Reencuentros, un cuento de la escritora Diana Ramírez Luna

Literatura
noviembre 18, 2020

 

 

 

Reencuentros

 

Nunca había reparado en lo bonita que es mi casa. Pasé tanto tiempo en ella que me acostumbré a ver los jardines, los muebles y las obras de arte que Gudelia y yo compramos en Europa durante nuestra luna de miel; incluso le perdí el gusto a estar en la inmensa biblioteca que entre ambos nos encargamos de alimentar. Tampoco me pregunté por qué se me quitaron otros tantos gustos, pero yo creo que fue la soledad lo que mermó mi interés por todo, incluso por la vida, de manera tan paulatina que ni siquiera me percaté de cuándo dejé de parecerme a mí mismo.

Supongo que por causas similares hoy me siento tan feliz. Cómo no estarlo con tan buena compañía. Los reencuentros suelen ser emotivos, además siempre me ha gustado ser anfitrión y hoy, en especial, me siento halagado de serlo. Me alegra ver la cantina con botellas abiertas, vasos y copas regadas por todos lados, no en su lugar y en la soledad de la pulcritud, como lo han estado tantos años.

Mis hijos dicen que dormir tanto es como desprenderse, comenzar a irse de aquí o de uno mismo. Yo por eso hoy abandono el sueño, para estar con las personas a las que más amo y brindarles mi lucidez. Me he puesto mi traje preferido y lustrado mis mejores zapatos, como debe de ser.

Irma se ha acercado a invitarme un daiquirí. Solíamos beberlo cuando Gudelia se fue y, por decirlo, ella se encargó de mitigar mi soledad, aunque debo decirlo, nunca lo logró del todo. Pero ahora mi mujer está de vuelta y yo la respeto por sobre todas las cosas, aunque me haya abandonado sin piedad y con siete hijos a cuestas a quienes criar, con la alcoba llena de ausencia y los recuerdos amoratados por la falta de ella, de mi Guleya.

Acepto el trago por cortesía, Irma me sonríe con los labios coral y enfundada en un vestido rojo que contrasta con su blanca piel, levanta la copa en señal de “salud”. Siempre fue muy guapa, pero hoy que he vuelto a ver a mi esposa, no me cabe duda de que no la cambiaría por nadie. No sé qué decir y ella tampoco pronuncia palabra alguna, así que me disculpo con la excusa de que debo encontrar a Tito, lo cual, finalmente, es verdad.

Dejo el daiquirí en la cocina, a Guleya le molesta que beba demasiado, pero es que para ella siempre es demasiado, le molesta incluso el más mínimo tufo a alcohol. En efecto, busco a Tito con la mirada, pero no lo encuentro, en cambio me topo con Paco de frente. No me lo creo, hacía tantos años… Fuimos compañeros en la secundaria, me apadrinó al más grande de mis hijos y hasta viajamos juntos a Europa con nuestras mujeres. Nos saludamos con algarabía, nos damos un estrechón de manos y palmadas en la espalda, me invita un tequila y con él claro que no puedo negarme. “¡Un tequila derecho, como cuando éramos chamacos!”, me dice.

No quiero ser grosero, pero de veras necesito encontrar a Tito, me está guardando algo que yo debí conservar siempre y que ya es momento de entregar a su dueña. Le digo que se queda en su casa, que beba cuanto desee, que me salude a la comadre y nos prometemos que no volverá a pasar tanto tiempo sin vernos. Dejo el caballito vacío y me doy la media vuelta.

No sé dónde coños se metió ese Tito, ¡siempre me hace lo mismo! Salgo al jardín y esa sí que es una sorpresa: mamá. Volver a pronunciar esa palabra y saber que está frente a mí la única persona que la recibirá con el mismo amor con el que sale de mí, me quiebra por completo. Me apresuro a abrazarla y no puedo evitarlo, una lágrima de felicidad corre por mi mejilla. Le beso los cachetes sonrosados y el cabello blanquecino. “Mamá”, articulo con voz trémula y se me llena la boca de aire, siento una congestión en el pecho y cómo el corazón se me bloquea. Siento una inconmensurable dicha.

Cuántas cosas no le he contado, cuánta falta me han hecho sus consejos y sus brazos para llorar en momentos de desesperación, de tristeza, de confusión. Pero todo ese tiempo lo vamos a recuperar. “Sólo tengo que encontrar a Tito y vuelvo, mientras haz lo que gustes que aquí tú mandas, esta es tu casa”, le digo. Ella asiente con la cabeza, me da un beso en la frente y acomoda mi cabello. “Está arriba”, me indica.

Entro de nuevo a la casa, subo dando grandes zancadas y por fin veo a Tito sentado en el sillón junto a Rosita. Están tomados de la mano como la última vez que los vi; como en su retrato de bodas, conservan los mismos ojos de amor al mirarse el uno al otro.

—¡Te estabas tardando, Ángel!

—¡Tito!, te ando buscando por toda la casa, ¿dónde te metes? Mi mamá tuvo que decirme dónde estabas.

—Pues ya estamos aquí, a tu disposición. ¿Verdad, vieja?

—Perdón, comadre, que no la haya saludado, pero su señor tiene la culpa.

—No se preocupe, compadre. Me da mucho gusto verlo. Como dice Tito, nos hizo esperarlo mucho.

—¿Traes lo que te encargué, compadre? —cuestiono ansioso.

Tito mete la mano al bolsillo de su pantalón café de pana y saca una pequeña llave de oro que pende de una cadenita. La mandé a hacer cuando Gudelia y yo estábamos a punto de cumplir diez años de matrimonio, como símbolo de que ella sería la única que podría entrar en mi corazón. Cuando falleció no soporté tenerla conmigo y la lancé al jardín por la ventana de la alcoba donde yacía su cuerpo inerte, pero Tito la recuperó y la guardó durante todos estos años.

Cuando me quedé sólo, Irma y él se encargaron de que yo no enloqueciera, por eso cuando ella sufrió ese accidente en carretera que terminó con su vida, yo me encargué de ver por sus hijas y cuando mi compadre Tito fue vencido por el cáncer, me traje a Rosita a vivir a mi casa, para cuidarla, aunque al poco tiempo ella también muriera de tristeza.

Por fin la veo. Sale de nuestra habitación, esa que todos estos años estuvo inundada de silencios, de melancolía, de tierra seca porque ella era mi agua. Viene con un vestido azul marino y el cabello recogido en una trenza, se ve preciosa. Su piel blanca, sus ojos claros y un olor que durante más de sesenta años añoré por fin me alcanzan. Me tiende la mano y yo tomo la suya entre las mías, la beso y le entrego la llave.

Al sentir el contacto con su piel puedo saber que no nos volveremos a separar jamás y que si algún día dijimos “hasta que la muerte nos separe”, no tiene por qué ser así. Ya pagué la condena de vivir tanto tiempo sin ella.

Tal vez nuestros hijos tengan razón y el sueño es una forma de comenzar a irse, de desprenderse de uno mismo, de alejarse de todo, pero yo ya pasé mucho tiempo dormido, soñando lo mismo y hoy quiero despertar.

—¡Vámonos, se hace tarde! —me dice Guleya tirando de mi mano.

Sólo atino a bajar las escaleras corriendo tras ella, con una sonrisa que hasta a mí me causa envidia. Quisiera despedirme de todos, pero en la casa ya no hay nadie. Afuera hay una carroza esperándonos, así que nos subimos deprisa con la dicha del día de nuestra boda cuando partimos hacia la luna de miel. Enseguida arranca el coche.

Nuestros hijos nos miran alejarnos, nos despedimos de ellos. Todos están vestidos de negro, nos miran partir desde la puerta de esa casa tan bonita en cuya belleza nunca había reparado.

 

Fragmento del libro “Como un bolero”.

 

Diana Ramírez Luna, egresada de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (unam). Se ha desempeñado como correctora de estilo y editora en diversas editoriales. Su obra ha sido publicada en medios como Gaceta políticas, Yaconic, Ritmo, Campos de plumas y Los ojos del Tecolote, donde además de ser socia fundadora, está a cargo de la coordinación editorial del proyecto Nido de poesía. Autora de los libros A hurtadillas (Sediento ediciones, 2012) y Como un bolero (Literalia, 2018); coautora de los libros Once navajas. Narradores al filo de los treinta (Tierra Adentro, 2016), Lados B (Nitro Press, 2018) y de la serie Cuadernos de trabajo, Español (Ebica, 2020). Es fundadora y directora de LibrObjeto Editorial.

 

 

1 thought on “Reencuentros, un cuento de la escritora Diana Ramírez Luna”

  1. Chris PR dice:

    Hay veces en las que uno, tal vez por ingenuo o porque se depende de la experiencia que se ha experimentado, no comprende ni la vida de los otros con su natural tragicomedia, ni los cuentos redactados con el alma, ni a uno mismo; y es entonces cuando, por azar, uno lee un cuento como este y comprende, y dice: ah con razón. Claro, ya entendí. Lo sentí en el pecho, lo sé con el corazón. Ése hombre soy yo, ése hombre es mi padre, y es ella, la autora. La autora es un yo, y amamos las posibilidades de ser otro en la literatura. ¡Me encantó!

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