Reseña: Nada como un corazón para la cena

Artículos
diciembre 4, 2020

 

Cuando la poesía es la verdad pura nos sirve un corazón para la cena.

 

Por Jeanne Karen (San Luis Potosí, México, 1975)

 

Violeta C. Rangel, nos lleva en Nada como un corazón para la cena, (antología publicada por la Editorial Ultramarina en España), a un extraño viaje a través del océano y del tiempo, a una década de los noventas que nosotros no vislumbramos, allá en España, pareciera otro momento, otro universo, escribo desde el centro de México. Si recorremos el sórdido ambiente de las calles que camina Violeta con sus poemas, miramos a través del cuerpo y lo que encontramos es un lugar, se vive, se conoce, se anda, el cuerpo es todos los cuerpos. Hallar los mismos gestos en un rostro, el mismo dolor que una y otra vez transita por las palabras, ciudades, parques y senderos y sobretodo la misma angustia que gotea con los días. Leer a Violeta es adentrarse en la época en que una mujer que trabajaba bajo las cicatrices frescas de la noche, era algo parecido a una vampira, se le deseaba pero también se le temía, una trabajadora sexual, era un ser marginal, Violeta defiende su existencia a punta de versos, una palabra y otra, pegándonos con el puño de la realidad en nuestras caras, que todavía después de los golpes permanecen incrédulas frente a tanta maldad y tanta belleza.

El lenguaje del libro, es de verdad llano, pero plagado de emoción, cada verso nos saca de nuestra dormidera, su discurso es atrayente, deseas seguir leyendo con velocidad, pero también saborear cada palabra, quedarte entre la tensión que generan las ideas y las imágenes que deambulan a través de la obra.

 

“No, no es esta una poesía,

sino la mala vida, ¡joder!

esa costumbre de no llegar

hasta el final de nada”

 

El poema Poética, es como la luz en una gran marquesina que anuncia todo lo bella, caótica, convulsa, extravagante, delirante, que fue la década en que se escribió. En ese tiempo vivimos despacio, tal vez fue el último instante en que todo iba lento, la lluvia al caer, los programas de televisión y sus capítulos y capítulos donde parecía que nada sucedía, pero que vistos a la distancia, con nostalgia nos han dejado ver, nos han hecho caer en cuenta que después de que explotó la Era Digital, la vida cambió tanto, como para tener que llegar al final en un cerrar de ojos. Nunca volvimos a ser los mismos.

Al leer a Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva; 1960), el genial poeta detrás del seudónimo de Violeta Rangel, nos recuerda algo que perdimos, algo que quizás en realidad no vivimos. Leer en un texto escrito con tanta precisión, como la de un relojero o un cirujano, nos deja poco margen para la imaginación sin embargo nos da una perspectiva en picada de lo que fuimos, de las terribles costumbres que hemos dejado atrás, por lo menos en apariencia, por lo menos en el discurso, pero si la violencia aflora con ese rostro descarado y salvaje de nuevo, ahí estarán siempre antologías como Nada como un corazón para la cena, para recordarnos que el horror y la belleza a veces caminan agarrados de la mano y que como lectores de poesía estamos obligados a no cerrar los ojos a pesar de desconocer qué se nos acerca.

 

 

 

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