Cuatro cuentos, de humor negro, de Ulises Paniagua

Literatura
diciembre 12, 2019

 

 

 

Los umbrales del yo

 

—Te vi muerto esta mañana —confesó el vecino del apartamento 303.

Me quedé de piedra.

—Claro, ahora veo que no eras tú. Aunque el atropellado se te parecía mucho.

No quise saber pormenores. El acto de confundirme con un cadáver me llenó de horror.

—Te estuve observando en el gimnasio —comentó semanas antes la vecina del 105, una guapa puertorriqueña— Te veías bien.

Era imposible negarme al elogio. Había pasado mucho desde que una mujer bella me coqueteara. Me limité a cerrar el ojo, no sin torpeza, y a asentir (vamos muchacho / impresiónala) con docilidad.

—Te vi corriendo en la mañana —inició la conversación un amigo de infancia, cuando lo encontré hace tres días, camino a la oficina.

—No era yo —respondí— Creo que me viste ayer, ayer corrí un rato.

—No, fue hoy, temprano. Parecías un profesional.

Qué carajo significa parecer un corredor profesional, aún no lo sé. Comencé a sospechar que cerca de casa vivía un atleta, una especie de doble de este humilde corrector de estilo.

—¿No estabas abajo, en la entrada del edificio? —preguntó ayer un compañero, en la oficina de la editorial. —Te acabo de ver junto a una rubia buenísima.

Maldije al otro mí. No sólo era un deportista, era un don juan.

—No he salido de…ah, claro, si (cómo no / cómo no). Claro que era. Quién más podía ser. —balbuceé, para no quedar en ridículo.

Aunque la confusión me alegraba por la buena imagen de mis capacidades galantes, comenzó a invadirme la paranoia.

Aún ayer, horas más tarde, el tendero de la esquina juró verme pasar en un auto de lujo. Mi prima llamó para felicitarme por mi entrevista en un noticiero. Mi hermano casi se infarta al verme entrar a un motel acompañado por tres chicas.

Siempre se me ha negado la envidia, pero debo reconocer que las noticias que llegaban a mis oídos despertaban un justificado sentimiento de celos ante ese otro, mi yo exitoso, ubicuo.

—Te vi muerto esta mañana —confesó hoy el vecino del apartamento 303, en medio de la más oscura extrañeza.

No quise saber pormenores. Mi rostro esgrimió un rictus de satisfacción. Experimenté una placidez morbosa: el otro yo no me perturbaría más. Pero me puse triste al llegar a mi apartamento. Ninguna chica me hacía compañía, a nadie le interesaba entrevistarme. Cerré las cortinas, y encendí el televisor. 

 

Peticiones inesperadas

 

Se ha rebelado mi perro. Hace semanas hizo entrega de sus peticiones. Se queja de que no le atiendo como antes, de que las labores de oficina y mis frustradas conquistas amorosas lo tienen en el olvido. Tal vez tenga razón. Asegura, con el ceño fruncido, que merece alguien mejor, con quien experimente mayor empatía. Me muestra con insistencia un tomo titulado “Los derechos de las mascotas”. No sé de dónde lo ha sacado.

La primera vez me dejó con la boca abierta. Debo reconocerlo, su oratoria era impecable. Luego me he acostumbrado a sus peroratas, interminables, sosegadas, racionales. Ha llegado a límites gnoseológicos y epistemológicos impensables. Se pregunta por el “ser” de cualquier perro, y cuestiona incluso el concepto de aquello que llamamos “perro”.

Está insoportable, ya no quiere que le acaricie el lomo, que lo llame a silbidos, que le sirva croquetas. Un aparato para masajes, un celular, una buena arrachera, eso es lo que me ha pedido: esas son sus exigencias. Amenaza con sindicalizarse.

Comenzó con sutilezas absurdas pero comprensibles. Ahora se ha apoderado de la casa y de mis fuerzas. Se pasa el día viendo el televisor mientras calza mis pantuflas. Yo me desvivo por atenderlo: le llevo comida, le acerco un libro, una cerveza. No puedo explicar por qué lo hago, supongo que los años que lo tuve en el descuido me han despertado una sensación similar al remordimiento.

Las razones no importan. Explicar o psicoanalizar nuestra relación, qué más da. El problema es serio: ahora duermo en el sillón; él duerme en la recámara. El automóvil que le he comprado me tiene hundido en deudas. Si continúo faltando al trabajo van a despedirme. Y por si fuera poco, las croquetas que me sirve en estos días saben horrible, no sé dónde las ha comprado. Yo nunca le traje croquetas de mala calidad.   

  

Reseñas imprevistas

 

I

La pesadilla comenzó esta tarde. Releía Guerra y paz, disfrutando del aroma de una humeante taza de café, cuando Dolto el poeta se acercó libro en mano, exhibiendo a pasos lentos su panza prominente.

—Toma —dijo solemne —. Espero tus comentarios.

Ante mi desconcierto dio media vuelta y desapareció entre los asiduos a la cafetería. Como es habitual en él, antes de salir, la torpeza le hizo derribar una azucarera. Miré el ejemplar. Era el sexto libro de Dolto. Para ser franco, su más reciente poemario me había causado una impresión que no quise confesar.

Tuve miedo. Miedo de que el libro fuese magnífico y me negara a leerlo por necedad; o de gastar horas, quizás días, hasta alcanzar la última página en completo aburrimiento sólo para comprobar mis dotes de clarividente. Continué con Guerra y paz: “Debe ser así pensó el príncipe Andrei. Ella, una criatura encantadora, se queda a merced de un anciano bueno pero demente. Yo sé que lo que ella dice es cierto, pero haré lo contrario. Mi hijo quiere cazar un lobo. Yo voy al ejército. ¿Para qué? No lo sé. Porque así debe ser. Y todo da igual, da igual”.

No pude seguir. El cargo de conciencia era grande. El poeta Dolto es un gran amigo (una vez me prestó quinientos pesos). “Pero Tolstoi es Tolstoi”, me dije con rebeldía. Luego recordé la inocencia con que Dolto recibió mi primera crítica. A pesar de sus aires teatrales y sus desplantes histéricos, en el fondo es una buena persona. Al menos eso me he obligado a creer durante años.

Aparté la novela y comencé el poemario. El príncipe Andrei y la delicada Natasha deben sentirse decepcionados.

 

II

Lo intuí. El libro de Dolto es malísimo. Ha olvidado la humildad en algún parnaso y la musa parece decidida a abandonarlo en busca de mejores horizontes; la mayoría de los versos no tienen visión crítica ni rítmica. No sé cómo llegué a la última página. En realidad sí sé: cada vez que flaqueaba recordaba el préstamo de los quinientos pesos.

Al devolver el poemario comenté, para salir del paso, que el libro tenía futuro. Me carcajeaba para mis adentros. El autor se fue hinchando el pecho, no sin antes derramar, con el impacto de su abundante trasero, el contenido de un florero sobre la mesa contigua.

Por un momento supuse que podría volver a lo mío, que estaba salvado. Me equivocaba. No bien se había marchado Dolto cuando un nuevo libro apareció ante mis ojos.

—Hola, camarada —dijo Tando sonriente —. Vengo desde casa sólo para presumirte mi novela. Me gustaría que le escribieras una reseña. Eres el indicado.

¿El indicado para qué? Me costó trabajo ocultar el estupor. La cuchara con azúcar que sobrevolaba mi capuchino casi resbala entre mis dedos. Los libros de Tando son impecables, seductores. Es un escritor de primer nivel. No quería parecer un rústico, pero anhelaba fugarme en los pensamientos de Pierre Bezújov. “Qué ruin me están volviendo los libros”, me recriminé. Por la noche he comenzado la lectura de la novela de Tando.

 

III

 Lo confirmo, es un genio. Su novela es perfecta. El tema es original; su narrativa, apasionante. Seguro ganará algún premio o será asediado por una editorial de renombre en busca de talentos. En esta obra dejó lo mejor de sí, no cabe duda. Blá, blá, blá. La verdad es que estoy feliz de volver a lo mío.

Me cité con él en la cafetería. Cuando pidió mi opinión acerca de su libro, alabé de tal modo la precisión de la estructura y del estilo que generé en él cierta desconfianza. El ceño fruncido y la ceja levantada de Tando me hicieron saber que sabía. Siempre ha sido perspicaz: buscaba deshacerme de su compañía. La despedida fue incómoda. Me dio igual. “Y da igual, todo da igual”, repetí al modo del autor ruso para darme ánimo. Pedí un americano. Intenté concentrarme. Quise fumar un cigarro. Cuando levanté la vista me di cuenta de que Luca, el ensayista, venía hacia mí con un libro entre manos. Sudé frío. Quise gritar, desaparecer, hacerme polvo. No encontré por dónde escabullirme.

IV 

Es pavoroso. Antes que Guerra y paz hay (sobre el buró y como agenda de lectura) seis ensayos, ocho poemarios, una obra de teatro y quince libros de cuento. Algunos serán buenos; otros podrían implicar amargas decepciones. El autor de Ana Karenina me recrimina, instalado en una cuarta de forros.

Hay además un enigma. A pesar de no frecuentar el café, de no asistir a presentaciones y encuentros, los libros que esperan mis comentarios llegan de formas imprevistas y absurdas. Algunos me los han entregado niños de la calle (mencionando a desconocidos que les obsequian propinas por hacerme llegar los ejemplares). Otros han sido deslizados por debajo de la puerta de mi sala, o son arrojados a través del hueco de una ventana entreabierta. He sido inundado por historias palurdas, me asfixia la vanidad de otros. Llegué al límite, asqueado por los compromisos, encarcelado por los barrotes de la amistad. Incluso la idea del suicidio pasó ante mí como un ente oscuro y silencioso. “Al diablo”, refunfuñé en voz alta. “Váyanse al diablo”. Luego permanecí absorto durante horas, fumando sombrío frente a la pila de libros.

V

No fue tan difícil, después de todo. Di con el modo. Terminé de manera eficiente y ágil con cada verso, con cada párrafo, con cada punto y coma. Ocupé apenas quince minutos para ello. Tal vez se pregunten cómo lo hice. No encontré mejor manera. George Orwell habría reprobado mis métodos, desde luego, pues no hay recurso más repugnante que el que utilicé. Pero me dio igual. Bastó medio litro de gasolina, un cerillo y un poco de cinismo. Puse el montón de libros dentro de un tonel en medio del jardín, y le prendí fuego. Los prólogos, las portadas y las cuartas de forros ardieron de lo lindo. Cada vez que me sentía culpable al contemplar las llamaradas, hacía un esfuerzo por recordar la panza de Dolto o la ceja arqueada de Tando. Entonces atizaba la hoguera con furor. El ventanal del jardín devolvía destellos a través de mi mirada. Disfrutaba de aquella destrucción.

VI

Pude concluir la relectura de Guerra y paz. Nunca gocé mi privacidad como en estos días. He sido feliz. Hace unas horas encontré a Krone, el dramaturgo, en un café del centro.

—¿Qué te ha parecido mi obra? ¿La terminaste?

—Acabé con ella hace poco— dije sin mentir (las carcajadas hacia mis adentros eran estruendosas).

He actuado como un hijo de puta, es cierto, pero no me avergüenzo. Ahora toca el turno de lectura a Crimen y castigo, que espera entre mis manos. A autores como Dostoyevsky hay que disfrutarlos en completa tranquilidad y en compañía de una humeante taza de café. Por si las dudas, estoy al pendiente del aumento en los precios de la gasolina, y guardo los viejos cerillos en el buró de mi recámara como algo más que un recordatorio de mis literarios rituales primitivos. Más vale que no me busquen esta semana. 

 

  Para domar a las Furias

 

                                                “Tal vez sea la propia simplicidad del asunto lo que nos conduce al error.”

Edgar Allan Poe

 

En vano lo intenté todo: el engaño, el recurso, la técnica adecuada. Como la gangrena que trepa desde la planta del pie hasta alcanzar la cintura, la inutilidad de mis esfuerzos me ha venido conduciendo a la desesperación. Hoy, mientras escribo, después de asomarme a la ventana para contemplar una horda de trabajadores que se organiza allá abajo, una colmena de sombras  apilándose en el silencio del patio de maniobras, tengo la certeza de que la historia está próxima a su fin: un ritual exacto; la cuota de sangre exigida para bautizar las losetas del vestíbulo. Y no sé bien por qué, pero tengo la impresión de que ahora podré descansar.

Sucede que no creía en las leyendas donde se cuenta que, en cada obra, debe existir por lo menos un difunto. Tales historias me parecieron siempre producto de la imaginería de albañiles o carpinteros borrachos que gritonean en las cantinas, en medio de un orgullo desolado, mientras se encargan de agotar hasta el último centavo de sus rayas. Como toda persona que se precia de cierto rigor científico, desconfiaba de la veracidad de los trabajadores. Sin embargo, no se trataba de ninguna broma; hablaban en serio, lo podía adivinar en sus ojos expectantes.

-Ingeniero -me decían algunos-, ya llevamos tres meses, y ni un muertito.

Inge –me comentaba el maestro yesero, ya vamos para el año y medio y todavía nada; el edificio se nos va a caer. Recién estrenado se nos va a caer, ya se lo digo.

-Figúrese, la torre de arriba, la de “Residencial de los Demiurgos”, se desplomó hace dos meses, así sin más. Nunca se supo por qué, pero luego de las averiguaciones, dicen que fue porque nadie se había muerto mientras la levantaban. ¿Cómo ve?

En un inicio estos comentarios me parecieron necedades, creencias absurdas de un gremio primitivo e ignorante; pero una vez que llegamos a los dos años y ya cerca de la terminación de obra, sucesos extraños empezaron a ocurrir. Un lunes, muy temprano, saquearon la bodega; el miércoles siguiente nos clausuraron durante tres días debido a conflictos con el sindicato; el sábado tuvimos un conato de incendio en el piso veintinueve; y a la semana siguiente, asombrados nos enteramos de que el contador de la empresa había cometido un fraude que impidió comprar materiales con la prestancia requerida. En resumen, que el programa de entrega se vino abajo, atrayendo en su caída multas y sanciones. El día de la Santa Cruz, cediendo un poco a las costumbres de los trabajadores, quise organizar una misa bajo el pretexto de respetar la fiesta, pero sobre todo con la oculta intención de bendecir la obra contra las malas voluntades. Para mi pésima fortuna, el sacerdote que estaba programado para tal fecha no pudo llegar, pues justo aquella mañana cayó enfermo de tifoidea. La idea empezó a obsesionarme. ¿Y si dijeran la verdad? ¿Si la lógica en tal caso tuviera que ceder ante la superstición? Si bien era cierto que no me convencían sus argumentos, también era cierto que la torre del residencial vecino se había derrumbado de una manera misteriosa. Después de todo, detrás de cada superstición existe un soporte histórico, un asomo de realidad. Tal vez las leyendas novohispanas donde se rumora que enterraban cadáveres de niños en los basamentos de los puentes para aumentar su resistencia, no eran tan infundadas como pudiera suponerse.

En el aislamiento que levantar un edificio en la periferia de la ciudad implica, víctima de una angustia creciente al comprobar la proximidad de la terminación, imaginaba de vez en vez que un fierrero se aproximaba a una de las orillas del nivel trece, sin fijar el arnés; que trastabillaba con una varilla mal colocada o resbalaba con una plasta de impermeabilizante. Mi mente eufórica lo veía caer, descompuesto y suplicante, destrozándose cada hueso al impacto del concreto de la planta baja, semejante a un costal de cascajo. Me da vergüenza aceptarlo, pero una vez hasta me reí al pensar lo que dirían los demás al ver el charco de ese líquido espeso y oscuro escurriendo desde su cráneo. Sin embargo, devuelto a la realidad, lejos de este tipo de fantasías sádicas, con tristeza comprobaba que nada había ocurrido. Entonces me sentaba sobre una pila de sacos de mortero a meditar el problema, en medio de la sospecha y las murmuraciones de los demás.

Así fue como decidí cumplir mi objetivo. En un inicio, justifiqué mi próxima acción con la excusa del bienestar colectivo. Luego, pretexté los intereses de la empresa, intentando descargar mi conciencia. Poco tiempo después me di cuenta que había dos o tres trabajadores mugrosos y vulgares a los que no me molestaría desaparecer. Supe que si era necesario el sacrifico para evitar una tragedia mayor, no podría negarme a ejecutarlo. Una tarde -aprovechando uno de esos momentos en que la soledad reina entre trabes y columnas de hormigón, justo antes del almuerzo de la 1:00 p.m.- me acerqué sigiloso a un oficial albañil que se hallaba colocando tabique para un muro en el décimo piso, y lo lancé al abismo. Corrí con tan mala suerte que el pobre diablo logró medio aferrarse a la cornisa, y alcanzó a rebotar en el tapial recién instalado por los colocadores de cantera. Cayó dos pisos abajo. Sólo se rompió una pierna. Por supuesto, tuve que ofrecer una disculpa imbécil y nerviosa después del suceso; pero él no aceptó mis excusas. Con docilidad movía la cabeza de un lado a otro, con una resignación tan evidente que me hizo comprender que no le hubiera importado convertirse en víctima si eso contribuía a la consumación del rito. Su comportamiento, debo admitirlo, me sorprendió.

-No se preocupe, Ingeniero, no tiene por qué disculparse. Es la ley y hay que cumplirla.

Sus palabras me animaron. Me sentí misionero en medio de una selva de acero corrugado, un oficiante de la justicia constructiva. Era el elegido para hacer cumplir la tradición; ergo, ser un asesino en estas circunstancias representaba incluso un acto de heroísmo. Aquella tarde descubrí el poder inmenso que ejercía sobre aquellos hombres, sobre esa masa de gente inmunda e ignorante que jamás podría reflexionar en su vida conceptos tan básicos como la felicidad y la conciencia. Recordé un cuento que había leído hace mucho tiempo sobre una caja literaria que contenía otras cajas literarias, en una sucesión infinita. Así de interminable me parecía la mediocridad de estos pobres diablos. Me di cuenta de que era muy superior a ellos: yo había leído mucho, estudiado a fondo las leyes físicas y matemáticas; en cambio, ninguno de estos miserables ignorantes valía un centavo. Podía desaparecer a un trabajador en la revolvedora de concreto cuando se me antojara, sepultarlo bajo paletadas de tierra en el fondo de la barranca contigua, o mejor aún, ahogarlo con discreción en la cisterna del último sótano para acabar con esta jodida pesadilla. Nadie diría nada; el edificio se convertiría en una tumba discreta y agradecida.

Lo intenté, el cielo sabe que intenté con ahínco, con método. Pero fallé en cada ocasión. Cada jornada hubo algún error o un titubeo de inexperto que impidió la consumación del plan. El tiempo, implacable, siguió su camino. Justo ayer, cuando revisé el programa de obra, tuve la certeza de que apenas nos quedaba un mes para concluir los trabajos: un trémulo temblor de impotencia se adueñó de mí; miré a mi alrededor, asustado. En una extensa fila de clavos que circundan las paredes de mi oficina, colgaban, como reses en espera del final, un sinfín de llaves etiquetadas con el número del departamento o la bodega a la que pertenecen. ¿Cómo podrían escapar estos desdichados de mi voluntad? Parecía inadmisible. La frustración se irguió como sombra funesta sobre los corredores desnudos del edificio y dentro de mi corazón. Ayer los trabajadores estuvieron desconsolados, apenas comieron un poco y, a la hora de la salida, muchos ni se acercaron a despedirse de mí.

Hoy, en cambio, estoy seguro de que podré descansar, porque hemos llegado al fin. No hay plazo. Lo supe esta mañana cuando, al analizar el plano de las terrazas para comprobar el acabado en la mampostería de la última jardinera, escuché sus murmullos apagados entre los corredores; cuando percibí sus miradas de complicidad mientras recorría los estacionamientos. Lo supe en el momento en que el personal administrativo abandonó la obra para ir a casa, mientras ellos permanecían inamovibles en el patio de maniobras. Lo sé ahora que los veo ascender, piso por piso, la escalinata de la torre en una espiral de luz inmensa, cargando cada cual su antorcha encendida, entonando loas negras y secretas; enfundados en largas túnicas púrpuras que guardaban no sé donde. Vienen ascendiendo sin prisa, con los ojos ocultos tras el misterio sacro que les confieren sus capuchas. He visto fulgurar la daga entre las ropas de uno de ellos. Imagino la belleza de un arma ceremonial, la precisión de su filo. Sé que vienen por mí, sé que vienen a cerrar el ciclo, a practicar la liturgia: una horda de cuervos escarlata en pos de cumplir con los códigos establecidos durante siglos. Están cerca, cada vez más cerca. No puedo continuar. Busco una salida. La ventana da directo al patio; no es una opción, hay treinta y tres pisos que me impiden intentar el salto. Alguien llama a la puerta de la oficina; no es un ruido estruendoso pero resulta amenazador por su insistencia. Debo prepararme para lo que viene.

 

 

Ulises Paniagua (México, 1976)
Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Ganador del concurso internacional de cuento de la Fundación Gabriel García Márquez, en Colombia. Posee dos posgrados en la especialidad de imaginarios literarios. Es autor de las novelas La iradel sapo (2016), y Ese lugar existe (2017); así como de cinco libros de cuentos: Patibulario, cuentos al final del túnel, (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015), y Entre el día y la noche (UAM). Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015); así como los CDs sonoro-poéticos: Cuadriversiones (2013), Clandestinos y nocturnos (2014), y Mientras nos queden labios con qué cantar (2016). Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo Nocturnario, El búho, Círculo de poesía, Nexos, Siempre!, El Sol de México y Jus. Columnista de la revista Horizontum. Es parte del catálogo de autores del INBA, y ha sido publicado en la Academia Uruguaya de Letras; así como en España, Italia, Perú, Cuba, Venezuela, Argentina y Costa Rica. Primer lugar en el Concurso Literario de Cuento “La caverna” (2016). Mención honorífica en el Concurso Nacional de Cuento Criaturas de la Noche (2007), y del Premio Endira de Cuento Corto (2016), fue antologado en: Poesía Latinoamericana Giulia Gonzaga (Italia, 2008), y en Poetas del siglo XXI (España, 2014). En el 2011, con su colaboración literaria con el grupo Kanga, obtuvo el primer lugar en el concurso nacional de España, Tú sí que vales. Locutor colaborador en el programa Jazz Arquitectónico, de Radio Anáhuac. Conductor del programa Todos los libros, el libro, en Radio SOGEM y del programa Emotrópolis, en Radio IPN. Ha sido tallerista en CONACULTA, en la UAM, en la Fundación René Avilés Fabila, con Secretaría de Cultura, así como becario de CONACYT (2014-2016; 2018-2021). Su obra ha sido traducida al inglés y al italiano. Correo electrónico: sesilu7@yahoo.com.mx. 

 

 

 

 

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