La librería de viejo

Literatura
junio 6, 2019

 

Por Ana Laura Coronado Chiw

Me crecieron dos labios en la espalda,

así cayeron mis alas de ángel.

 

Murió don Goyo. Su mancha de sangre bajo la puerta aún se puede ver desde esta acera. ¿Quién irá a hacerse cargo de la vieja librería? En la mañana vinieron dos oficiales a retirar las bandas de restricción. Uno que otro vecino ha osado preguntar qué fue lo que pasó. Nada. No hay respuesta. No hubo disparos, ni pista que demuestre una intrusión al local de forma violenta. Los aparadores y ventanales lucen polvosos.

Mi madre ha subido la cortina metálica sin mi ayuda. No quiere hablar más del tema. Dice que ando muy dispersa. Nuestra florería estuvo cerrada durante las averiguaciones. Papá no quiso exponernos. Don Goyo fue un excelente amigo de la familia. Yo sé que pronto vendrán a interrogarnos; sino la policía, los compradores, suyos y nuestros. Estoy nerviosa. No tardarán en encontrar el rinconcito tras la sección de Botánica y entonces sí, todo estará perdido. Yo no lo hice; pero es muy probable que incluso nos acusen a nosotros de su homicidio… o suicidio, lo que haya sido.

Mientras sorbo mi café, mamá me pasa la pequeña cesta de semillas. Yo la miro con asombro. Tomo en mis manos la canastilla. Tengo que ir, lo sé. Pero siento miedo… y deseo. De su rocío depende salvar nuestro negocio.

Cruzo la calle. Me cercioro de que ningún ojo se percate de que tengo las llaves del local de don Goyo. El rechinido del cancel exterior, junto con las campanillas que repiquetean al abrir la puerta, me provocan taquicardia. Estoy dentro, respiro. Lanzo una última mirada vigilante por el vidrio del portal. No hay moros en la costa. Con lentitud cuidadosa me muevo hasta el mostrador, dejo en él la cesta con semillas y echo un vistazo a todo el lugar. Los cuadros que decoran las paredes están cubiertos de telarañas. Las reliquias como el teléfono, la máquina de escribir, el mata-sellos y la vieja lámpara de estudio visten una fina capa de tierra y polen. Siento nostalgia al encontrarme con el gastado reposet del viejo. Veo que la mancha de humedad tras el respaldo ha hecho estragos en el muro del reloj. Su tic-tac me inspira una cierta familiaridad que me tranquiliza, acompasa mi pulso, me devuelve a mi propósito. Ah; pero no sé si estará de buen humor. Dejé pasar muchos días para venir a encontrarlo. Estoy ansiosa, debo elegir bien mi lectura estante por estante. Poesía francesa, es buena opción. El tomo dedicado a Stéphan Mallarmé cede al movimiento de mis dedos. Lo empuño, vuelvo a la cestilla de granos que dejé en el mostrador, la recojo. Cuento mis pasos hacia el rincón oculto de la sección de botánica, como lo hiciera cuando don Goyo me encargaba la librería: uno, dos, tres… veinticinco, veintiséis, veintisiete.

Observo la pieza de madera biselada en el suelo a la espera de una mínima vibración. Le doy la espalda. Sé que es mejor así, a él le agrada. Me descubro el torso, desabrocho el sostén y lo lanzo lejos. Me despojo de la falda y bajo mis bragas hasta mis tobillos. Me mantengo erguida, con las piernas abiertas. En la palma de mi mano derecha sostengo las semillas, la izquierda abre con destreza el libro y comienzo a leer una página al azar para invocarle:

    “Era el día bendito de tu primer beso.

    Mi ensueño que se complace en martirizarme

    se embriagaba sabiamente con el perfume de tristeza

    que incluso sin pena y sin disgusto deja el recoger

    de su sueño al corazón que lo ha acogido…”

            Un casi imperceptible temblor bajo mis pies, me revela que el rito está funcionando. Miro con cautela, alcanzo a ver cómo se levanta la loseta de pino. Me estremezco. De la abertura en el piso, su tallo empieza a brotar envuelto en un vapor luminoso. Se mueve y crece poco a poco, extiende sus hojas con gracia. Siento mi sangre agolparse en mi pubis y pezones. Continúo recitando:

“…Vagaba pues con la mirada fija en el viejo enlosado

Cuando con el sol en los cabellos, en la calle,

y en la tarde tú te me apareciste sonriente

y yo creí ver al hada del brillante sombrero…”

La nube que lo cubre se desliza a la altura de mi nuca, siento su vaho en la piel. Miro por encima de mi hombro para espiar la evolución de la planta. Veo que del capullo más grande se aflojan los apretados pétalos para dar paso a aquel plumaje que lo caracteriza, continuidad de la flor que toma la forma incipiente de unas alas. Ya no me atrevo a mirar más; pero sé que el ángel vegetal completará su figura, ha ocurrido en otras ocasiones. Cobra la silueta de un gigante. Prosigo, leo con mi voz turbada de excitación:

“…Que otrora aparecía en mis sueños de niño mimado

Dejando siempre de sus manos mal cerradas

Cien blancos ramilletes de estrellas perfumadas.”

Y ahí está, me toca. Un beso frío y verde desliza dos labios de clorofila en la espalda, siento resbalar esa frescura de una hoja-lengua hasta mi zona lumbar. El recuerdo de don Goyo, frente a mi cuerpo desnudo, se presenta casi tangible como el día en que nos descubrió. Las lágrimas inundan mis pupilas de vergüenza; pero él extiende ahora su liana deliciosa entre mis piernas y soy bendita. Sacude fuertemente sus alas, las plumas vuelan por todos lados. Su tallo me penetra, levanta mi peso desde dentro de mi vulva y me eleva así hasta tocar el techo. Un torbellino de polen me envuelve en su aureola recorriendo mi cuerpo con millones de cosquillas electrizantes, enloquezco hasta estallar la lívida liquidez de mis orgasmos. Entonces me suelta, se esfuma, no sin antes esparcir su rocío por todos lados. Somos benditos, los libros, las semillas, mi alma y cuerpo.

Dio resultado, gracias a Mallarmé y su poema Aparición, enormes rosas como traídas de invernadero adornarán nuestros exhibidores. Muchos clientes serán atraídos a nuestra florería; pero también a los libros, el magnetismo esparcido por sus gotas en los estantes siempre resulta irresistible. ¿Ahora quién se hará cargo de la librería de viejo? La muerte de don Goyo seguirá siendo un misterio… espero. No puedo dejar de sentirme un poco culpable. Regreso a mi local y veo que ante nuestro negocio se estaciona una patrulla de la que descienden dos policías, abordan a mi madre preguntando por mí.

 

 

 

 

1 thought on “La librería de viejo”

  1. Ignacia dice:

    He leído con gran interés su artículo sobre La librería
    de viejo – Mood Magazine y puedo decir que es uno de los
    mejores artículos que he leído. Es por eso que quiero compartir un sitio web que me
    ha ayudado mucho a perder peso, y ahora estoy feliz de
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