La luz de Bécquer en un poema de Jorge Guillén

Literatura
octubre 7, 2019

 

 

Por Kevin Aréchiga del Río
Jefe de redacción de Cardenal Revista Literaria

 

 

…si tú supieras cuán

imperceptible es el hilo de luz que ata entre sí los

pensamientos más absurdos que nadan en su caos…

Bécquer, Cartas literarias a una mujer. O, III, 86.

¡Es tan hermosa la luz clara y blanca del día!

Bécquer, El monte de las ánimas. O, II, 74.

 

El poemario Cántico, escrito por Jorge Guillén durante un periodo de 30 años y publicado en cuatro ediciones distintas, es una digna muestra de la poesía de la generación del 27; por lo tanto, este poemario no escapa a algunas regularidades, que encuentra y expone Dámaso Alonso -en su ensayo llamado “Una generación poética”[1]– entre quienes conformaron este grupo. Según Alonso, los integrantes de la generación del 27 no estaban motivados por ninguna catástrofe nacional como la guerra; no tenían ningún tipo de vínculo político ni militaban activamente con algún partido y tampoco buscaban romper, en su mayoría, con la tradición de la literatura universal. Al contrario, los poemas -al menos en un primer momento- creados por estos artistas tienen en común su poco compromiso social y -en movimiento opuesto al de la vanguardia internacional- tienen en gran estima a su tradición literaria. En este sentido es que intentaremos hacer una exégesis del poema “El prólogo”[2], bajo la luz de la influencia de uno de los poetas más importantes de la lírica española: Gustavo Adolfo Bécquer.

Jorge Guillén no es el único influido fuertemente por la poesía becqueriana, pues en general a los poetas de esta generación “les atraen su hondo misterio poético así como su fondo humano con preocupaciones existenciales”.[3] De esta manera, podemos afirmar que en el poema elegido dichas preocupaciones existenciales se traducen a la problemática relación entre lenguaje y la poesía, dejando en un segundo plano el mundo material y tangible. Una lectura fenomenológica del texto nos indica que el tema de “El prólogo”, al igual que de la primera parte de las Rimas de Bécquer, tiene tintes metaliterarios, pues versa acerca de la conciencia que tiene el artista de estar haciendo arte, de ese proceso y de su importancia.

Otra influencia becqueriana que debe ser considerada para lograr una interpretación consistente de este poema es el tratamiento de la luz. En un ensayo sobre Bécquer, Guillén “pone énfasis repetidamente sobre la luz: una luz que permite ver las cosas, pero, lo que es más importante, también las ilumina por dentro; una luz que revela un mundo trascendental”.[4] De esta manera, es la luz del día la que le permite al poeta observar las cosas que lo rodean: “Otra vez el día / Trajinante debe / Pasar por el puente / Previo de la prisa” (vv. 1-4). Sin embargo, y a pesar de que la luz hace visible las maravillas del mundo, el yo lírico está como intranquilo, esperando a que el día, una vez más, pase por un puente, transcurra, deje de trajinar y llegue a su fin.

En la segunda estrofa el poeta se muestra más sereno, lo que no evita que haga una loa a la existencia a partir de la contraposición de unos riscos con lo más bello de la vida: “[…] Que entre tantos riscos / -¡Oh recta feliz!- / Conduce hasta el quid / Del propio equilibrio” (vv. 5-8)”. A pesar del puente aún no atravesado y la imagen de las rocas, la actitud del poeta deja atrás la ansiedad para volcarse optimistamente sobre el mundo. Jorge Guillén pensaba que “ese mundo de ideas ligerísimas no puede llamarse caos. Un ‘hilo de luz’ le atraviesa, ilumina y sostiene” y agrega: “con gustosa reiteración recurre Bécquer a esta metáfora”[5]. Es entonces ese día, que va “de un lado a otro con cualquier ocupación o actividad”[6] el que lleva a la esencia de las cosas, a su culminación o punto más importante.

Las preguntas más obvias que surgen al leer las primeras dos estrofas son ¿a qué se refiere el yo lírico cuando anhela llegar donde lo conduce el día? ¿Qué son el quid y el equilibrio? La primer pista que tenemos está dada en la tercer estrofa y el inicio de la cuarta. Al lado de las estrofas 3 y 4 se reproduce, por ser este pasaje de los menos accesibles en el poema, otro poema que también trata temas metaliterarios. El poema titulado “Vida extrema”[7], que tiene un tema similar, funcionará como comparación para dilucidar algunos términos, con base en las convergencias entre ambos textos.

 

¡Ay cuántos rodeos                                             Palmaria así, la hora se serena
Rizan la artimaña                                    Sin negar su ilusión o su amargura.
Que todo lo salva!                                               Ya no corre la sangre por la vena,
Pero mi secreto,                                      Pero el pulso compás se transfigura.

Mi secreto inhábil                                               Ritmo de aliento, ritmo de vocablo,
Entre los relojes                                           Tan hondo es el poder que asciende y canta.
Calla tan inmóvil                                            Porque de veras soy, de veras hablo:
Que apenas si late                                               El aire se armoniza en mi garganta

(vv. 9-13)                                                               (vv. 81-88)

 

La sensación de estar dando vueltas y rodeos con el día se repite, pero el optimismo mostrado por el poeta se sostiene y deja atrás sus angustias, porque tiene un secreto, una artimaña incansable, salvadora. Pareciera que en “Vida extrema” también se está hablando de este secreto, pues, aunque no es mencionado en forma explícita, se repite el motivo del pulso que late muy suavemente:“Ya no corre la sangre por la vena” (v. 83) o el fin del día cuando “[…] la hora se serena” (v. 81). Este secreto, aún no develado, es entonces el consuelo para lo trajinante del día, los riscos y los rodeos que pasan cerca de su artimaña, pero que no la alcanzan.

El clímax del poema está en sus últimos cuatro versos, cuando por fin el poeta logra desembarazarse de sus preocupaciones por completo. “No importa. ¡Perezcan / Los días en prólogo! / Buen prólogo: todo, / Todo hacia el poema”     (vv. 17-20). El poema deja de lado al día trajinante y al secreto del poeta, ya nada de eso es importante. El elemento central de la última estrofa es la metaforización de los días como buenos prólogos. Si consideramos que los prólogos funcionan como “texto preliminar de un libro, […] que sirve de introducción a su lectura”, los días son para el poeta “aquello que sirve como exordio o principio para ejecutar una cosa”.[8] En este caso, se trata de sus creaciones poéticas. Los días no son para el poeta un castigo o algo indeseado sino todo lo contrario, pues resultan necesarios e imprescindibles. Fiel a su costumbre, Guillén no desdeña nada de esos días que dan rodeos ni de esos puentes todavía no cruzados, pues para el poeta cada elemento de su vida cotidiana le sirve. Los días son funcionales para la construcción de poemas.

La influencia de Bécquer, entonces, queda clara. La luz como elemento central importado de la poesía becqueriana funciona en Jorge Guillén de manera similar, pues ésta es la que le permite al poeta mirar el mundo que habita. Asimismo, y de manera análoga a la primera parte de Rimas, Jorge Guillén trata en este poema asuntos metaliterarios, pues habla del proceso que debe ocurrir para que sea posible escribir poesía: el transcurrir de la vida. “El prólogo” es un ejemplo de lo que la crítica como Gil de Biedma y Debicki han creído encontrar en todo el poemario, un yo lírico que funciona como “el narrador de las experiencias y pensamientos que devienen finalmente en poesía”[9]. La comprensión de este poema le permitirá al lector entender la poética guilleniana, lo que a su vez facilitará la construcción de interpretaciones cabales sobre el resto de este poemario.

 

 

Bibliografía

Alonso, Dámaso. Obras completas. Madrid: Gredos, 1975.

Bécquer, Gustavo Adolfo. Obras completas. Madrid: Cátedra, 2004.

Díaz de Castro, Francisco (ed.), Jorge Guillén. Obras en prosa. Barcelona: Tusquets, 1999.

Ciplijauskaité, Biruté. Deber de plenitud. México: SEP, 1973.

Guillén, Jorge. Cántico. Barcelona: Seix Barral, 1984.

—– “La poética de Bécquer”, Revista Hispánica Moderna, 8, No. 1/2 (ene – abr, 1942), pp. 1-42.

Muñoz Covarrubias, Juan Pablo. La poesía consciente de Jorge Guillén. México: UNAM, 2002.

Real Academia Española. Versión en línea de la última versión del diccionario de la RAE.

Torres, José Carlos (ed.). Rimas y leyendas. Madrid: Castalia, 1987.

[1] Dámaso Alonso, “Una generación poética”, Obras completas, pp. 653- 676.

[2] Jorge Guillén, “El prólogo”, Cántico, ed. de Francisco Díaz de Castro, Tusquets, Barcelona, 1999.

[3] Biruté Ciplijauskaité, Deber de plenitud, p.14.

[4] Ibid, p.38.

[5] Jorge Guillén, “La poética de Bécquer”, p. 3.

[6] Definición de “trajinar” en el Diccionario de la Real Academia Española, versión en línea.

[7] Jorge Guillén, “Vida extrema”, Cántico, 1984.

[8] Definición de “prólogo” en el Diccionario de la Real Academia Española.

[9] Juan Pablo Muñoz, La poesía consciente de Jorge Guillén, p.18.

 

 

 

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