MURMULLO, un cuento de Thalía Cerón

Literatura
enero 13, 2020

                                                                                                                                                 

 

Por  Thalía Cerón

Mi boca expulsó grandes y asquerosas moscas, y mis puños se volvieron de acero. Con ellos golpeé la cama, después la mesa y, cuando no fue suficiente, arremetí contra la pared de la habitación. Quería romperla, destrozarla, que no quedara nada en absoluto, que se esfumara para permitirme sentir el aire limpio que no contamina los pulmones. Liviano como algodón de dulce, como alguna cosa, una nube quizá, donde se puede recostar la cabeza y dormir.

Al cerrar los ojos, las voces aparecieron, taladraron mis oídos y me torturaron con palabras viles, descompuestas, aferrándose a mí. Tengo miedo de que me ocupen toda. Murmuran por las mañanas, por las noches. Murmuran. No cesan de murmurar. Anoche también los escuché. Hoy desperté agotada, sin aliento. De mi cuerpo se desprendieron unos brazos y piernas tan escuálidos y endebles que se escurrían como leche sobre las amarillentas sábanas. Al contemplarlos me pareció que no podrían, de ningún modo sostener por mucho tiempo el resto de mi cuerpo. Levanté la cabeza, abrí los ojos que ahora lucían tan vidriosos como dos canicas, y arrastré los pies hasta el piso, ni siquiera me ocupé en usar las sandalias. Me limité a mirarlas, estaban debajo de la cama junto a los restos de comida de la semana anterior. Creo que había sido arroz blanco o quizá rojo, no lo sé, había perdido ya su color y textura; podría ser que ni siquiera fuese arroz como yo había pensado.

Me enderecé, y con dificultad me acerqué a la ventana; es amplia y está cubierta con las mismas cortinas de hace varios años. Miré a través del cristal, y ahí estaban ellos. Aunque no exactamente ellos, sino otros, aunque al final son irremediablemente ellos también. No presté demasiada atención, pues no me interesan, ni lo que llevan en las manos ni lo que llevan en sus cabezas. Dejo de observarlos, miro el concreto, es ahí donde mis pupilas se pierden durante cansados y tristes minutos.

2:00 am con un minuto, con dos; con cinco, comienzo a sudar; con ocho, mis manos están frías; con nueve, escucho mis latidos; con diez, el sudor me resbala por la playera; con quince, mis pechos se humedecen; con dieciséis, quiero marcharme. Evaporarme. Encontrar ese sitio donde ellos no deambulen más. Con veinte, mis ojos se pierden en puntos fijos, que ya no son puntos sino personas, personas que por segundos lo son y después vuelven a ser puntos fijos, encorvados, rojos, infinitos, pérfidos y hambrientos. ¿Por qué estarán tan hambrientos?, me pregunto mientras mis dedos bailan perturbados sobre la mesa. Tomo una libreta, la abro, la cierro, la abro otra vez. Escribo alguna cosa y la cierro de nuevo.

La última vez que ellos me miraron quise vomitarles la cara. Al final no lo hice y seguí mi camino. Ellos abrieron su enorme boca para mostrarme los dientes. Siempre dicen las mismas cosas, que si estoy sucia todo el tiempo, que si no he salido en varias semanas, que si llevo meses con el mismo pantalón. Murmuran sobre mis cabellos pegajosos y enredados.

Los oídos me duelen, el agudo sonido me aturde. Los párpados me pesan. Los huesos también. Ellos están aquí, todos ellos, han girado el cerrojo y cruzado la puerta. Se dispersan por lo amplio de la habitación. Me invaden. Siento sus manos calientes. Murmuran y transpiran en mí. Dicen mi nombre. Se lanzan sobre mí y me comprimen, todos ellos, me aplastan. La carne se me pega a los huesos. Me hundo en mí hasta dejar de sentirme. Murmuran flemáticos, sueltos. ¡Rojos! Rojos y asimétricos. Murmuran y duele. ¡Me duele la carne!, Quiero gritar. No puedo. De mi boca no sale ni el más insípido y vulgar ruido. Intento abrirla, tampoco puedo.

Mis labios no se abren, tampoco se encuentran cerrados, las comisuras se me han perdido. ¡No están! Me llevo las manos a la boca. ¡No hay boca! Ni labios ni lengua. Mis piernas tiritan como asustadizos hilos. Qué digo, si tampoco encuentro mis piernas. Ellos no se callan, no cierran sus enormes bocas, y mi maldito dorso tampoco está. El estómago, el cuello, las orejas, los pies, las manos, los dedos. Mi nariz y tobillos. ¡Ahora también los tobillos! Nada está. Se lo han llevado todo. Entonces ruedo, ruedo por el piso duro y frío. Paso junto a ellos, me miran desde arriba. No los miro, ahora no, ruedo deprisa como si no me faltaran los pies. Ellos se han congregado para susurrar lo desagradable que luzco ahora, que no tengo dientes, rodillas o pestañas. Ruedo, no me detengo, ruedo sin pensar, ruedo apurada dirigiéndome hacia la puerta.

Las voces se aglutinan detrás de mí, intentan alcanzarme. Corren veloces como pensamientos. Como sentencias que inundan la cabeza, que trotan como caballos, que envisten como grandes y furiosos toros de lidia. Ruedo, y ellos van detrás. La puerta, aunque entreabierta, necesitaré fuerza para empujarla. Me aprieto toda y con lo que mis neuronas perciben como un salto, me arrojo contra ella. El impacto me marea, me duelo toda, como jamás me he dolido. Quisiera poder controlar mi cuerpo, llevarme las manos a los lugares donde siento dolor, gritar, sobarme. Meter las manos por delante para no impactar con el escalón, sin embargo, me golpeo con él, y con el siguiente y el siguiente. Ruedo deprisa como pelota sobre ellos, miro hacia el techo, luego a los costados, al piso, a la planta que está sobre una mesita, hacia la alfombra, miro de reojo el cuadro colgado en la pared, las llaves sobre el sofá, el perchero del que sólo cuelga un triste saco.

Doy vueltas y vueltas, no puedo detenerme, del escalón cinco he rebotado al ocho, del ocho al nueve, y del nueve al quince, de ahí he salido disparada para caer en alguna parte de la sala; ahí me he detenido, con los ojos alzados y mi nuevo y redondo cuerpo sobre la alfombra.

Por fin puedo recostar la cabeza y dormir.

 

 

 

1 thought on “MURMULLO, un cuento de Thalía Cerón”

  1. Carlos Saavedra dice:

    Felicitaciones a Thalía Cerón, alienta en ella una verdadera escritora que nos entrega con este cuento el asombro de sus posibilidades.

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