La Dalia Negra y otros poemas criminales de la poeta argentina Melisa Mauriño

Literatura
mayo 1, 2020

 

Por Melisa Mauriño 

 

Elizabeth Short

Nací en Massachusetts
un verano,
fui la tercera de cinco
hijas mujeres.

La Gran Depresión del 29’

arruinó a papá,
le dio el empujón para irse.
Nos abandonó: un año después
dejó su auto junto a un puente
y saltó. La policía dijo:
probable suicidio.

Su cuerpo no estaba, simplemente
se esfumó en el aire como el humo
residual de un cigarro
apagado en la acera debajo del pie.

Un cigarro apagado
debajo del padre.

¿Lloré a papá? No lo sé, apenas
tenía cinco años cuando nos dejó
su muerte silenciosa
como un obsequio, una broma
extraña.

Papá volvió
de la muerte muchos años
más tarde. Mamá no quiso
volver a verlo. Yo sí.

Uno no entierra a sus muertos
dos veces. Salí a buscarlo,
a buscar mi luz en California.
Quería brillar pero papá,
¿dónde estuviste
toda mi vida? Fue breve
nuestra vida juntos. Me fui.

¿Lloraste por mí?
Estabas tan cerca,
no viniste al funeral
de tu pequeña Betty.
¿Quién podrá reconocer
mi cuerpo, sino tú
que me has hecho
con tus manos, con tu sexo?

¿Qué me has hecho?

He caminado tanto
las calles, cariño he buscado
el favor de los hombres,
esos desconocidos
que me miran y me ofrecen
su brazo, dinero.

He pasado días sin comer,
me lastiman
los tobillos, hay un gajo
de la pierna faltante.

¿Recuerdas las dalias
que abrochaba a mis cabellos
con hebillas de ébano?

¿No te parecía hermosa
entonces?

¿Qué hubiera pasado
si el avión no caía contigo
conmigo después de todo,
si nos hubiéramos casado una tarde
bajo un arco de glicinas?

¿Cómo puede doler tanto,
por qué
no se termina? Sus ojos
pesan sobre mí.

Recordarán el espanto
de mi sonrisa corrida, el tormento
en mi rostro pero no es mía,
no es obra de Dios esa mueca
terrible, arrancada a la fuerza
de mí, no es mía: es la sonrisa
de mi asesino.

Aún se ríe
en mi cara, no me dejen
arrojada al olvido, los archivos
se mueren y yo vuelvo a morir
con ellos cada vez. ¿Han visto
mi cuerpo? ¿Me han visto
acaso a mí?

Mi nombre
es Elizabeth Short.

 

***

Los rumores de la muerte

Los periodistas llamaron a mamá.
Dijeron que su hija
había ganado un certamen
de belleza.
Mamá fue feliz.

El sueño de Betty
de ser una gran estrella
se hace realidad;
si Betty es feliz
mamá también lo es.

Hicieron que ella hablara,
que lo dijera todo
sobre su hija
la más bella a los ojos
de mamá
brillaron al contar
cómo era su pequeña Betty.

Los periodistas tomaron nota
de la valiosa información
en sus libretas y al terminar,
sólo entonces
dijeron: señora Short
su hija está muerta,
brutalmente asesinada.

Pobre mamá, subió al avión,
ya no volvimos a vernos,
sólo quedaron las fotos
las fotos de Betty Short
y después de esa mañana,
después del baldío de Leimert Park
las fotos

de La Dalia negra

marcada por la sonrisa
de su asesino.

¡Quítenme esa sonrisa!
que no es mía, ¿dónde está
mi verdadera sonrisa? Él
la tiene
la guardó como un trofeo
de caza.

¿Recuerdas los inviernos
en Florida? Tan pronto aprendí
a estar sola, a recibir
ayuda, y tenía que confiar
en que podría lograrlo

ganaba tan poco,
tenía que vestirme y lucir hermosa
para mi gran descubrimiento
podría suceder en cualquier parte,
a la vuelta de la esquina
¿quién sería
mi gran descubridor?

Algunas veces no tenía
qué comer, dónde dormir
pero sería hermosa por si acaso
me golpeara la suerte,

me golpeara.

¿Recuerdas los inviernos en Florida
mamá? El asma ha vuelto y el frío
de las calles de Boston
aún permanece en mi memoria
como una infancia insostenible
donde no puedo volver
una vez aquí.

Los reporteros dicen, escriben
los rumores de la muerte:

Él la cortó con la precisión
de un cirujano;
diseccionada viva, esa chica
usaba faldas muy ceñidas
y blusas escotadas;
fue detenida en el 43’
por beber y era una menor,
los policías tomaron sus huellas
dactilares. Esa chica
frecuentaba clubes nocturnos,
salía con hombres y sabía
que era hermosa, provocativa
¡no!: provocadora.

Gracias a sus huellas pudieron
reconocer su cuerpo
irreconocible. Esa chica

llevaba dalias

en su pelo negro y también
vestía de negro: una aspirante a actriz
digna del film-noir como esa película
de moda La dalia azul pero ella

es La Dalia Negra

mi nombre es Elizabeth,
Elizabeth Short, Beth, Betty…

mamá, tengo frío

¿Recuerdas los inviernos
en Florida?

 

***

I know the bottom, she says. I know it with my great tap root;

It is what you fear.

I do not fear it: I have been there.[1]

 

Sylvia Plath

Bella en el Olmo de las Brujas

A una mujer desconocida cuyos restos se hallaron en el hueco de un árbol

Bella, Luebella

me llama el bosque con su voz
de viento añejo, rompe
y deja caer la madera pútrida
que la tierra caliente toma e incorpora
junto a todo lo que habita sus confines
sin tiempo
cuando arde febril la música
de relámpagos aciagos.

Soy la médula en la osamenta
del gran Olmo del monte,
su negra noche carbónica
que brota enraizada en la sombra
escondida que late
en la espesura de Hagley Wood.

Oigo las voces de los niños
cazadores marginales de un mundo
en guerra; buscan pájaros
que derribar del cielo que se quema
hasta volverse ceniza sobre todos nosotros;
buscan víctimas
que los salven de ser víctimas.

Las manos del niño se posan
sobre mi rara calavera como el pájaro
en su nido saqueado por el hambre
animal del monte.

Él ha visto mi rostro extraterreno
brillar en el agujero que conduce
al misterio de la serpiente ciega
que muerde su cola creyéndose enemiga
de sí misma y se sobresalta
con el roce de su vientre contra el mundo.

Soy el alma del Olmo de las Brujas,
mi cuerpo tibio todavía
se enfrió de muerte dentro del árbol
que me abriga y oficia de ataúd
y piedra sin nombre ni señas
que me recuerden.

He dormido en el Olmo
para ser su alimento sensible,
se ha nutrido
de mi carne hasta dejar
pelados mis huesos
en su oscuro vientre, desvelados
al otro lado del hueco
por donde fui empujada brutalmente
como dentro de un nido
de cuervos.

Los niños ven sus pelos, una maraña
de alambres negros, ramas desnudas
que amenazan con quebrar
la tarde hasta desangrarla lento
y sembrar de oscuridad
sus corazones.

¿Por qué corren los niños,
por qué callan el tormento
que mis blancos huesos revelan
dentro de este pozo?

He perdido mi nombre, mi rostro
desconocido para siempre;
mi mano cortada fue enterrada a un lado
de esta casa que me guarece
de las lluvias, de los soles, las lunas
pero no de los hombres
y sus armas, ya no.

Esta luz pálida del disco lunar
alumbra Wychbury Hill
esta noche
un oficial vigila junto al Olmo
para separar mi esqueleto que reverdece
en su interior del colmillar
que ha desgarrado mi carne, mi vestido
dejando intacta la sortija de oro y un zapato
con suela de crepé.

Muerta por asfixia
mi lengua ha probado
el bocado de tafeta que detuvo el aire,
que secó mis pulmones
como un suspiro
interrumpido por un golpe.

La mano de la gloria,
mi espíritu maldito encerrado en el tronco
hueco de un árbol
hechizado por su propio misterio.

No tengo miedo
a mi muerte
porque he estado ahí.

Tantas almas desaparecidas
durante esta guerra, tantas voces
estranguladas en la noche y sin embargo
el cántico embrujado del bosque resuena
como un aquelarre que se inclina
para adorar a su dios:

Ulmus glabra

dicen las brujas del bosque, susurran
como si fueran espadas que cortan
la noche, un filo extravagante
atravesando el aire, preguntando
a pesar de todo, de todos esos muertos
que nadie ha reconocido
como propios; preguntando en la canción
herida del viento:

“¿Quién puso a Bella
en el Olmo de las Brujas
de Hagley Wood?”[2]

 

…………………………………………………………..

«La Dalia Negra y otros poemas criminales» es el segundo poemario publicado de Melisa Mauriño que rinde homenaje a seis mujeres asesinadas en distintas épocas, rescatando las voces de Elizabeth Short (inmortalizada por la prensa como «Black Dahlia» luego de su brutal asesinato), Starr Faithfull, la desconocida Bella (in the Whych Elm), Cindy James, Sophie Lancaster y Gladys Ricart.

 

MELISA MAURIÑO (Buenos Aires, 1985). Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía y narrativa. Publicó los poemarios «La piel de la oruga» (Viajero Insomne, 2016), «La Dalia Negra y otros poemas criminales» (Al Filo Ediciones, 2019); «The Joke [la broma] a tribute to Joker» (mardelobos, 2020) y su primera novela «Nínfula» (mardelobos, 2019) -libro I de La Trilogía de lo perdido- de manera independiente y autogestiva.

Sitio web: https://licmelisamaurino.wixsite.com/expresionismolirico

Facebook: https://www.facebook.com/melmaurino/

Instagram: ninfula.mm

[Las ilustraciones del libro son de Facundo Emmanuel Carmona (Ferenc)]

 

[1] Conozco el fondo, dice ella. Lo conozco con mi gran raíz primaria;/Es lo que temes./Yo no le temo: Ya he estado ahí.

[2] Misteriosos graffitis que aparecieron en 1944 en las paredes de un pueblo cercano a Hagley Woods casi dos años después de que el esqueleto jamás identificado fuera encontrado en el hueco del Olmo.

 

 

 

1 thought on “La Dalia Negra y otros poemas criminales de la poeta argentina Melisa Mauriño”

  1. Manuel Díaz García dice:

    Me ha encantado. Enhorabuena a Melisa.

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