Cuentos breves, de la cuentista boliviana Teresa Constanza Rodríguez Roca

Literatura
diciembre 7, 2019

Nieve negra

Nos detuvimos frente a la tapia cubierta de madreselvas. Jorge propuso que metieran el coche al garaje, pero Gastón dijo que para qué; nadie se llevaría un carro como éste.

Más allá de las ventanillas ahumadas del automóvil, el pico nevado del Tunari recortaba su perfil contra el incendio del poniente. Yo estaba entre lo claro y lo oscuro; a la hora en que el día deja de ser día y la noche definitiva no ha borrado aún las cosas.

Mis cuatro hermanos me bajaron del automóvil sin dificultad. Pese a sus cabezas lampiñas, eran los de siempre: altos, de grandes hombros, pero ahora estaban tristes. De la casa no había cambiado nada, incluso me pareció que los pliegues de las cortinas eran los mismos de hace un cuarto de siglo.

Quedaron atrás el aeropuerto, la travesía del océano, el deseo de volver.

La higuera del jardín había crecido el doble. Sobre el pasto amarillento, algunos frutos negros, reventados, exhibían el brillo de sus carnes dulces y jugosas. Recordé mis juegos, mis travesuras, las mermeladas de mamá.

El vestíbulo, húmedo y frío, se había encogido. Las paredes ya no alcanzaban el cielo. En lugar del cuadro La niña y la paloma de Picasso, colgaba El grito de Munch. Una araña tejía su tela por los ángulos del marco.

—Cuidado con los muebles —dijo Antonio, cuando entramos en la sala de visitas. El gran espejo biselado guardaba las imágenes de mis padres; sus voces irrumpieron dentro de mí como trenes vertiginosos. Empecé a girar, centelleando rubíes desde mi traje encarnado, convertida en la bailarina de mi cajita musical.

Mis hermanos se dirigieron al pequeño huerto. El mismo perfume a magnolias lustrosas; quise pedirles que se detuvieran, decir que allí me sentía a gusto, pero mi voz no llegó a nacer.

—Fíjate en la pita, Jorge, no vayas a enredarte con las sábanas —previno Vicente. Yo alcancé a distinguir una hilera de sudarios; quietos, sin brisa que los hiciera ondular, como estatuas marmóreas enclavadas en el ocaso.

Seguimos avanzando por la franja central del huerto. Cuando llegamos a la tapia del fondo, regresamos al automóvil. Los oía respirar fuerte, sentía que sus piernas flaqueaban.

Ahora, desde las ventanillas oscuras del coche largo, contemplo el Tunari. De aquí, al velatorio; mañana, la cremación. Y sobre la nevada cima, descansarán mis cenizas; nieve negra de mi última voluntad.

 

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Y venga el convite

Bajo un cielo incoloro, la gallina jabada, la última en salir cuando Petrona esparza los granos de maíz, sobre la tierra seca del gallinero, será la escogida de entre las quince restantes.

Cómo va a sospechar el ave coqueta, de plumas grises y motitas blancas, que mientras gustosa vaya llenando el buche con soles amarillos, fuente de vida, Petrona la levantará con la intención de ponerla en su regazo. De dónde se va a imaginar que, en lugar de recibir cariños, lanzará un cacareo desesperado, cuando la mujer de manos gruesas engargole su cuello con los dedos índice y pulgar, y el siguiente movimiento, brusco y seguro, sea el jalón en torniquete, acompañado por un crujido de huesos y el inmediato derrame interno de sangre azulosa.

La gallina jabada, la última que salió, aún dará unos pasos tambaleantes, hasta caer con el pico abierto y la mirada turbia, fija en su diosa, la de los soles amarillos.

 

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Morfonauta  

Gregoria, insatisfecha, salió al balcón para despejarse. Había trabajado horas en un ensayo sobre la duda. Un pájaro se acercó trinando. Gregoria pensó: Tú naciste y morirás sin consciencia; yo vivo y moriré con esta razón, la misma que pierde al hombre, porque en ella se engendra la duda, acero de doble filo. Qué sabes tú, pajarito, del bien, del mal, de la nada. Yo quiero ser como tú. Quiero que pip-pip, lari-lará, pío-pío, trila-trila, tri-trá… Y Gregoria salió volando, fue a posarse en el cable de luz, donde sus nuevos congéneres le dieron la bienvenida.

 

 

 

 

Teresa Constanza Rodríguez Roca
Cuentista boliviana. Profesora de idiomas (Bolivia), diplomada en pintura y fotografía (Australia). Sus relatos forman parte de numerosas publicaciones literarias latinoamericanas y europeas, y de diversas antologías, siendo las más recientes Antología del Cuento Boliviano de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (2016). Antología de Cuentos extraordinarios de Bolivia (2017), Antología de Cuentos eróticos (2018), Antología de Escritoras cochabambinas (2018), Antología de Escritoras cruceñas (2019), Antología de escritoras contemporáneas de Bolivia (2019). Actas X Congreso Internacional de Minificción, San Gallen, Suiza (2018). Obtuvo el Premio Nacional de Cuento Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, Potosí, (2004), fue finalista en el Concurso Nacional de Relato Adela Zamudio (2013). Su minificción Isoglosa, ganadora del Concurso Nacional Cuéntame un Corto, ha sido llevada a la pantalla grande (2018). Es autora de dos libros de cuento y minificción: Función privada y otros cuentos (Ciudad de México 2006), y Noche de fragancias, relato breve y minificción (La Paz-Bolivia 2016).

 

 

 

 

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