también, leo, escribo y siempre que puedo voy al cine. -Pareces muy serio. ¿Cómo logras que la gente se ría? -Cuando estoy en el escenario me olvido de todo y nada más soy payaso. La noche se alargó. Aitana gesticulaba mucho al hablar y se mordía las uñas. Me contó que los fines de semana trabajaba en un salón de baile y ahí conoció a Osvaldo. -Al principio me decía cosas bonitas; además baila bien -dijo Aitana entornando los ojos. Después me miró de frente y siguió hablando-. Pero no tengo suerte con los hombres. Estás muy callado ¿Te comió la lengua el gato? Mi lengua estaba en perfectas condiciones, esperando el momento de probar la humedad de su boca. Sobre la cama, su oscura desnudez me deslumbró; la piel aceitunada era salada como el mar de Cantabria. Llegaron las vacaciones de Navidad y la vida se detuvo en el cuarto de Aitana. Me acostumbré a casi todo: a sus faldas de mariposa nocturna, a sus piernas desnudas, a la negrura de sus axilas, a sus pies fríos y escurridizos como peces. Antes de acostarse se daba un baño de espuma; insistí para que lo hiciéramos juntos. -Hay cosas que las mujeres tenemos que hacer solas –dijo, encerrándose. Yo escuchaba correr el agua y la voz de Aitana, aflamencada y grave, entonando un estribillo indescifrable. Salía del baño de buen humor; el cuarto se inundaba de aromas desconocidos para mí. -¿Qué perfume te pones? -Ninguno. Me baño con jabón de la Buena Suerte –vio mi sonrisa y frunció el ceño -. Eres un incrédulo. Deberías darte una buena lavada con él, lo hacen con aceite de pirul y extracto de colibrí. Su armario parecía una caverna, sólo una mancha de color en medio de la penumbra. -¿Y este vestido rojo? -Es mi talismán, lo estrenaré el día que tenga una relación plena –dijo Aitana, con seriedad. -Quiero verte de rojo, póntelo. -No, deja… -Dudas de mí. ¿Crees que no puedo darte lo que tú necesitas? -Eso lo dirá el tiempo. Cuando volvía de mi trabajo, la encontraba desnuda sobre la cama deshecha. Respirando el agridulce de su piel, acariciaba sus pies de invierno, el pliegue de sus corvas y los muslos suaves y tibios. Ella consentía. Le gustaba la comida chatarra; cuando le dije que en mi casa éramos cinco hermanos y que extrañaba los guisos de mi madre, Aitana respondió con tono de burla: -Yo no tengo ese problema, no se extraña lo que no se ha conocido -y seguía comiendo papas mirándome de reojo, saboreando la sal de sus dedos; pero sé que disfrutaba mis historias, se dormía escuchándolas, mientras yo le quitaba las horquillas una a una. Cada día se quedaba dormida más temprano. -Quiero que vengas a mi puerta vestido de payaso -me dijo un día, echándome los brazos al cuello. Al oscurecer llegué con mi maleta de payaso y vestido como ella quería. Se rió de mi nariz y me abrazó. -Nadie me ha tratado como tú -dijo con voz ronca. Después de juguetear con mi sombrero de copa, me sentó al borde de la cama y se acomodó en mis rodillas. Adiviné su cuerpo bajo la delgada tela del vestido, sus pezones rozaban mi boca. Su aroma me excitaba, sólo quería tocarla. Muy seria, empezó a limpiar el maquillaje de mi rostro, me quitó el moño rojo del cuello y, acariciando los botones de mi chaleco a rayas dijo: -Siempre me gustaron los hombres con chaleco. Abracé su cintura pero se resistió a mi calor. Poniéndose los zapatos de payaso, caminó torpemente por la habitación sin dejar de reír; la perseguí hasta tenerla en mis brazos. Saqué el maquillaje de mi maletín y pinté su rostro como si fuera a salir a escena. Fui quitándole la ropa, ella se dejaba en silencio, pero esa noche también mis caricias quedaron sin respuesta. Aitana me pidió perdón y, después de cubrirse con la sábana, se durmió de inmediato, dándome la espalda. Salí de la casa intempestivamente, regresé a la noche siguiente. Ella bailaba; el pelo oscurecido cubría a medias su espalda, sus pechos ambarinos. Al compás de una guitarra moldeaba caracoles con su falda. Sudaba su cuerpo y se humedecían sus ojos. -¿Dónde aprendiste a bailar? -No me acuerdo -dijo, secando su rostro con un pañuelo de lunares. De nuevo quise tenerla, traspasar el umbral de sus temores y fundirla en el fuego que me consumía desde que la vi por primera vez. Acaricié cada lunar de su espalda, cubrí de besos la orilla de sus pechos y detuve mi mano entre sus muslos de azogue; pero su vientre permaneció frío y su sexo árido. Su frigidez cayó sobre nosotros como una sombra. -No me cambies… te quiero a mi manera -dijo Aitana, escondiendo su rostro en mi cuello. Rechacé su abrazo y encendí un cigarro; el humo creó una breve cortina entre los dos. Habló de nuevo, como para ella sola: -Si estuviera ciega ¿dejarías de amarme? Abandonó la cama, fue hasta la ventana y se volvió hacia mí. La luna iluminó la curva de sus hombros, la suave redondez de su grupa. El cigarrillo ardía solo y yo también. Aitana se mostraba ante mí desnuda, impura, sin la más mínima sombra de culpa en su mirada. -¡Eres una zorra! -y me abalancé sobre ella. Esperó el ataque pegada a la pared, inmóvil; el pelo negro cubriendo su piel de espejo. Nunca la vi tan frágil. Me detuve y Aitana se hizo fuerte otra vez. Me miró altiva y, en silencio, comenzó a vestirse. Sentí una opresión en el pecho; quería hablar, convencerla de que, a pesar de todo, ella me importaba, pero no dije nada. Aitana salió de la casa, dejando su perfume de bosque y un tintineo a sus espaldas. Abrí el maletín de payaso y fui juntando mis cosas: la nariz de bola, el moño rojo, los zapatos de dos colores… recordé su risa. Vi sobre el sillón de mimbre el pañuelo de lunares, aspiré su olor… comenzaba a extrañarla. Cerré la maleta y abandoné el departamento. Después de un tiempo volví a verla. Su piel de aceituna resplandecía con el vestido rojo. Miré su perfil de gitana, los enormes pendientes, el moño coronando su nuca; nada había cambiado, excepto el color de su vestido. Estaba con una mujer, los rostros muy juntos y las manos enlazadas. Aitana le ofrecía su mirada dulce y redonda. Me detuve frente a ella, me miró con sus ojos de laberinto como si no me conociera.

 

Marisa D´Santos
Del libro de cuentos “La mujer flagelada y otros desenfrenos”.

 

 

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