Susana San Juan, un cuento de la escritora Lucía Izquierdo

Literatura
marzo 17, 2020

 

Por Lucía Izquierdo

Vine a este pueblo porque me dijeron que aquí había buenas putas, me lo dijo mi padre. Yo le prometí que vendría a comprobarlo en cuanto él muriera. No vine antes porque, además de decirme que eran caras, no dejaría al viejo agonizando, entonces, en su lecho de muerte, sólo apreté sus manos y mis ganas en señal de que lo haría, pues él estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «Pregunta por Susana, hijo, ella no cobra tan caro —Me recomendó— Estoy seguro de que le dará gusto conocerte.» Apenas pude afirmar que lo haría y él exhaló por última vez. Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta ahora, cuando comencé a tener estos sueños, a darle vuelo a las ilusiones y a lo que esa Susana me comenzaba a representar; así, con el tiempo, junté una lana y pude formarme un mundo alrededor de lo que era esa tal Susana San Juan, la puta de mi padre.

—¿Cómo dice usted que se llama el burdel del fondo?
—Del Páramo, señor.
—¿Está seguro de que es el Burdel del Páramo?
—Seguro, señor.
—¿Y por que se ve tan triste?
—Son los tiempos señor.

Yo esperaba una cosa alegre, llena de color, de faldas, escotes y chicas que me hicieran babear, esperaba ver eso a través de los recuerdos de mi padre, ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con los que él miró; porque me heredó sus ojos para ver a través de sus recuerdos.

—Y ¿a quién va usted a buscar en el Burdel del Páramo?
—A Susana San Juan.
—Dicen que se volvió loca, que el amor se llevó su cordura. Pero no se deje guiar por lo que digo, todavía arma buenas fiestas. Se pondrá contenta de tener carne joven de nuevo, sea usted quien sea, se alegrará de verlo. Yo también voy al Burdel del Páramo— me dijo.

Una banda de pandilleros pasó cruzando el grisáceo de la ciudad, haciendo cuar, cuar, mientras como cuervos despojaban los restos de un cadáver citadino.

Y al fin llegamos, era un lugar como la boca del infierno y Abundio, mi compañero de viaje, sólo pensaba que necesitaría una cobija.

—Es que yo soy de Comala, y aquello está sobre las brasas de la tierra… con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno, regresan por su cobija.

—¿Ha estado usted con Susana San Juan?

Me atreví a preguntarle porque pude atisbar en sus ojos un dejo de lujuria y esto me inspiró confianza, camaradería; finalmente ambos íbamos hacia el mismo lugar.

—¿Quién es? —volví a preguntar, ésta vez tomando su hombro.

El sujeto se detuvo en seco, señaló con el dedo hacia un rincón oscuro detrás de la entrada rústica del Burdel, entrada que hace unos 20 años, debió cruzar mi padre.

—Mire usted, ¿ve a esa muchacha que parece puerquita esperando?, pues detrasito della está el cuarto de Susanita, le llaman “la media luna” porque siempre está menguada por otra zorra en su puerta. Ahora voltee para allá, ¿ve a la canosita que está en la entrada del burdel? Véala, bueno, pues es la matrona Eduviges, dígale que viene de mi parte.

—¿A donde me mandaste, padre? A orillas de una ciudad destrozada, buscando a una persona loca, un recuerdo que ya no existe.

Llegué al cuarto “Media Luna”, toqué la puerta, pero en falso. Mi mano se sacudió en el aire como si el aire la hubiera abierto. Esa mujer estaba ahí, de espaldas a la puerta, mirando una pared más gris que su cabeza.

—Te he estado esperando, tu padre me avisó que vendrías y he tenido todo preparado para recibirte.

Miré alrededor y sólo había un catre, una estufa y lo que parecía ser una alacena que presumía estar vacía.

—Él siempre odió el Burdel del Páramo, a todas les gustaba estar con él, pero él sólo quería estar conmigo. Ahora todos están muertos, menos tú. Anda duerme un poco.

Y señaló un rincón en el piso. Le dije que podríamos compartir el catre, como seguramente lo haría con otros invitados, pero sólo dijo. –El sueño es la mejor cama, duerme un poco y ya platicaremos mañana-.

Yo creí que aquella mujer estaba loca, luego ya no creí nada, me sentí en un mundo lejano, ausente de lo que vivía; sólo podía escuchar a mi padre repetirme “Busca a Susana hijo, ella no cobra tan caro” y se desvanecía su recuerdo entre las sombras de mi mente que llegaban con el sueño.

Al despertar había un vaso con leche y un par de huevos revueltos junto a mí, no había rastro de Susana y el cuarto estaba impecable, como si durante la noche hubieran realizado una limpieza profunda. Comí, me atraganté con los huevos revueltos y la leche.

—Así comen los muertos que resucitan.
—Disculpe señora, no sabía que había regresado.

Susana comenzaba a inspirarme respeto, sonreí y le entregué los trastes como quien entrega su virginidad. Le pregunté cómo le había avisado mi padre que venía? –La intuición, pude sentir a tu padre… aunque también ayudó una llamada a Doña Eduviges— Debí suponer que mi padre haría algo así, carajo, hasta en su lecho de muerte pensando en los placeres de su hijo- Tenía que hacer algo con eso, así que hablé claro, le dije a Susanita las promesas que hice a mi padre.

—El día que te fuiste sabía que no te volvería a ver, ibas aún teñido de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías. Dejabas atrás un burdel del que a menudo me dijiste “Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, me voy, pero no me voy solo, de algún modo te llevo conmigo.” Y diste media vuelta, me dejaste vacía porque sabía que no te volvería a ver. Pensé: no regresará jamás, no volverá nunca.

—Perdón Susana, ¿dijo algo? — mi mente se había ido hacia la selección y el partido que, siendo domingo, me perdería, pero el deber me hacía desear estar con aquella mujer para saber lo que era ella para mi padre. No pude más, tenía que salir a hablar de una buena vez con Doña Eduviges para hacer válido el descuento del que Abundio me había hablado.

—Buenas,
—Pase usted— y entré. Aquello se veía tan roído como las desilusiones que guardaba del lugar, parecía como si el burdel se hubiera dejado caer desde hacía mucho tiempo; sucio, con mujeres que más que ganas daban lástima y una Doña Eduviges que parecía muchas cosas, pero no matrona.
—¿En que puedo servirle?
—Vine a ver a Susana San Juan, Abundio me recomendó pasar con usted.- Ella afirmó mientras se dirigía hacia un mostrador, me miraba como si quisiera reconocerme.
—¿De donde viene nuestro invitado?
—De Luvina.
—Sabe, me recuerda a alguien que era un cliente frecuente hace algunos años, él también visitaba a Susana, pero a veces se quedaba conmigo.
—Me mandó mi padre, dijo que las buscara, que hacían buenos servicios.
—¿Cuál es el nombre de su padre?
—Pedro Zamora.
-El hijo de Pedro Zamora debió haber sido mío…
—¿Perdón?
—Conozco a su padre, llamó hace unos días para decir que usted venía.

Las ilusiones de mi padre y sus recuerdos distaban mucho de lo que yo había venido a encontrar. Volví con Susana con la intención de cogerme a la puta de mi padre, de sentir lo que pudo haber sentido él hace tantos años atrás, cuando venía de continuo.

Me dirigí a Susana de manera agresiva, comencé a besarla pero ella parecía no reaccionar, simplemente me observaba con ojos tristones mientras, con las manos, se cubría sus partes pudendas. —Estoy seca como un desierto, yo no puedo darte lo que quieres, hace mucho que no puedo darte lo que necesitas— y con eso me dejó estupefacto, nos quedamos sentados en la cama un rato hasta que se hizo de noche, el silencio parecía querer decir algo y yo estaba en posición de negarme a escucharlo, hasta que al fin pregunté.

—¿Qué clase de burdel es éste? ¿Qué es lo que no me dicen Susana?
—Te lo diré en su momento.
—iYa es su momento!
—Uno nuca puede asegurar que el momento es propicio, sólo puede esperar que, cuando las cosas lleguen, uno esté preparado para escuchar lo que necesita, le guste o no. Ahora pensemos que es el momento de que lo sepas; si tu padre te mandó aquí no es para que te cogieras a sus putas, tu padre te mandó a conocer a tu madre, pero ella hace mucho que ha muerto, la mató la soledad, la tristeza, la angustia de saber que ustedes no volverían; a ella la mató el burdel del Páramo.

El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida. No podía creerlo, es verdad que no conoció a su madre, su padre decía que ella estaba muerta, que no hiciera preguntas maricas, pero venir a encontrarla acabada, triste y más muerta que la tierra, le parecía desastroso.

Se apoyó en los brazos de su madre e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro, pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Juan Zamora Preciado despertó de su sueño profundo, descubrió que seguía acostado junto a la cama de su padre, él aún no moría y el libro de Pedro Páramo seguía en su regazo; el sueño lo había vencido mientras tomaba su mano.

—¿Qué haces ahí sentado? Leyendo a Rulfo no vas a llegar muy lejos.
— No es que quiera ir muy lejos papá. Por lo pronto quiero quedarme cerca de usted.
— Pues anda, ve a Comala a darte una vuelta para estirar las piernas. Oye hijo ¿Te conté alguna vez de tu madre?
—No, pero no es el momento.
-Sólo tenía la duda.

 

 

 

2 thoughts on “Susana San Juan, un cuento de la escritora Lucía Izquierdo”

  1. Nordia dice:

    Felicidades Lucila, veo lograste cumplir tus sueños, aquellos que alguna vez escuche mientras te atendias en el consultorio dental de calle Rosales.

  2. Mariana H. dice:

    ¡¡Simplemente excelente !! Una gran historia que te atrapa de principio a fin. ¡Felicidades Lucía!

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