La feroz marcha de ir en contra, un ensayo sobre Baudelaire

Artículos
enero 31, 2020

La feroz marcha de ir en contra

 

Por Julio Bravo

 Persecución, letanía; aletargamiento. Atentado poético contra las buenas costumbres; crítica de arte férrea para emanciparse de la costumbre al desánimo. Ir y andar por el carril de la dirección propia con un alma turbulenta, es decir, caminar la ruta del solitario es la desavenencia misma. Bramar en los callejones que imponían el capitel de la modernidad con la fiereza del descontento. Guarecerse en el escondrijo por no abonar la moneda del alquiler; tras el sinuoso consentimiento per cápita de la insuficiencia. Encontrarse siempre ardiente en la voluptuosidad de la ramera. Escribiendo sobre el hartazgo, sobre la muerte más allá de la inmoralidad, escribir para saberse irredento de eso que la horda puritana llama maldad; imprecar con furor ante la vil mascarada del progreso.

Sabemos, si conocen un poco las reglas de la música que, toda pieza musical, contiene de principio a fin un tempo y éste le confiere una finitud y una velocidad de ejecución. De igual manera, aquella absoluta cadencia que distinguirá a la pieza como una obra completa, variedad de elementos armónicos y arreglos musicales, pueden ir en contratiempo del ritmo dominante –permítanme la explicación– algunas notas pueden entrar en el espacio métrico como silencios breves o largos, acentuando, en la mayoría de ocasiones un tiempo débil como si fuera un tiempo fuerte, durante la cadencia rítmica. Esto se le identifica como una irregularidad que desplaza el acento natural de un compás, alterándolo. ¿Y para qué hacer una sucinta explicación del contratiempo en la música, si el pulso de la historia desea transitar la ruina del poeta maldito, en el rubro estricto de la literatura! Sin extender aún más, ésta nota amarga que serán los acordes de toda aquella penuria de la cual el escritor, narrador, ensayista y traductor parisino vivió de 1821 a 1867.

Así parece haber sucedido con Charles Pierre Baudelaire; su opus personal derivó en una casi interminable acentuación de ir en contra de su tiempo. Le temía a la hora última en que todo ser que respira tiene frente a sí, la certeza de abandonar la vida. Entre sincopa y contratiempo, Baudelaire fue ensanchando amanera de silencios, la melodía tortuosa de su sino para absorber espacio, temporalidad y así alcanzar en buena medida el logro de su escritura. Perpetuar su partitura de ser un escritor intempestivo.

 

Diminuto juego de caras.

Mucho antes de hacer una revisión pormenorizada de la vida y obra de Charles Pierre Baudelaire, quisiera mantener un análisis focal con otro autor que fue su contemporáneo en la Europa del siglo XIX, con el efecto favorable de concretar las falanges que nos servirán como objeto de estudio; para esclarecer los factores decisivos que encararon los videntes de aquel entonces. Para mantenerse en combate encarnizado contra la modernidad de sus días; para rechazar el ideal del progreso como supuesto mejoramiento del vivir y la interacción humana. Hagamos que éste entrecruzar de rostros nos cuele por la verosimilitud de dos realidades que son compatibles, sin tal vez, haberse conocido.

Este punto podrá dar cierta amplitud y emparentar a los artistas con esa otra fisonomía del hombre/mujer en el siglo que les tocó afrontar. Hablamos de Friedrich Nietszche y Charles Buadelaire.

Los dos escritores pierden al padre a los 5 años de edad, y aquellos que los engendraron también eran, una especie de religiosos: El padre de Nietzsche, se sabe, era un pastor protestante, y dedicaba su amor a la música compartiéndola con el infante Nietzsche. El papá de Baudelaire fue un sacerdote trunco, reconocido pintor y dibujante que también inculcó éste, un gusto que se extendió más tarde hacia la pintura por parte del pequeño Baudelaire. Los dos autores terminan criados por mujeres. En el caso de Baudelaire su madre deja la crianza en manos de su sirvienta. Nietzsche queda al cuidado de su abuela, madre, hermana y tías. Así mismo, sendos autores son, antes que todo, enormes poetas. Sus deseos de escribir van orientados a desentrañar la belleza de las cosas y criticar la moralidad de su época. Sus vidas adquieren las divisiones que hacen cimbrar su mentalidad entre el bien y el mal, entre Dios y el Diablo; entre el caos y la armonía, entre lo feo y la belleza: aspiración última de ir más allá de lo divino y lo malévolo. Estos dos hombres de letras comparten la enfermedad venérea conocida como sífilis y a los dos, les traería estragos al final de sus vidas; dolores físicos y psicológicos que tuvieron que bien librar a costa del sufrimiento. De igual manera, experimentaron relaciones tormentosas con las mujeres y los condicionarían a entregarles un cierto desprecio, empero siempre anhelaron obtener el amor inalcanzable y la mujer ideal. Ambos se situaban continuamente en la periferia de la norma social, ambos, jamás cumplieron con el estricto proceder de lo correctamente político en su sociedad.

Cerremos esta portentosa similitud de dos ídolos que supieron muy bien demostrar su gallardía en el pensamiento universal, con una frase que devuelve la mirada sobre su igual, el filósofo alemán Nietzsche. Baudelaire comenta en su libro póstumo, un libro de breves y precisas anotaciones intimas: Mi corazón al desnudo: En todo hombre hay, en cualquier momento, dos postulados simultáneos: uno hacia Dios y otro hacia Satán.

 

Invocación de lo maligno para la redención del alma universal.

¿Ante cuál hombre uno ha de encararse?, husmear sin una hendidura de resquemor ó de profunda pleitesía. Frente al dandi de la desdibujada sonrisa frívola y que, sin denostar su genio, agreguemos su razonamiento entorno de algo tan humano como la risa. Baudelaire nos comenta lo siguiente: … la risa es satánica y por tanto profundamente humana. Añade más adelante: … es esencialmente contradictoria, es decir, signo a la vez de una grandeza infinita y de una infinita miseria. Por tal motivo, en las pocas fotografías que encontramos de él, su sonrisa es casi fingida, entonces, ¿frente a qué hombre nos iremos quedando desnudos? De cara al derrochador enloquecido y sátiro en oposición a la madre: joven hermosa de 30 años al nacimiento de Baudelaire, y que fallecido su padre a la edad de 70 años, el quedarse viuda la orilló a buscar otro hombre. Quizá valdría colocarse ante ese semblante de ojos de abismo; del gentil escritor sufriente, poeta maldito llorando la pérdida del gemelo literario que jamás conoció. Baudelaire lo tradujo y ensimismo para sí la tanta riqueza literaria del silente cuentista de Bostón, como análisis para entender que él, corría la misma “mala suerte” que a Edgar Allan Poe lo condenó en vida.

Quizá, los mencionados escasos retratos de Charles nos devuelvan su espíritu altivo y rumiante a la vez; un cariño premonitorio de quien se sentía tan aterrado por reconocerse mortal (pensemos con sobriedad y fuera de todo razonamiento práctico). No es acaso, la misma humanidad los que cometen todo tipo de crueldad en nombre de sí mismos o de cualquier entidad sin pies ni cabeza; es decir, en cuántas ocasiones no se suele justificar: “matamos en nombre de la Patria, de Dios, del Pueblo, en venganza de mi familia”. Se puede asesinar en nombre de cualquier tontería, pues todo recae en sopesar la verdadera culpa o agente que delibere la justa de perpetrar el acto. Tengamos en cuenta que en todos nosotros existe la dualidad, los dos rostros de Uno. O lo que es igual, en cada uno de nosotros puede existir el purificador o el corrupto, el pacificador o el psicópata.

Aquel artista, ese que codicia la llama perpetua de la sensibilidad; ese creador artístico impelido por refrendar las bondades del alma. Ocupa todos los intentos para desembarazarse de los horrores humanos, pocas veces consigue eludirlos; dígase el homicidio, el robo, la mentira con dotes colosales de violencia. Para esa alma virtuosa de las artes, no sólo le duele y le lastima dichos factores que endurecen la discordia. A sí mismo lo terminan enfermando de desesperanza.

Para el pintor, el escritor, el cantante, que día a día tratan de recomponer sus errores, toman estos trastornos mundanos como una derrota interna, pues entiéndase que todo aquel o toda aquella hambrientos de la excelsitud de la conciencia, asimilan en su interior el dolor y están al acecho de no inmiscuirse en esos designios lamentables del germen corrupto del humano. Así, se abre una herida que supura rabia, descontento, pocas ganas para seguir compartiendo el mismo aire con esos otros que son el averno, con esos otros que entorpecen el existir bajo los principios de la concordia.

Cabe mencionar, en éste primer lance de los vericuetos que signaran nuestro estudio, la afrenta cardinal y todo aquello que rechaza Baudelaire, es la moral de la sociedad francesa como una hermética visión religiosa en la que es muy fácil de caer como réprobo, con una devastadora creencia católica los hombres y mujeres descienden incitados por pecar. Critica con firmeza al religioso-fanático, pues creo atisbar que Baudelaire escupe con desdén aquello que proviene de la doble cara, la doble moral, observada en el sacerdote y en el creyente. Por un lado, al primero se le advierte como el adorador recto del Creador y por portar cierta investidura que impone como precepto único la Ley celestial, guía indiscutible de los feligreses, ley eclesiástica que no es blanda y sí despótica. En el segundo, aquel que debe respetar y seguir las leyes divinas para vivir con decoro a lado del prójimo. Sin embargo, ni creyente ni sacerdote cumplen los requisitos de su iglesia. Podemos, desde luego, intuir el absurdo cuando nos hemos enterado que quienes aseveran que cada ser vivo debe actuar conforme a los usos de la buena costumbre católica. Los sacerdotes no son siquiera los más morales y misericordiosos. Los creyentes suelen depravarse al primer paso de abandonar la misa dominical.

Tenemos, a la sazón de esta observación intermitente, entre rostros y moralidades desvirtuadas de realizar el bien común, una vía de dilucidar los motivos, afanes del poeta francés por tomar una compostura de rebelión. Baudelaire incluye su protagónico en su natal París, desde la alternancia de convivir: Primero, como el hombre de letras aislado y que emancipado de su hogar, se propone tirar por la borda de los oros la herencia de su padre; segundo, se apasiona por ser el hombre bohemio que se adhiere enigmático entre las calles y las masas. Con dicho avistamiento psicoafectivo, pongamos que “el dolor ajeno” es una substancia que le permite a Charles mutar y sentir la herida abierta de los desamparados. Situado así, Baudelaire es “el hombre rebelde”, de ahí se desprende su mote más famoso, el de “poeta maldito”. No es por pretensión este acometido, es una postura impostada que sirve para convencer a los demás de su talento literario. Es un acto de contrarrestar, lo que falsamente se le nombra progreso. Subrayemos un dato escabroso que nos obsequia Enrique López Catellón: Entre 1840 a 1845 (para estas fechas Baudelaire tenía de 19 a 25 años de edad), en 63 departamentos franceses, trabajaban 131,000 niños en fábricas, la jornada diaria llega a las 13 horas, con un salario que oscila entre 25 céntimos (el precio de un kilo de pan).

Si todavía nuestra pesada conciencia continua enfrascada en la reflexión de hace un rato sobre lo que representa “el dolor ajeno”; la muerte casi segura de estos niños, explotados por donde se le mire y la enfermedad constante de los mayores por respirar y trabajar en condiciones de insalubridad industrial, es una broma mencionar que exista el término de un capitalismo salvaje. Con los descomunales horarios laborales, agregando la bruta maquinaria contamínate de aquel ayer, sin ningún tipo de control de calidad. Obtenemos la evidencia de que el capitalismo sigue siendo desde el siglo XIX brutal, salvaje.

Juzguemos con espanto esta desventura y pongámosla en tela de juicio en nuestra modernidad del siglo XXI, con los malestares que corren hoy en día; el estrés aumentaría al triple, la tasa de suicidio no podría siquiera contabilizarse. Seguir una lista interminable de aberraciones laborales, no cambiarían nada, pues promover desde la comodidad a toda costa una vida de lujos y tecnología, es un uso y costumbre, que se transforma en un encono despiadado de explotar al hombre por el hombre con los recursos de la madre naturaleza. Podemos describir que la rebelión profunda de Baudelaire empata con la del marxismo, en la de mirar al sistema capitalista como el magnánimo depredador; una monstruosidad tal que, no es suficiente con señalarla, ésta se debe extinguir. Más allá de sí Baudelaire compartiera los ideales de Carlos Marx, cosa que por lo visto, no parece ser verídico, pero sí, existen datos que se levantó con un grupo de revolucionarios en su juventud. Resulta para el poeta de Las flores del mal, el capitalismo, un ente malvado que no concuerda con la concepción de prosperidad. Puesto que, para construir, se debe despojar, para despojar habrá que talar; socavar en lo hondo de la tierra y apoderarse de su material orgánico.

Siguiendo las líneas concéntricas del dolor en su representación humana y social. La dualidad consiente el latir que conforman todas las visiones sobre la figura de Baudelaire, sobre su vida y obra. Acumulando los pasos que se han transitado de manera colindante en su devenir histórico, Baudelaire es un hombre desgarrado, tornándose esta idea más evidente cuando la equiparamos desde la reconstrucción de un nuevo París. La vieja ciudad es devorada con gigantesca pavorosidad. A cambio, vendría la metrópoli con su poder de masificación. El terruño quebrado, produce en Charles una grieta de carácter ontológico, dado que, lo anterior ha sido saqueado por lo nuevo. Tanto hombre/mujer como país, no serán jamás lo mismo.

 

Tiempo desgarrado y el desvencijado consuelo de la modernidad.

El tiempo de Baudelaire es un momento de arcadas por un siglo a punto de sucumbir. La modernidad arranca los últimos vestigios de la Francia medieval. Sin embargo, un cúmulo de costumbres se resiste al abandono del bien y el mal, de Dios y Satán; retozan aún en la idiosincrasia de la moral del hombre/mujer de la sociedad parisina las tentaciones de lo diabólico y las bonanzas de lo angélico.

Caharles Baudelaire nace con la muerte de Napoleón Bonaparte y muere con el fin de la Intervención francesa en México.

Tras publicar Las flores del mal, se le lleva a juicio bajo censura de una inmoralidad explícita en sus poemas; 6 de ellos son los que conforman esa condena a la libertad de expresión. La Francia de 1857 pasaba por una situación convulsa, liderada por Luis Napoleón III, las revoluciones del proletariado, los disgustos de los burgueses y políticos recriminaban el mandato de este último monarca del Imperio Francés. En el hervor de tales incidentes, se suman las eternas disputas de la unificación italiana en la cual el ejército francés de Napoleón III participaba, teniendo por otro lado a Estados Unidos como opositor, era indudable que el furor patriótico de los franceses no se reflejara en protestas y cambios de conciencia, en reproches y nuevas formas de entender la participación individual y comunitaria.

Los conflictos que vivía Baudelaire, eran los mismos, o casi idénticos a los de la gente común. Ruptura, guerra, enfrentamiento no dejaban de desolar el alma de los parisinos. Haré volver al recuerdo de mis lecturas añejas y regreso así al libro de La profecía de los malditos de Francisco Valero, una obra ensayística que observa los movimientos telúricos de un París convocando a sus gentes no sólo a la zozobra, también atizando en sus bondades a la fortaleza de la creatividad. Mención aparte la de la creatividad, pues indagaré en su repercusión filosófica en el pensamiento de Baudelaire más adelante y con mayor tino.

Cuando se reconocen los límites de nuestra vida, es decir, cuando nos encontramos cercanos a la muerte, se dispara una crisis de hipersensibilidad. El refugio para algunos convictos a la hecatombe de la fatalidad, es el arte. La facultad de saberse en el umbral oscuro de fenecer, les permite a pocos, encauzar una producción artística de proporciones maravillosas, de formas únicas, trascendentales que otorgan al alma del artista un desenlace de obra maestra.

En una Francia destinada a ser eje y ejemplo de toda Europa, no podía dejar de ser, ir a la contra, una actitud de provocación, una acción contestataria. La genialidad de Baudelaire se lo exigía y por tales azares, ansiaba ser el más grande poeta de su momento histórico.

 

Lo moralina como aspecto recíproco de la falsedad.

Existe una querella en Baudelaire por todo lo falso, por todo lo que contenga una repulsa moralina; no por el artificio, ese que termina siendo expedito de una creación alterada, que incluso de característica falsa, pretende únicamente el disfraz. Creación que por ser arropada del menester artificioso, se le concede la presteza de llegar a la verdad, por lo menos despejarla de un sentido fraudulento.

Gracias al análisis que sugiere Enrique López Castellón, podemos entender la artificiosidad de Baudelaire a un culto refinado de oponerse al arte vulgar; entiéndase por este, un arte con carencias de creatividad, ese arte incontaminado por la cultura costumbrista perderá su fuerza. Con semejante perspectiva, podemos posicionar a Charles en el hilo de la vanguardia, sujeto intelectual situado en su presente que, afrontando su reyerta sugiere dotar al arte de poner el esfuerzo y cultivo propio del artista, para desmantelar las falsas ideas de que lo bello, la bondad, son reflejo de la natura y que a través de los siglos, el hombre/mujer debe constreñirse a esta impoluta moral. Baudelaire aquilata, el beneficio de lo artificioso con una potente sentencia: El mal se hace sin esfuerzo, naturalmente, por fatalidad; el bien es siempre producto de un arte.  

Dieciséis años necesitó Charles para poder concluir Las flores del mal, su obra cumbre. Obra como ya se conoce, le valió ser enjuiciado junto con su editor, en ese París cambiante, radical. Baudelaire experimentó el desplazo, la desnaturalización por una urbe y sociedad que se establecía en la mano errática de una construcción moderna. Aquel síntoma de desencajar abruptamente de sus congéneres, lo aceleró al viaje de la muerte y la degradación y colijamos a pie, de que el propio autor nos muestre su caída infernal: Hay algo más grave que los dolores físicos, es el miedo a ver cómo se debilita, decae y desaparece en esta horrible existencia llena de conmociones la admirable facultad poética, la claridad de ideas y la capacidad de esperanza que constituyen en realidad mi capital. Así pues, presiente el curso en descenso a lo inmoral, a la decadencia de sí mismo y de su pueblo; entendiendo los pavores del mundo el poeta se transforma en un ser distinto a la masa. Intenta después de identificar aquello que lo separa de los demás, balancear la moral al darse cuenta que por lo tanto el castigo divino no se hace instantáneo, ni siquiera futuro para todo aquel que comete un crimen; una injusticia.

Entonces Charles trata de palpar eso y no entiende cómo, de alguna forma todo atentado a la humanidad es permisible.

Asentemos la falsedad como un síntoma de insuficiencia en la moral del individuo, del artista; en cada uno de los que componen la sociedad y el estado. No desenfoquemos la proeza del artificio como efecto de maximizar la obra, es decir; una de las cualidades de Baudelaire era que, él hizo de su vida una obra de arte, un subsistir con originalidad; su progresiva potencia centrífuga estaba destinada a cierta congruencia de hacer de su existir un poema.

En ese sentido, me gustaría exponer lo eterno de lo transitorio; signatura explicada por Baudelaire como una tesis que debía tener el arte pictórico de su época y en general por todos los pintores. El autor menciona: Todas las bellezas (en este caso pinturas) contienen algo de eterno y algo de transitorio, de absoluto y particular. En el libro de Salón de 1846 declara así y, después retoma la idea en su libro El pintor de la vida moderna. Lo que sostiene Baudelaire en el trasfondo del concepto, tiene un aspaviento aún más inquisitorio, Baudelaire antepone un signo de pereza; pereza que da como resultado tener una ofensiva en contra de la mediocridad, en términos prácticos Charles sojuzga la falta de imaginación y creatividad de los artistas. Así, orbitamos la marcha feroz de ir en contra, para ponerla al servicio de su vida y obra, para colocarla en función del arte y la filosofía.

Pero me condiciono a dar nitidez en este punto: La discusión y discernimiento, mencionada por Baudelaire, nos revela la batalla que entre hombre y pintura examina el autor de la modernidad. ¿De dónde proviene entonces aquella pereza? ¿Quién es y qué representa?, porque tanto escribir sobre ella, nombrarla como una dama oscura y que en tal reproche, para Baudelaire lo ocupa todo. Citemos de paso, los versos del poema Al lector que inaugura el libro de Las flores del mal: sueña con cadalsos mientras fuma su pipa… (¡es el Aburrimiento!)

Es el Tedio la gran querella, el eslabón de la pereza y que pone a Baudelaire a emitir el grito, el llamado a tomar las armas del espíritu, para dotar la labor de no sólo ir más allá del Hoy; de lo perpetuo y estar al alcance del Presente. Esta detracción baudeleriana proviene de observar la falta de pasión, de arriesgarse y del poco empeño que el artista cifra en su trabajo. En palabras de Baudelaire, se debe ante todo; sacar lo eterno de lo transitorio.

      

Penuria y la fama universal.

Ya hemos puesto en situación diacrítica, el quizá germen oculto de la generosa empresa baudeleriana que es contrarrestar la mediocridad por todos los medios, incluso llegar a las hondonadas mismas de la putrefacción y salir de ella acrisolados. Dejemos que el poeta nos descubra por medio de su poesía, este sentimiento de acudir a la degradación: … queremos rodar al fondo del abismo, ¿qué importa infierno o cielo?/ ¡Al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo!

         Si echamos una mirada a la vida de Baudelaire, siempre nos encontraremos que se sentía confiado de circundar los bajos fondos de París, sin embargo el anhelo por las alturas, por la sensualidad de una mujer adinerada e inteligente, por cobrar el tesoro de sus escritos, podríamos asegurar lo llevaron a un suicidio malogrado. El crítico de arte Guillermo Solana, nos comenta sobre Charles Baudelaire en la introducción del libro Salones y otros escrititos sobre arte que, Baudelaire representa en el siglo XIX el mejor crítico de arte, asevera además en el supuesto de que si Baudelaire nunca hubiera escrito un verso, el sólo hecho de haber escrito crítica sobre pintura, la gloria estaría consagrada para el poeta francés.

Anotado este revestimiento toda vez prestigioso que le confiere Guillermo Solana. Aprovecharé para marcar un lapso, no poco indiscreto, pues la lectura de Solana embellece la estampa y concentra un misterio mayor sobre Baudelaire en dos vertientes originarias del temple del poeta maldito. Encuentro así, por una línea, la importante carga artística heredada por su padre biológico en el contexto de la pintura y, nos vuelve la cara, en el otro extremo, para detenernos también en la madre; dotado por ella del gran amor por fecundar, dar a luz lo bellamente horroroso.

Al descubierto Baudelaire por Solana, nos lanza un dato más que empata de nueva cuenta con Friedrich Nietzsche, esta vez con el inicio de la fama mundial de Baudelaire, acaecida después de su muerte, en 1900 obtiene el reconocimiento de los literatos; comienzo del siglo XX que se precisa con la muerte de su otro igual, Nietzsche.

 

Sin perder de vista lo que Solana nos concreta en la crítica de arte que elucubraba con una pluma magistral Baudelaire, podemos accionar el trampolín que nos llevara a la tesitura de su trabajo en prosa.

Volvamos entonces, al estudio de ese libro póstumo que fue publicado en 1869, Pequeños poemas en prosa. El académico Enrique López Castellón, nos guía a mirar la perversidad de la naturaleza humana y los achaques del capitalismo, como los traumas que ponen en jaque la psique del hombre/mujer en el siglo XIX que le tocó vivir a Baudelaire. ¿Cuáles son los achaques a los que se refiere López Castellón? No son otros, que los mismos que apabullan a los seres de éste siglo XXI, el dinero y los sueños frustrados. Charles Baudelaire era prófugo de sus adeudos; cerraba a conciencia, quizá con un disimulo de terror su habitación por las noches con doble cerrojo. En cartas a su madre y a amigos, describía con detalle que no estaba convencido de si su poesía, su prosa, tuvieran los empeños de la grandeza. No acuciemos sin antecedentes a la verdad. La agitación frágil del poeta que por su palabra nos comente: … sólo puede resultar profundamente humillante a un espíritu que considera que el mayor honor de un poeta consiste en realizar justamente lo que había proyectado.

Ahora, cuando hemos nombrado con anterioridad a Baudelaire, vidente, no ha sido por esgrimir un mote de tipologías supra-humanas, si no por el acto de ir más allá de su existencia, es decir, Baudelaire sabía que su libro de Pequeños poemas en prosa sería distinto a toda la poesía de sus contemporáneos. Esta obra de prosa de la brevedad es de connotaciones expresivas que alcanzan una gama auténtica de los sentimientos humanos. Baudelaire se convierte en la visión totalizadora de aquella idea de la eternidad en el tránsito de la vida cotidiana. Para el poeta, como para la tarea del filósofo la prosa es un instrumento poderosísimo, pues sirve de colmena y centro del mundo; rodeado de los otros y las otras, y al mismo tiempo, sirve para mantenerse aislado de la muchedumbre, para lanzarse sobre las imágenes y extraer lo propio y lo definido en un pensamiento que se condense en lo universal.

Así Baudelaire pasa a irrumpir sitio a la par de la filosofía nietzscheana. Desde mi opinión, alberga también consonancia con la poética de Jim Morrison, en especial con la canción de Universal mind. Esta letra reza que Jim es el hombre de la libertad, aquel que puede girar las llaves y liberar las mentes. Este libertador universal, vive disuelto entre las masas; reconoce su soledad y la falta de un hogar, pues distingue que en cada territorio en el que se encuentre puede establecer su casa, cualquier páramo se puede hallar la riqueza. Hacia la parte final de la canción nos encontramos con estos versos: Y ahora estoy tan solo, buscando un hogar/ Y en cada sitio que veo/ Soy un hombre de libertad, sí, esa es toda mi fortuna/ Soy un hombre de libertad.

Este enamorado de la vida universal que entronca correspondencia con la figura de Baudelaire, es un anónimo que ama y odia su ciudad; repudia y lo contradice su mutuo cariño por sus conciudadanos. Ya que vivir en sociedad es de la misma forma, identificarse con todas las dolencias suscitadas en el convivir con los otros. Baudelaire sufre metamorfosis constantes y se origina en él, la empatía, mediante la construcción de personajes y situaciones, se inmola a la exigencia de ponerse en el lugar del otro. Este Baudelaire infinitamente humanizado, no deja de abrevar sus sentencias, en sentimientos confusos y ambivalentes. Esta discrepancia de emociones, proviene de su oficio de poeta, ese entrar en el otro, es el talante de Baudelaire para acceder a las entrañas de las cosas y pintarlas con poesía.

 

La belleza también es temor.

Llevarás a tu boca visual, entre cada desayuno, comida; entre merienda y cena cada bocado que puedas mirar. Tu recorrido es pasar unas semanas con un par de días y apenas unas horas en el infierno; estrellarte por fin en esa trillada tirada del tiempo que con celeridad o lentitud nos mata. La vida será entonces un modelo para fenecer. Una rala consideración para morirse de cansancio.

Terminemos de elaborar el escrito como un monstruo; atiborrarlo para la saciedad del artificio, y hagamos honor al maestro Baudeliare. Es hora de cantar con coraje en contra del hastío. Pena y gloria de los que nos hartamos del mundo y su gente. Así, vivirá el hombre/mujer que se consagra al spleen, al aburrimiento. Estamos llenos de vida y con ganas suficientes de perderla. Se muere de todo, pues en el interior de nosotros, desde el nacimiento, se activa la descomposición de nuestra materia.

No será quizá, aquel proceso de putrefacción el que nos condiciona al cambio, a la desestabilidad emocional, pues entregados a la vida crecemos, nos regocijamos, pero también la rechazamos, la maldecimos. Al filo de ultimar, las consideraciones aquí escritas, de lo que fue preámbulo de la cuestión en sí, que dicha cuestión es nacer y después morir. Miremos esta dicotomía desde la óptica de la antropología de la muerte. Veo que la cuestión en sí, es el peso del pensamiento de Charles Baudelaire, es el rigor de un poeta que se cuestiona el arte y al mismo tiempo cuestiona la muerte.

Hablando a la clara, el poeta francés filosofa entorno a la poesía. Hace pudrir el poema en el vértice de la realidad; crítica bajo la visión de la moral, el pecado. Ese soborno que el espíritu del hombre/mujer adquiere como consuelo de la existencia. La podredumbre humana es una prueba contumaz para ofrecerse al vacío; la modernidad con su sistemática opresión; con su infame automatización de los quehaceres cotidianos y sus lujos; su miseria y su encanto a la libido, con su objetivo de estrujar al ser, nos convierte en proclives verdugos de la atrocidad.

Sabiéndonos a cada segundo inservibles, el poeta Baudelaire consigna su cólera enfrentada a la maquinaria de un reloj que en cada minuto nos violenta; desenchufando conexiones eléctricas de nuestros órganos. Aquí entra la inquisitiva de que no sólo somos cuerpo y memoria, somos biología y química molecular. Se descompone nuestro interior a medida que avanzamos y repercute en el estado emocional, en todas nuestras acciones. Acudimos sin cesar un paso hacia el abismo.

Al borde de concluir con este ensayo del contraataque baudeleriano que represento la forma de hacer y escribir arte, no acotemos el uso específico de la muerte. Quizá usted lector, aún no se ha fatigado del texto. Toda la obra de Baudelaire se comprende en la vía del escrutinio, de la ventura y el bosquejo de indagar en el comportamiento de los otros, para entenderse a sí mismo. Recordemos que Baudelaire es un ciudadano de la modernidad, la primigenia urbe del siglo XIX, se está preparando para mudar al París de la torre Eiffel.

Desde ahí me gustaría versar para ir al final de esta sinfonía de la malevolencia. Baudelaire fue un escritor limítrofe a su ciudad, aborrecía un poco el campo y los bosques, bajo la actitud de afirmar que en la naturaleza todo está hecho, y en la ciudad hay cosas por hacer. Así la tesis revolotea de nuevo en Jim Morrison, en una óptica orientada al personaje del paseante francés. En la canción The changeling, escrita por Morrison, nos narra un tipo muy parecido al flâneur baudeleriano (paseante); este hombre que camina sin rumbo, con el ocio a sus espaldas, todo lo mira, diríamos sin arrebato todo lo comprende y lo escucha. La canción canta: Vivo en la parte alta de la ciudad/ Vivo en la parte baja de la ciudad/ Vivo en todas partes. Está clarificado que Charles Baudelaire era un lagarto cambiando de piel en cada sitio, para desnudarse allá; para desnudar lo bello de lo raquítico, para enterarse debajo del disfraz del anonimato como vive el hombre/mujer de su tierra. Su faena todos los días era robarle eternidad al instante. Refinado y procaz, Baudelaire lo mismo tubo mucho dinero, luego jamás tenía nada; los mismo se embriagó con literatos, para después vomitar y fumar opio en las piernas de la prostituta. Amado y repudiado por los círculos intelectuales, lo enfermaron las deudas y la mucha incomprensión. Bebió el vino con amistades, inhaló el hachís con los ladrones.

Reconstituido por aquel suicidio fracasado, se abocó a continuar. Su búsqueda concreta, era exceder los confines de lo putrefacto para extraer la sabiduría. Los excesos, la perversidad: son el punto de inflexión para tocar su propio espíritu e indagar en qué somos. Acá se establece el enlace máximo con Nietzsche, pues los dos escritores son perfectamente individualistas; almas solitarias, pero siempre entregadas a descubrirse para descubrir a los demás, el Uno Colectivo. Hasta cierta frontera, la bondad nos aparta del paraíso y no analizamos éste encontrase fuera porque la paz contrae la insensibilidad, nos convertimos en plástico. Sólo cuando hemos presenciado el dolor, el hartazgo y la queja, sabemos entender la dolencia de los otros.

A través de la maldad se cuestiona Baudelaire la existencia. Cerremos con palabras del poeta maldito: ¡Ay!, ¿habrá que sufrir eternamente o huir eternamente de lo bello? ¡Déjame, naturaleza, hechicera despiadada, rival siempre victoriosa! ¡Deja de tentar mis deseos y mi orgullo! El estudio de lo bello es un duelo en el que el artista grita de espanto antes de ser vencido.

 

 

Abismo insondable

A Charles Baudelaire
Astro abominable
espíritu de Quimera
impreca en Mí
virtud pagana

 

Dame a beber la poción bermeja
pues calzaré vestiduras de bruma
sinuoso sádico y   colérico
pondré a labrar mi lengua
sobre la podredumbre
de violetas rosas y flores enfermas-hermosas
seré el violento tirano de la maldita escritura

 

¡Cómo te nombren a ti Pierre
y clamen a los pies de tu figura
hedonista hibrido!
Seré la pugna y la purga
la gruta verraca y el baldío
donde horlas y crisálidas
sufren mutaciones infames
sea yo la belleza
la virginidad
la larva que hurga el infinito
ese alacrán eufémico nocturno

 

Escribe sobre mi vena que sangra
un continente oscuro y onírico
ídolo planetario de brujos poetas sátiros y mujerzuelas
tienes mi pecho coloso para la confrontación
raptaré a tu divina hija de rubicundos senos
mía será y mía la haré
abriré en sus piernas el mar
y el diluvio de tinieblas y luces
abultarán su vientre
daré críos generaciones y familias
asesinos y hombres solitarios
nietos y madres todos ellos herederos de la excrecencia

 

 

Bibliografía:

  • Baudelaire, Charles. (2018). El pintor de la vida moderna, Le Peintre de la vie moderne. Traducción de Alejandro González Palomares. Edición bilingüe. Impronta Casa Editora, Guadalajara, México.
  • Baudelaire, Charles. (Sin fecha de edición). Obras selectas: Las flores del mal, Pequeños poemas en prosa, Los paraísos artificiales, El vino y el hachís, La Fanfarlo. Traducción y estudio preliminar en todas las obras. Enrique López Castellón. Edimat Libros, Madrid, España.
  • Baudelaire, Charles. (1999). Salones y otros escritos sobre arte. Introducción, notas y biografía de Guillermo Solana. Visor, Madrid, España.

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *