Amor. Desde mis inquietudes de filósofa un ensayo de Marisabel Macías Guerrero

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agosto 17, 2020

Amor. Desde mis inquietudes de filósofa

 

Por Marisabel Macías Guerrero

 

¿Cómo aprendemos sobre el amor? ¿Cuándo escuchamos esa palabra por vez primera, cuándo descubrimos o conocemos su significado?

El concepto “amor”, la forma de vivirlo y describirlo, ha variado a lo largo de la historia, así como a lo largo de la propia vida de cada una. El tiempo, la cultura, las costumbres, los cuentos, las personas, han matizado y moldeado este término según época o contexto.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché la palabra “amor”, cuándo me pregunté por su significado y aplicación. Sin embargo, ahora a mis 33 años, puedo señalar muchos momentos amorosos en mi infancia, con mi familia, con mis amigas. Quizás entonces no lo sabía, no lo nombraba, pero de alguna manera mi corazón de niña se inflamaba. ¿Mi corazón? ¿Es ahí donde realmente sentimos el amor?

¿Qué es el amor? ¿Cómo nos acercamos a ese concepto y lo ponemos en práctica?

A partir de qué momento dejó de importarme el amor en su amplio sentido, y me avoqué a él sólo para hablar de lo que siento por otra persona en términos eróticos-carnales, y en lo que quiero que sientan por mí. No recuerdo el momento preciso, pero ahora puedo identificar que de muchas maneras fui aleccionada para posicionar al “amor” en el centro de mi realización adulta.

Me recuerdo enamorada, o al menos deseante de ser deseada. Aun sin conocer a precisión los límites y alcances de este concepto, me declaré en amor por un muchacho, desde edad temprana. Aun sin saber lo que pensadores y pensadoras habían disertado sobre ello a lo largo de la historia, de la Filosofía, también descubrí que la palabra y la acción que conllevan “amor” no tienen en absoluto el mismo sentido para uno y otro sexo.

¿Han sentido eso? Las injusticias dentro de la práctica amorosa.

¿Cuándo se dijeron enamoradas(os) por vez primera? ¿Cuándo se respondieron que eso que sentían y pensaban era amor? ¿Quién les enseñó y posó sobre sus labios esa palabra?

¿Cuál fue su primer amor? ¿sufrieron por amor?

¿Ustedes también lloraron alguna vez en nombre del “amor”?

¿Qué tantas locuras se han cometido en las escuelas, las calles, los bares, las playas, las casas, en nombre de ese tan mencionado y –quizá- desconocido amor?

Cuando empecé a estudiar filosofía, algo me dijeron sobre el amor. Me hablaron sobre “eros” y “ágape”, principales núcleos semánticos cuando la enseñanza se nutre del pensamiento clásico grecolatino. Me dijeron que los griegos discutían sobre el amor en torno al erotismo, sí, que los afectos del alma partían del impulso hacia los cuerpos bellos y se aproximaban al ámbito de lo divino. Los griegos, de ellas, las griegas, no recuerdo que me hayan contado algo, ni sobre el amor, ni sobre otro “profundo” tema.

En la universidad, también me hablaron de Platón, me invitaron a un Banquete, donde Eros estuvo siempre presente. Ahí leí la historia que contó Aristófanes, me mostró a los seres andróginos que fueron cortados por Zeus, y que luego, todos estos, buscaron incesantemente a la mitad que les corresponde. Y dijo Aristófanes: “es el amor de los unos a los otros innato en los hombre y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana… y por eso cada uno busca su propio símbolo, su otra mitad; y una vez que se encuentra quedan entonces impresionados por afecto, afinidad y amor, sin querer separase unos de otros por un momento …” Plenitud y carencia en cada encuentro.

¡Ay, Aristófanes, Sócrates o Platón, cómo me duelen, caray! Recuerdo que conocí ese mito y “comprendí” mi insatisfacción constante, mi búsqueda implacable.

¡Quería y creía en la otra mitad!

No se dejen engañar, queridas lectoras. A lo largo de la historia conocí tantas reiteraciones y reinvenciones del amor como “necesidad”, como formas de buscar. Hasta que encontré al feminismo, pero eso lo dejamos al final.

Luego, en ese mismo Banquete, apareció Sócrates, hablando de lo que le contó Diótima (¡por fin una imagen femenina!, pensé), y dijo “La sabiduría, en efecto, es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de modo que Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser amante de la sabiduría está, por tanto, en medio del sabio y del ignorante. Y la causa de esto es también su nacimiento, ya que es hijo de un padre sabio y rico en recursos, y de una madre no tan sabia e indigente.” Eso me gustó más.

“Amor de la generación y procreación de lo bello” Entonces, para Sócrates-Platón el amor es la motivación o impulso que nos lleva a intentar conocer y contemplar la belleza en sí, aquello que nos orienta a lo trascendente de la belleza. ¿Suena bien, cierto? Lo bello más allá del cuerpo, dirigido a lo “ideal”, no como imposible, sino como ideas eternas, intangibles y perfectas.

¿Sigue pareciendo inalcanzable? ¿Acaso esto pudo propiciar en mí que me comprara discursos “ideales” de hombres que presumen de intelectuales?

Entre los conceptos filosóficos y las novelas consagradas, yo quise ser la Lolita de varios hombres que pintaron el amor como aquello trascendente y, de cierto modo, casi presente públicamente sólo de “formas ideales”.

Por otro lado, también conocí la noción de ágape que, si bien algunos contemporáneos a Platón lo entendieron como amor a la verdad o a la humanidad, también me dijeron que se refiere más bien al ámbito de la gracia divina, la idea cristiana. Y que su modelo es la plenitud y perfección del amor de Dios hacia los hombres, amor inmerecido que se otorga sin condiciones a quien incluso lo desprecia, a quien no lo merece. Ágape denota sacrificio por la otra persona… ¿a qué me suena? ¿Cómo se nos pide amar a las mujeres? ¿Cómo se espera que amemos? ¿Cómo esperamos que nos amen?

¡Cuánta mezcla conceptual en nuestra forma de amar, muchas veces ni siquiera reconocida!

Entonces vemos que, en estos pasitos en la Historia, el nuevo símbolo del amor ya no es la búsqueda de la sabiduría o la inmortalidad, sino el matrimonio de Cristo y la iglesia. Un amor concebido a imagen del amor de Cristo por su iglesia, porque el creyente, al amar a Dios y a su prójimo elige la salvación y la sumisión. Y tenemos grandes exponentes de este concepto en relación con Dios, por ejemplo, San Agustín. Quien habla de amor en el sentido de “appetitus”, ese anhelo respecto al creador. Una especie de resistencia a la orfandad ontológica. Luego, el amor como desnudez ante Dios: la existencia humana de cara a Dios; la búsqueda de éste. Y, un tercer sentido, y es aquí donde Arendt dijo que radica el problema, el sentido del amor al prójimo, el conflicto de “cómo es posible que tenga algún interés por su prójimo un hombre que, estando en presencia de Dios, está ya aislado de todo lo mundano.”

¿Cómo amamos a los otros? Antes de amar, ¿preguntamos a qué corriente filosófica se adscribe el susodicho? ¿de qué definición histórica del concepto se nutre su visión amorosa? Sonrío.

¿Qué siguió después de esas concepciones sobre el amor?

Dijo Julián Marías en La educación sentimental, que no fue sino hasta el siglo XVII que encontramos nuevas teorías filosóficas acerca del amor. Comentó que la aportación de la Filosofía moderna a la educación sentimental se concentra en dos conceptos: las pasiones en el XVII, y los sentimientos en el XVIII.

Tuve que esperar hasta salir de la carrera, hasta llegar casi a las tres décadas y cruzarme con otras mujeres, pensadoras, filósofas, para traer renovados bríos, revolucionarias ideas sobre el amor. Antes de eso, sólo conocía lo que algunos hombres filósofos sentenciaron sobre este gran tema. Y yo, funambulista entre una y otra teoría tratando de encontrar sentido a mi propia apasionada y aciaga vida.

No me di cuenta, pero hasta Nietzsche lo decía: abro cita, de La gaya ciencia:

“La misma palabra amor significa, en efecto, dos cosas diferentes para el hombre y para la mujer. Lo que la mujer entiende por amor está bastante claro: no solamente la abnegación, sino una entrega total del cuerpo y del alma, sin restricciones, sin consideración a nada. Esta ausencia de condiciones es lo que hace de su amor una fe, la única que posee. En cuanto al hombre, si ama a una mujer, es aquel amor el que quiere de ella; está muy lejos, por consiguiente, de postular para sí mismo el sentimiento que para la mujer; si hubiera hombres que experimentasen también ese deseo de abandono total, a fe mía que no serían hombres” …

¡Ahí estaba, clarísimo, hasta el bigotón lo decía y no lo vi! El amor tantas veces me sabía a injusticia, y no entendía por qué. ¿Acaso es eso el amor?, me pregunté tantas veces. Sabía que no. Entonces, ¿qué es el amor? ¿Cómo definir el amor una vez que se conocen tantas ideas a lo largo de la historia, y tantas dolencias, placeres, experiencias pues, a lo largo de la propia vida?

Dejaré de citar hombres, porque el tiempo apremia y me interesa dibujar la opinión de algunas pensadoras feministas interesadas en la materia. Dijo la grandiosa Kate Millet: “El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban” Dijo Shulamith Fireston:

“El amor es el baluarte de la opresión de las mujeres en la actualidad”, “Las mujeres no crean cultura, porque están preocupadas por el amor”, “La cultura (masculina) fue construida sobre el amor de las mujeres y a sus expensas”

¡Tremendas! ¡Claro, el amor ha sido un instrumento perfecto de opresión hacia nosotras! La llave maestra del patriarcado.

Entonces, ¿hemos de liberarnos del amor? ¿Cómo deshacernos del problema? ¿Qué sienten o piensan cuando escuchan que el amor es opresión? ¿Es el amor el problema? El amor romántico, patriarcal, sí.

Quizá, como dijo Fireston: el amor jamás ha sido comprendido, aunque haya sido plenamente experimentado y esta experiencia se haya comunicado de algún modo.

Quizá no ha sido suficiente el análisis que existe sobre el amor desde una perspectiva feminista. Quizás es necesario seguir teorizando y reflexionando sobre ese amor que nos ponga en el centro a las mujeres, que ponga en lo público lo destinado a la alcoba. Sí, y cada vez que hablemos del amor habrá que señalar la desigualdad estructural que impera, la opresión basada en el sexo de la mitad de la población.

Claro que no es algo nuevo, pero quizá no ha sido suficiente. O no nos hemos empeñado en transformar de raíz la educación amorosa de las mujeres; rescatando a las grandes filósofas que ya allanaron el camino.

¿Quiénes? Recordemos a la gran filósofa francesa Simone De Beauvoir en El segundo sexo, ensayo maravilloso donde demuestra que nada de natural tiene la subordinación de las mujeres en la sociedad, donde además dedica un capítulo especial para “La enamorada”. Donde inicia citando a Byron, quien dijo que “el amor no es en la vida del hombre más que una ocupación, mientras que para la mujer es la vida misma” ¿Les suena? El amor como destino, como meta, como ideal de realización. Ya también Rosario Castellanos lo denunció (brillante filósofa mexicana). Simone, nos dice que “algunos hombres han podido ser amantes apasionados, pero no hay ni uno solo al que pudiera definirlo como gran enamorado, pues aun en sus más violentos arrebatos, jamás abdican totalmente, aunque se hinquen de rodillas ante su amante, pues lo que desean de nuevo es poseerla, anexionársela…para la mujer, el amor es una dimisión total en beneficio de un amo…” ¡Es una fuerte declaración!

Pero, de nuevo, el problema a señalar no es el amor en sí, sino la educación amorosa, la situación que cada sexo vive como destino dentro de la civilización. Ahí radica la diferencia. Y ahí está la clave. No desechemos el amor, transformemos la mirada que hay sobre su conceptualización, su adecuación según el sexo al que se dirija. Ampliemos la noción del concepto, del peso de dicha noción en nuestra vida. El amor de pareja no puede ser el centro de nuestra existencia, no puede ser la vela que nos lleve en la marea. ¡Reinventemos al amor! ¿Cómo? ¿Desde dónde?

Las feministas, así como los hombres que se posicionan desde una existencia distinta, más justa, debemos ocuparnos de explicar el amor, de transformarlo, de redimensionarlo en la teoría y la praxis. Debemos hablar y amar desde una ética feminista. Nosotras tenemos siglos hablando de ello. Teorizando, explicando, señalando, socializando el tema.

¿Cómo continuar con esta tarea? Podemos iniciar leyendo a las mujeres que disertaron sobre este y otros temas que se conectan. Reconocer que hasta ahora la forma de abordar y andar el amor de pareja no ha sido más que una servidumbre para muchas de nosotras, mientras que para ellos ha sido la forma perfecta de someter y explotar de muchas maneras. Existen tantos análisis al respecto.

Podemos continuar alejándonos de la idea del amor como posesión, como algo incondicional y eterno, como mero deseo de lo que no se tiene, o como solución al vacío perenne. ¡Basta!

Probemos con algunas propuestas como el amor compañero del que habla Coral Herrera, ese que une a las personas en el campo de lucha contra cualquier injusticia, que une en los ideales de una vida más justa para todas y todos. O regresemos a la idea de la Mujer nueva de la que habla Kollontai, que es aquella que se coloca en el centro de su propia vida, deja de preocuparse por el asunto “pareja”, y encuentra otras formas de realizarse, se sentirse y existir libre y plena…

Hasta aquí dejo mi disertación anecdótica, que solo fue –como diría mi amiga la filósofa Arely López- una forma de “abrir boca”. Considero que esta charla sobre el amor nos toca a todas, desde las profundidades de lo que ya nos regalaron otras pensadoras.

¿Qué proponen ustedes, queridas lectoras, qué proponen para revolucionar al amor?

Dejo como posdata otras dos pistas:

Apostemos por el amor entre nosotras; por nosotras. Y ¡qué viva el amor amplio, de compañeras y compañeros, raíz de la transformación radical del mundo!

 

 

Marisabel Macías Guerrero (Mar), nació en Sinaloa (1986). Sudcaliforniana por convicción, y actualmente habitante apasionada de la Ciudad de México. Filósofa feminista, escritora, lectora entusiasta, tallerista y promotora de cultura independiente. Ganadora del premio estatal de cuento Ciudad de La Paz, con el libro de relatos eróticos “Penny Black”. Publica en su propio blog, así como en revistas digitales e impresas de circulación nacional. Coordinadora del proyecto “Círculo literario de mujeres”. Desde hace años explora temas como erotismo, amor y escritura desde la mirada feminista. Es amante de los libros, las buenas charlas y el café.

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