La roca ante la corriente (primera parte)

Artículos
agosto 22, 2019

 

 

 

Si el individuo, en efecto, acepta morir, y muere en la ocasión, en el movimiento de su rebelión, muestra con ello que se sacrifica en beneficio de un bien del que estima que sobrepasa a su propio destino. Si prefiere la probabilidad de la muerte a la negación de ese derecho que defiende es porque coloca a este último por encima de sí mismo. Obra, por lo tanto, en nombre de un valor que, aun siendo todavía confuso, al menos tiene de él el sentimiento de que le es común con todos los hombres. Se ve que la afirmación envuelta en todo acto de rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de su soledad supuesta y le proporciona una razón de obrar.

ALBERT CAMUS

 

Por Abel Rubén Romero

 

Podemos apreciar el mundo y nuestro tiempo como algo decadente o no, según se mire. Quizá para la poesía nunca ha habido tiempos prósperos. Por fortuna, en la cultura popular brotan manifestaciones líricas que gozan de vitalidad entre los moradores de alguna sociocultura determinada. Sin embargo, la fortaleza o debilidad de la cultura popular, que seguirá floreciendo mientras haya humanidad –una cultura rica, local, vivaz–, no es lo que preocupa. Sobre el arte espontáneo de los pueblos y la poesía como oficio de necios obsesivos, se cierne la cultura de masas. Con su pan se la coman, dirán algunos; sin embargo, la instrumentalización de la poesía, su uso como producto más que como creación está invadiendo las grandes editoriales. En similar matiz, aunque el número de lectores incremente, no lo hace en calidad. La poesía, generalmente emparentada con la dificultad (profundidad, diría yo), pierde adeptos y, como respuesta, han surgido autores complacientes que dan a la pereza lo que solicita: textos de fácil digestión. Abajo, al margen, decenas de editores independientes realizan un gran esfuerzo por difundir la poesía no comerciable, en un franco ejercicio de resistencia contra las necesidades materiales y la escasa lectura que se vive en todos los países iberoamericanos. Los poetas, en su mayoría alejados del puñado de estímulos privados o públicos existentes, persisten en el oficio con todo lo que la precariedad implica. Autores, editores y lectores honestos y austeros resisten en  la impostura de la roca que desafía al río.

 

Con rebeldía me refiero al no que se opone al cauce. De la resistencia podemos decir que consiste en soportar el embate de la corriente a pesar del probable (o inminente) fracaso. Ese no que sabemos absurdo no ahuyenta el intento, sino que lo robustece. Creemos que la resistencia vale la pena en tanto se fundamenta en una idea defendible incluso con la vida. Al reconocer que el sistema actual no dignifica al ser humano (si aún podemos conceder como principio la idea de una humanidad digna), que la desigualdad arremete contra las mayorías, que cruzamos un tiempo en el que todo se ha sumido en la esclavitud disfrazada y la libertad efectiva de muy pocos, no es posible sino oponerse desde todas las trincheras. Sin embargo, puede reconocerse que esa oposición de poetas, editores y lectores no será sencilla y la conservación de ese rellano implicará una impostura, un desafío, un ejercicio de resistencia contra la normalidad vomitiva.

 

Lágrimas en serie: la emocionalidad de la poesía 

 

La poesía ha sido concebida como un ejercicio violento contra el habla; ya sea que, como sostuvo el formalismo ruso, hubiese una disposición especial del lenguaje que lo “enrarecía” o, como planteó Octavio Paz, se le diera al habla mayor libertad para que la lengua (la palabra) encontrase su plenitud; lo cierto es que la poesía es un más allá de los fines prácticos. Un poema no desea sólo comunicar; si así fuese, no necesitaría ser poema. De comienzo, todo poema en su detenimiento implica una postura diversa de la utilidad. Si concedemos, además, que la creación poética ha sido para la modernidad un ejercicio de rebeldes —enfoque surgido sobre todo en el siglo XIX— ya que precisa de una libertad que rebasa la moral, el poder o el derecho, ¿cómo debe ser esa manifestación en nuestros tiempos?

Para comenzar, sería preciso, contra la mordaza y el aletargamiento actual, una poesía que busque desarrollar las facultades del ser humano del modo más integral posible. Las emocionalidades estereotipadas, esgrimidas por muchos poetas contemporáneos, no cuestionan al lector, sino que lo consienten; no lo transforman, lo solapan y legitiman el sistema (político, económico, social) vigente. La lectura de un poema no debiera ser ese ejercicio inmediato, ese suceso que se manifiesta, obtiene el aplauso y desaparece. Los mejores poemas, según entiendo, son aquellos que requieren de paciencia, detenimiento, cuidado. Es preciso atender a las transparencias, mirar a contraluz las profundidades de cada verso, cuestionar al poema, al poeta y a uno mismo. La experiencia poética no radica sólo en la conmoción inmediata ni en el trance que pueden sufrir miles de personas al unísono. En ese sentido, la poesía es un acto meditativo que se realiza en soledad, en la privacidad de una habitación, una mesa de cafetería, una biblioteca. En la soledad de un espacio “sagrado”, un hombre (escritor, lector) busca, cuestiona y, acaso, responde y se encuentra.

Por otro lado, quienes pugnan por una poesía emocional, entendiendo que las emociones nos son comunes, no actúan en congruencia con los matices lingüísticos de los marginados; aunque hablemos la misma lengua y compartamos las emociones, los modos de articulación del discurso para llegar a un grupo específico son inabarcables. Para tocar las fibras humanas, en un sentido tan genérico, no basta con pretender la emocionalidad, sino que deben ponerse en marcha discursos variados. En ese sentido y en México, han logrado más algunos poetas como los infrarrealistas, Ricardo Castillo y Max Rojas, entre otros, quienes con una agenda diversa fueron comunes y profundos, emocionales, amenos e inteligentes, marginales y, en más de un sentido, incómodos. La emoción, por sí sola, no tiene caretas; sin embargo el lenguaje, se sabe, guarda peculiaridades que a veces resultan totalmente ajenas a culturas aisladas que comparten la misma lengua.

Y, no obstante, apelar a la dictadura del lector (del mercado) es tan demagógico como las poéticas de la inclusión, ya que se parte de un estado real y actual en lugar de establecer, desde la creación, un proyecto humano. A este punto puede cuestionarse, ¿es preciso entonces que la escritura y la lectura sigan siendo un ejercicio selecto? ¿Debemos marginar a las mayorías del encuentro con la poesía? No se trata de eso, sino de pugnar por un lector que tenga tiempo de soltar las amarras de la contingencia para mirar y mirarse en el poema. Es posible apelar a la emocionalidad, siempre y cuando no propongamos sólo la claridad, sino que reivindiquemos también la inteligencia y su capacidad para desentrañar sentidos. Es cierto, el receptor reconstruye el texto, mas no es el único participante de la experiencia poética y el creador asigna coordenadas para develar el misterio. El lector en resistencia se sustrae del mundo rutinario, se toma un momento para atender las cosas no en lo somero, sino en los abismos que él mismo posee. Esclavizado en la cotidianidad, es imposible meditar, reflexionar, razonar sin fines prácticos y viajar adentro. Después de todo, la poesía integra al ser humano, lo hace palparse; lo lleva a reír, a pensar, a sentir, a modificarse y también, aunque tanto tiempo se ha dudado, cuando va permeando la sociedad, la transforma. El sentipensar poético es disciplinado, improductivo y transgresor. Desde luego, el problema no está en que una obra literaria cualquiera alcance a las masas, sino en lo que dicha obra estipula como lector ideal. Muchos productores de palabras se han esmerado en fabricar artículos hipoalergénicos: discursos, emociones, temas y modos estandarizados, postrados en los anaqueles del clisé, audaces a veces, pero siempre en la búsqueda de los aspectos más inmediatos de la poesía, en la persecución la comodidad de la epidermis. Ellos recibirán el aplauso sencillo, el mismo que, aunque no en las mismas cantidades, puede recibir la estrella pop del momento. ¿Qué diferencia a esos palabristas de lo que cualquiera puede hallar encendiendo una estación de la radio comercial?

Asimismo, en sincronía con la exaltación de la emocionalidad en el poema, se destaca la escasa apertura crítica de los poetas más jóvenes. Si bien en toda Iberoamérica podemos encontrar un número de autores sin precedente, también es cierto que cada vez es más escaso que éstos ingresen en el estudio y la objeción de sus contemporáneos y predecesores. Pareciera que se cierne un tiempo de clara antintelectualidad, en el que cualquier razonamiento profundo o no, cualquier objeción o inmersión realizada, contra o en la obra, resulta un acto innecesario. Los mejores poetas mexicanos han sido críticos también. Desde Gutiérrez Nájera hasta Vicente Quirarte o David Huerta, el pensamiento en torno a la poesía se hace imprescindible para deslindar responsabilidades en torno a los crímenes y aciertos, a las valoraciones y desmitificaciones justas, a la filogenética de nuestros poetas predilectos, etc. No obstante, en más de alguna discusión que he presenciado en diversos sitios, algún libérrimo poeta se opone al debate. No hay duda de que algunos espacios críticos subsisten; sin embargo esos reductos en resistencia llegan cada vez a menos lectores. Lo preocupante no es que la crítica, como la poesía, no goce de gran recepción, sino que ni nuestros propios poetas jóvenes deseen escribirla ni leerla y la vean como la limitación de la libertad y el genio creativo. La importancia de la crítica radica en su potencialidad para acelerar la transformación poética. Si bien no podemos asegurar que su intervención “mejore” la poesía, por lo menos va despejando posturas asumidas como certezas. Gracias a la crítica, propia o ajena, un autor puede reconocer sus debilidades y esmerarse en modificar su escritura con miras hacia lo que considere una evolución necesaria. Asimismo, los nuevos autores, al implicarse en las disquisiciones críticas, pueden hallar nuevos caminos de escritura. No podemos dudar que la ruptura de los paradigmas literarios se produce a veces azarosamente, mas no por ello debe desestimarse la utilidad de la reflexión. Todo creador es libre de hacer lo que desee, mas la razón misma sirve al empresario y al político para conquistar a consumidores y votantes. Ellos no dudan en utilizar todos sus mecanismos para ponernos a su servicio; el poeta usa la razón para disentir y rebelarse. La poesía es transgresión y la mayor transgresión es aquella que usa la inteligencia para oponerse a la hegemonía.

 

 

 

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