Soy parte de las cifras: Di positivo a Covid-19

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diciembre 23, 2020

 

 

Texto y fotos por Tzuara De Luna

 

El Covid-19 parece una mezcla extraña de una robusta realidad y leyenda urbana. Por un lado, sabes que el mundo está en confinamiento y estado de alerta por un virus que ha sido diagnosticado en más de 78 millones de cuerpos, pero, por el otro, sabes de personas cercanas a ti que se han contagiado y han muerto por el virus, no obstante, solo lo sabes, no las has visto y menos puedes comprobarlo. De una forma todavía más extraña, todo parece surrealista y cercano, hasta que pasas a ser parte de las cifras de contagios.

Y es que hay que admitir que el gel antibacterial a veces es molesto, demasiado pegajoso o con olor desagradable. Qué decir de los cubrebocas, llegan a un punto en el que te agitas por traerlo, te harta y te sofoca, pero esa es la nueva (a)normalidad. Todo pareciera ser un ritual de algo que no conoces más que en las noticias o por lo que ves Internet, de algo real pero que todavía no te ha acontecido en carne y mente propias, hasta que un doctor o doctora te dice con una mirada tajante: Su prueba dio positivo a SARS-CoV-2.

Desde antes que te den la noticia de confirmación de que un virus se ha convertido en huésped de tu cuerpo, el mundo empieza a volverse más incómodo. La prueba rápida, esa que es de Antígenos, sí es breve, pero cala. Me la realizaron el domingo 20 de diciembre. Un cotonete delgado irrumpe tu persona y entra hasta no sé qué parte de la nariz, pero se siente como si sacudiera más adentro, dejando un malestar en el cuerpo dizque momentáneo (aunque la verdad, todavía sientes esa cosa entrando perentoria por tus fosas nasales un par de días después).

Seguido de la tortura diminuta, debes esperar 10 minutos que parecen ser mucho más largos, ya que es el momento de aguardar en un frío consultorio mientras la prueba indica si estás o no infectada. Para ser sincera, siempre he pensado que la suerte (y en particular más la mía) es casi nula o inexistente, pero en ese momento con un extraño tinte de optimismo, dije: quizás hoy, por muy remota, la suerte está de mi lado.

No fue así. Di positivo.

Quiero pensar que para las personas que viven solas en esta batalla la preocupación es menor por el lado que no sientes que contagias a cada momento, porque no te percibes como una bomba letal que se activa al hablar o al abrazar a alguien… Pero también creo que sería muy difícil estar enfermo y solo, saberte mal y guardar lo que sientes en la esquina de tu habitación o apartamento. Quién sabe, esa batalla en soledad e independencia no me tocó a mí y espero que alguien escriba sobre ello, aunque mi historia fue diferente.

La noticia catártica me la entregaron en un papel sellado, y también por correo electrónico. Tan digital es el asunto que ya hasta la bandeja de inicio de tu correo electrónico te recuerda que tienes un bicho como huésped habitando en las paredes de tu cuerpo.

El primer malestar con el que se anunció dicho polizón fue algo que no creía, que ya me lo habían descrito mi pequeña hermana y mi mamá. Me habían dicho que perdería el sabor, que la comida adquiriría una propiedad acartonada, insabora e inodora. ¿Eso es posible? Sí, y lo peor, es que me percaté de ello cuando fumé un cigarro el sábado 19 de diciembre a las seis de la tarde. Ese pequeño, blanquizco e inútil artefacto que no sirve más que para dañar la salud, (ese que tiene un sabor que si escribo que no me agrada estaría mintiendo) me dio los primeros indicios. Fumé y no me supo a nada, como si exhalara aire y no tabaco.

Según la página oficial del Gobierno de México, si una persona presenta Tos/Estornudos, Fiebre y Dolor de cabeza, o mínimo dos de estos síntomas, es razón suficiente para alertarse por el virus. En mi caso, la tos llegó simultáneamente a la pérdida del gusto y del olfato, a lo que se añadió un molesto ardor de ojos y un cansancio urgente, un abatimiento anormal que parecía decir: acuéstate, no estás bien. Después de dichos síntomas, decidí hacerme la prueba.

Desde que el Covid-19 llegó a México, en mi familia compramos un oxímetro y un termómetro extra. Somos una de esas familias que llevaba a cabo el dicho popular: Más vale prevenir que lamentar.

Si tus niveles de oxigenación están por arriba de 90, no hay problema, no hay por qué requerir oxígeno extra. Pero, ¿qué pasa si es inferior a dicho número? Corre, consigue un tanque o concentrador de oxígeno. Es peligroso, un atentado donde tú eres tu propio caballo de Troya, un desperfecto que ataca los pulmones. Ese domingo medí mi oxigenación y tuve 95. No estudié medicina, pero sé que en ese momento estaba y me encuentro estable.

En cualquier proceso que conlleve afrontar la realidad, la aceptación aparece como muro de contención casi al instante y cuando te dan una prueba que dice que eres positivo o positiva a Covid-19, no es la excepción.

Para atenderme decidí ir al mismo lugar al que fueron las mujeres con las que vivo y amo. Ellas acudieron el viernes pasado, para ser más exacta, el viernes 18 de diciembre, al centro de salud de la colonia. Ahí se hicieron la prueba (donde está demás decir que dieron positivo) y les recetaron medicamento, ellas, quienes ya me habían alertado de los síntomas y enfrentaron la noticia primero que yo.

En su caso, fueron a tramitar “la famosa ficha” en la madrugada, ese mecanismo propio de los servicios de salud públicos en México el que te dan un turno que parece más un privilegio antes que un derecho. Se formaron a altas horas de la noche y solo por ello alcanzaron dicho papelito, pues solo dan 10 y se terminan casi al momento.

¿Lo peor? La magnitud de la pandemia llega de golpe y como balde de agua fría cuando estás formado y cuando ves que hay más personas como tú, es como si la vida te abriera los ojos y la consciencia con una espátula de acero que lastima.

Después de que me contaran su experiencia, quise seguir los pasos de ellas, pero en mi caso ya no fue necesario madrugar porque ya tenía un documento que decía: Tzuara De Luna – Resultado positivo a SARS-CoV-2. Por ello, entre las 8 y 9 de la mañana fui con mi prueba afirmativa para que me recetaran algo, porque al parecer las otras mujeres que habitan esta casa ya están mejor.

Cuando llegué me atendió un señor de esos que acompañan los centros de salud en el país. Era alto, con lentes, peinado de lado y botas cafés, con cara de hartazgo y una mirada inhóspita que sobresalía de su cubrebocas.

-Disculpe, me hice la prueba en un particular y di positivo. Vengo a que me receten, por favor.

-Ay, hija, ya es tarde, pero espera…

A los dos segundos volteó a su alrededor, juntó algo de aire y gritó mientras giraba su cabeza: Me atienden a la señorita, va a pasar a valoración porque ya dio positivo y la revisarán después de estas dos personas.

Insisto en que estar ahí es un pase directo a una realidad mucho más atroz que arremete contra una. Estaba de pie en una esquina con algunas personas mirándome raro después de que el señor con el que me dirigí en un primer momento ventilara a casi todos los ahí presentes mis resultados.

Las únicas personas que no me observaban de forma extraña tenían cara de preocupación, eran en su mayoría de edad avanzada y estaban acompañadas por una o dos personas más. Le apuesto a que quizás un par de ellos era familia y alguno había dado positivo igual que yo, porque dichas personas se miraban como buscando sosiego, otras lloraban y otras discutían.

A casi dos metros de mí había un señor y una señora de no más de 40 años con un pequeño adolescente regordete de ojos expresivos. Esa familia conjuntaba las acciones ya descritas: se miraban, lagrimeaban y se hacían de uno que otro intercambio verbal. El hombre con un tono alebrestado se dirigió a la mujer y al niño de no más de 12 ó 13 años.

-¿Qué vamos a hacer? Este wey ya dio positivo. Si él tiene obviamente vas a tener tú y yo, pero ¿qué vamos a hacer?, ¿sí estás entendiendo? Tengo que ir a trabajar, si no ¿qué vamos a comer? Tú tienes que ir a vender, no podemos detenernos, no podemos darnos esos pinches lujos.

El rostro del pequeño fue una espátula para agudizar mi preocupación por la pandemia, que si antes ya era grande, después de ese momento creció al triple. La cara del niño deambulaba entre la tristeza y la culpa. No sé si solo tuvo la mala idea de pasar primero a la prueba, pero el acto no era adornado por otra cosa que no fuera desesperación.

Observé su situación unos minutos y de repente me mandaron a llamar. Cuando entras a una zona destinada al diagnóstico o al tratamiento de Covid, es como si se perdiese la calidad humana y te convirtieras automáticamente en un ser que exhala algo que hace daño.

Mi recibimiento a dicha área me lo dio una doctora de la que apenas puedo recordar su rostro, porque tenía una careta, un cubrebocas, lentes, algo que cubría su pelo, una bata azul, un par de bolsas en los zapatos y qué se yo, tenía lo suficiente como para entender que no estaba en sus planes infectarse.

La mujer me dijo que estaba bien. Mis pulmones, inflamados, pero saldría adelante, así como lo hicieron algunas integrantes de mi familia y también, porque aún estamos otros cuantos todavía en la contienda contra el invisible polizón.

Fui, soy y seré parte de las cifras, y una vez que te conviertes en un número, ni la realidad ni el cómo concibes la pandemia vuelven a ser la mismas.

 

 

 

Tzuara De Luna Periodista egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente tiene un par de meses como reportera de finanzas a lo que se suman dos años cubriendo la fuente de cultura. Mujer feminista, fotógrafa y autora de la exposición visual Mujer á(r)mate y también conductora del programa de radio Poiesis Fem. Egresada de la primera generación de El hogar como personaje del Centro de la Imagen y de la quinta generación de la Escuela de Verano Feminista de Las Constituyentes de la ciudad de México. Su trabajo escrito y visual ha sido publicado y difundido en diferentes medios culturales y periodísticos, como Programa Universitario de Estudios Sobre Democracia, Justicia y Sociedad de la UNAM, Cvlto, Notimex, Milenio, 24 HORAS, Capital 21 y El Sol de México

 

 

 

 

 

 

1 thought on “Soy parte de las cifras: Di positivo a Covid-19”

  1. Sara Barbosa dice:

    Excelente relatoría.

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