Ectoplasma, un cuento de David Espino Lozada

Literatura
marzo 18, 2020

 

Por David Espino Lozada*

Dicen que el carnicero tiene guardada la cabeza de la vecina Damaris, que por eso la encontraron así degollada. No podían quedarse con la duda. Se habían citado a las once y media, porque a esa hora se quitaba la de las quesadillas. Osvaldo ya les había explicado, dos días antes, en qué consistía el plan. Estaban en el parque cuando pasó. «Ni se les ocurra decirles a sus papás», remarcó. «Se salen por el zaguán, así como si nada, nomás no sean mensos y no hagan mucho ruido». Hicieron un pacto. Quien lo rompiera ya no sería considerado amigo y le aplicarían la ley del hielo.

De los siete que eran, solo llegaron cuatro. No les sorprendió. Ismael siempre había sido muy miedoso y Juan estaba castigado, así que quizá quiso evitarse más problemas, incluso si eso significaba perder a su grupito. De quien sí no sabían nada era de Omar, mucho más aventado y la mano derecha de Osvaldo. Lo esperaron un rato, hasta que Fabián dijo que hacía mucho frío y que era mejor hacerlo de una vez. Miguel, como era el más alto, serviría de banquito para que los otros pudiesen entrar primero.

—Está abierta —empujó el vidrio Osvaldo.

Cuando Carlos y Fabián ya estaban del otro lado, se preguntaron cómo le harían para ayudar a su otro amigo. A pesar de ser alto, cuando saltaba apenas y alcanzaba tocar el marco de la ventana.

—Vamos a checar si se puede abrir allá enfrente desde adentro —le gritó Carlos.

Prendieron sus linternas. La de Fabián resultó no encender, por más golpes que le dio para ver si así jalaban las pilas. El lugar no era como lo recordaban de día. Habían comprado allí cuando los mandaban por el chicharrón o por el queso, pero jamás se habían fijado más allá del mostrador. Solo había unas cuantas cajas y artículos de limpieza. Cuando estaban por llegar a la cortina, escucharon que algo tronó y Carlos tiró la lámpara, que dio varias vueltas por la habitación hasta que terminó por alumbrar un calendario.

—Creo que pisé algo —dijo Fabián.

—Chance y fue el fantasma de doña Damaris —susurró Osvaldo.

—¿Crees que…? —preguntó Carlos.

—Ella no va a descansar hasta que entierren su cabeza junto con su cuerpo. Seguro se la pasa aquí… toda la noche… dando vueltas hasta que…

—¿Hasta que qué?

—Pues hasta que se aparezca alguien para robarse su alma. Un niño, de preferencia…

—¿Van a abrir o no? —golpeó Miguel. Carlos dio un salto para atrás.

—Pues yo no creo en los fantasmas —dijo Fabián.

—¿Entonces pasarías aquí toda la madrugada? —dijo Osvaldo mientras forcejeaba la puerta de la cortina—. No abre, mejor echa ochos.

—Acá está el refrigerador.

Carlos apuntó con la linterna. No podían asomarse al cuarto, pero sabían que ahí guardaban la carne; decía manténgase cerrado. Le dio escalofríos el solo imaginarse que ahí estaba encerrada, del cuello para arriba, su vecina. Y que su fantasma se irritaba cada vez más con su presencia.

—Mejor ya vámonos, amigos…

—Tú no le hagas caso, esas cosas no existen.

—Sí existen, Carlitos. Orita va a salir y se me hace irá por ti por ser el menor.

Osvaldo empujó la puerta sin lograr nada. Era mucho más segura de lo que había pensado. Intentaron hacer fuerzas los tres, al mismo tiempo, a ver si podían hacer que el candado se venciera o que la puerta se doblara. No pasó, solo se sacaron un par de moretones cada uno. Osvaldo se sobó y propuso que ahora intentaran con el otro hombro.

—¿Crees que a lo mejor tengan una llave guardada en alguna parte? —preguntó Fabián—. A lo mejor sí hay unas llaves por si las moscas.

Buscaron entre los cajones. Solo encontraron un par de papeles inútiles, más calendarios y algunas bolsas de plástico. Tampoco había llaves para la caja registradora, que apenas y se le había ocurrido a Osvaldo revisar para ver si también podían llevarse, aunque sea, un billetito. En otro de los cajones encontró una liga para cabello.

—Oigan, vean. Vean esto. ¿Ven? —la sujetó con una mano mientras alumbraba con la otra—. ¿No Damaris se amarraba el cabello con esto? ¿No siempre andaba con cola de caballo? Les digo que el carnicero es un viejo cochino, que la tiene allí adentro. ¿Ven?

Los otros dos lo miraron maravillados. Hasta Fabián, que había sido más escéptico, creyó que quizá había algo de razón en eso. No recordaba ver que el carnicero tuviera una hija y los que atendían el local siempre eran hombres.

—Yo me acuerdo que cuando desapareció traía la liga —continuó—. Es más, creo que hasta la vi ponérsela ese día… Sí, sí me acuerdo.

—¿Y por qué se la quitaría, si el carnicero entonces la vio también con el cabello amarrado?

—Porque seguro ya la rapó. Es un viejo cochino, les digo, nos va a querer vender sus sesos para que nos hagamos todos zombis caníbales.

—No, yo no me la quiero comer —empezó a llorar Carlos—. No, no. Qué tal si mañana mi mamá hace caldo de res y resulta ser sopa de Damaris… no, no, no.

—Por eso vamos a llevárnosla. Hay que ver cómo abrimos —se acercó a la puerta que daba a la calle—. Miguel, ¿sigues ahí?

Lo llamó varias veces. No contestó.

—¡Lo mató, lo mató! ¡Está muerto, primero se fue por él y ahora que nos tiene aquí acorralados va por nosotros!

—No me quiero morir, no me quiero morir —lloró Carlos.

Fabián decidió encender las luces. Todo se veía bastante limpio, se notaba que antes de cerrar desempolvaron el lugar. Carlos, que estaba tirado en el piso, pareció tranquilizarse al poder ver sus alrededores. Los fantasmas le temen a la luz o al menos eso creía y lo reconfortaba. Osvaldo reía como loco, hasta que vio que sus amigos ya habían tenido suficiente.

—Creo que no podremos salir —dijo Fabián—. Ya me está dando hambre, no cené.

—Aquí hay queso Oaxaca —abrió el mostrador—. ¿Quieren?

Los tres se sientan a comer. Carlos se calma cuando se mete un pedazo grande, que estira con sus manos. Por atragantarse, termina por escupir lo que no logra masticar bien. Osvaldo hace lo mismo, pero lo puede estirar mucho más, como si un muñequito de queso le colgara de la boca.

—¿Entonces nos esperamos a que amanezca? —pregunta Carlos.

—No creo que nadie nos vaya a abrir antes —responde Osvaldo.

—Tenía mucho que no hacíamos una piyamada —dice Fabián mientras se recuesta en el suelo—. No se queden callados, hablen o si no ya me duermo.

—¿Ya fueron al cine? Está esta película… no me acuerdo cómo se llama, pero se trata sobre unos robots que los crean para pelear en una guerra en Arabia o algo así, pero la mayoría de la gente no sabe que están peleando y que enlatan los cuerpos de los muertos, así como si fueran atún.

—Qué asco.

—Pero está chida. Bueno, a mí me gustó.

—¿Y qué más pasa?

—Pues nada. Todos siguen comiendo. Hasta el final te revelan que eran personas, está bien loco.

—¿Crees que sí pase así? —pregunta Carlos, que hasta ahora se había quedado en silencio—. Ahora me da miedo que sí pude haber comido a una persona antes. Qué tal si toda la carne que se vende aquí es de humanos, por eso tienen tan enrece-encerrado el refri.

—Pues puede ser —avienta Osvaldo un pedazo de queso.

—No creo. El carnicero se ve buena onda. O al menos lo suficiente para no hacer eso.

—¿Y la cabeza?

—Pues una cosa es tener una cabeza, solo una —señala Fabián—, y otra es ya tener muchas. Quizá apenas se le botó la canica.

—Pues esas personas así le hacen, Omar, aparentan ser muy buenos y tener todo muy limpio, pero en verdad son unos cochinos.

—No me llamo Omar.

—Perdón, Fabián.

—Creo que me voy a hacer vegetariano —dice Carlos—. ¿El queso es vegetariano?

—Creo que sí, pero hay otros que no comen ni queso ni huevo.

—Al queso sí no lo dejaría —lo estira aún más—. Podría vivir de puro queso.

—Oye, Osvaldo. ¿Y sí crees que está ahi guardada la Damaris? —pregunta Fabián.

Diría que sí, que le gusta que le hagan compañía. Ya no se muerde el cabello, ya muchas cosas han cambiado. Se siente muy sola, pero no extraña a nadie. Solo espera pacientemente. No porque sabe que nos vamos a reunir, pero porque todavía hay cosas por esperar. Es mentira que hay silencio. El ruido retumba más cuando no tienes oídos. Las voces de los otros se juntan con la voz de una y repican en silencios aún no dichos. Diría que los frutos ya llenaron las canastas. Diría con una sonrisa —así como se sonríe con las entrañas— que, sin embargo, le gusta sentirse más ligera.

Pero la cabeza no está.

 

 

David Espino Lozada, “Jefe de edición y director de coordinadores” de Cardenal Revista Literaria.

 

 

 

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