Té inglés y Ser inmortal, dos cuentos del escritor MIGUEL TONHATIU ORTEGA

Literatura
junio 17, 2020

TÉ INGLÉS

 

Fue el año anterior, cuando el frío comenzaba a sentirse como preludio del invierno. La escuché por primera vez decir: “Hoy hablé con tu padre”. Pero mi padre había muerto hace quince años. No podía ser

Desde la muerte de mi padre, nosotros vivíamos en la casa materna. Mis hermanos y yo cuidábamos de ella como el único tesoro que nos quedaba. Anhelábamos verlo tanto como ella, pero ya no sucedería. La casa era pequeña. Se encontraba en un suburbio de la Ciudad de México, humilde, con paredes largas y cuartos altos.

Mi hermano trabajaba de oficinista y mi hermana y yo éramos maestros en ese entonces.

Ese día que mi madre dijo el disparate, yo sólo evadí la respuesta. Ella sonrío. Su locura iba en aumento, pero quise guardar ese silencio que dice: “calma, ya pasará”, como una manera de normalizar su conducta. Podría ser simple olvido de su parte. Cierta mentira con olor de fondo. De pronto, la tarde y el luminoso espacio con un destello fugaz interrumpieron en ese diálogo.

Ya no volvimos a hablar de eso.

* * *

Un brillo que podría haber dejado ciego a un niño apareció de pronto. Su paso hacia la explicación que ella dio de mi padre fue lento. Era el fin del año y ella seguía con sus disparates. Algunas veces, ella se perdía la tarde mirando hundida en el muro tras sus cavilaciones. Hablaba con las sombras: “Carlos”, “Carlos”, como si mi padre estuviera allí. Esa oscuridad donde se refugiaba esa sombra que le hablaba en la soledad y la obligada a esperar al día siguiente. La efigie salía y entraba en ese fragmento de noche que permanecía en el cuarto. Pedazo de sombra esparcido por el espacio acompañado por la cierta expansión de luz en la habitación. Entraban y salían familiares, miraban igual a la mujer mayor que era mi madre: demacrada y sola. Habíamos llegado a la misma conclusión: había perdido el sentido de la realidad.

Y así fue cuando al final del año, el psicólogo que la visitó un día antes, dijo que se encontraba en un estado de negación. La oscuridad sería la única respuesta a su nostalgia. La miraba como una salida posible y quizá como el siguiente paso del delirio.

Le recetó para la depresión algunos ansiolíticos y otras pastillas para que estimularan el sueño. Solo recuerdo cuando dijo: “Procuren no dejarla sola. Quizá intente suicidarse.”

Mi madre tenía una hora para perderse platicando con sombras, en el momento en que mi hermana y yo llegábamos para atenderla. Justo cuando miraba la efigie cruzar el lugar que olía flores silvestres con un toque de tisana de frutas. Mi madre amaba ese aroma y era extraño pensar que la sombra apareciera solo para intentar llevársela.

Diario se levantaba a buscar las flores en el patio y preparaba el agua hirviente para el té inglés de frutos tropicales. Luego llegaba a la habitación de la casa con el aroma esparciéndolo por los rincones como si estuviera todavía enamorada. El cuarto tenía un color salmón que parecía cambiar con el paso del sol a un rosado color carne. En él se encontraban algunos crucifijos; fotografías de mi padre y de ella, así como algunas imágenes de mis hermanos cuando eran niños. El aroma hacía que las sombras fueron sólo manchas minúsculas intermitentes. Yo no comprendía a mi madre, quizá fui el más distante de ella.

A pesar de todo, teníamos fe. En la familia esperábamos que ella poco a poco regresara a la cordura, pero la esperanza se perdía conforme los días pasaban y ella continuaba en su necedad de hablar con los muertos. Seguramente era una profunda depresión. Intenté hacerla entrar en razón y solo me dijo que, aunque no le creyeran, ella podía hablar con mi padre.

Algunas semanas después nos dijo que ya estaba todo listo para su partida. Pésimas noticias. En el indicio de locura que nos había explicado el doctor: “Preocúpense cuando hable con sus apariciones y diga que ha socializado con ellas.

Parecía una premonición.

Sabíamos que de a poco tendríamos que dejarla deteriorarse hasta perder todo contacto con nosotros. Quizá al final, deberíamos internarla en un hospital psiquiátrico. Al principio fue miedo, luego pensamos en que eran procesos de vida. Pero ella no era tan vieja, aún no pasaba de los cincuenta. Un terror nos invadió a todos y no deseábamos creerlo.

Los colores se hicieron fuertes nuevamente. El intenso tono salmón se tornaba brillante ante la luz y se convertía en un tono ríspido, casi carmesí.

Era ya febrero cuando se nos ocurrió una idea maravillosa, si la sombra no aparecía no hablaría con ella. Concluimos que únicamente la dejaríamos en espacios iluminados. No era el ocaso ni la noche que podrían llegar a ella. Tendríamos las luces encendidas toda la noche para evitar que alguna sombra se acercase.

Entonces mis hermanos y yo nos pusimos a colocar lámparas interminables en las habitaciones: luces que no culminarán nunca para que ella se mantuviese siempre en una zona de cordura y nunca más volvería a pensar en la oscuridad y las siluetas.

Pensamos en la posibilidad de que entrara la sombra por algún resquicio. Así que no hubo una esquina velada o que permaneciera sin iluminación en un espacio entre la puerta, las paredes y su clóset. Debíamos combatir a toda costa los espacios oscuros.

Funcionó al inicio. Pasaron meses sin que ella recordara a mi padre. La habíamos recuperado por completo. Siguió cultivando sus flores en el jardín y preparaba la tisana que invadía con su aroma toda la casa. No había la insinuación sutil de alguna sombra que viniera por ella y se le atribuyera a mi padre.

*   *   *

Dicen que fue un día entre mayo y junio. No estaba yo presente.

Ante la iluminación perpetua que de pronto la luz de un lamparón se extinguiría, producto de un cortocircuito, que mantuvo una zona del cuarto a oscuras. Mis hermanos dicen que ella lo provocó porque la voz de mi padre le dio la orden. Lanzó un vaso de agua contra el cable que alimentaba las lámparas y se escuchó el cortocircuito, se fue un momento la luz y ella desapareció de pronto.

Mis hermanos, atemorizados por la locura de mi madre, dicen que no querían abandonarla, pero nadie se percató hasta escuchar el ruido y el corte de la luz en toda la instalación.

Dicen que salió desde la orilla de su cuarto. Avanzó desde la pared hasta la esquina del techo. La sombra paseaba entre el aroma del cuarto. Atraía todo sea su centro procaz. Como si esa geometría evitara que los colores se mantuvieron el olor a tisana emanaba de la misma sombra.

Debo confesar, mi madre nos tomó por sorpresa. Dicen mis hermanos que oyeron voces, pensaron que alguien la acompañaba y se mantenían distraídos reparando la instalación eléctrica. Una voz masculina dialogaba con ella buscando convencerla de alejarse de nosotros. Mis hermanos, al percatarse, corrieron pensando que era un secuestro o que algún extraño había entrado a la casa y buscaba llevarse a mi madre. Esa fue la hipótesis. A pesar de que mis hermanos corrieron hacia el cuarto para encontrar a mi madre, ella ya no estaba sentada en su sillón. La sombra tintineaba dentro del cuarto. Los olores regresaban lentamente y eran el único recuerdo que teníamos. La tisana de frutos se encerraba el cuarto con el color claro. No había explicación. Se les ocurrió que ella pudo haberse fugado. La buscamos en cada rincón de la ciudad. “Mamá, mamá” y nadie contestaba. Luego preguntamos entre los familiares y la gente cercana, fue el mismo resultado. Aparentemente había desaparecido de la faz de la Tierra. Levantamos una denuncia, eso fue por julio o agosto. Nunca volvió.

El evento hizo que despertara una fobia terrible a la oscuridad y las sombras. No podía quedarme solo en la oscuridad.

*   *   *

Hace días me quedé pasmado mirando el sitio donde decían mis familiares que había desaparecido ella.

No lo creerán, pero la vi pasar y supe que era ella. Llegó el olor a frutos tropicales que pobló el cuarto y los colores claros se reavivaron como cuando ella estaba aquí.

Recuerdo que dijo mi nombre. Y se acercó como si quisiera hablar conmigo.

 

SER INMORTAL

 

Después de aquel día no volví a ser el mismo. No miento. Incluso mi aspecto cambió. Sí. Todo sucedió después de verla. En esa época un viento del norte había golpeado la ciudad. Era octubre y yo había llegado apenas unos días antes. Vine al centro por cuestiones de trabajo. Me quedé muy cerca de la carretera, no quise adentrarme en esa inmensa urbe. Sin desearlo fue lo más acertado que pude hacer.

El día había sido frío, porque aún no cesaban las lluvias. Fue fortuito, solo recuerdo que apareció en mi cuarto. Ella estaba desnuda en sus cuatro cuartos y miraba al cielo raso de la habitación. La parte humana me parecía brillante en su faz blanca y sus senos descubiertos estaban provistos de un botón café claro que los coronaban. Su olor era como de flores salvajes. Creí que era un sueño. Nunca había visto alguien como ella. Era la imagen pura de la excitación. Siempre me sucede eso, no puedo evitarlo.

La necesité un momento.

Sonrió. La vi displicente en su faceta equina, lenta, al cruzar aquel espacio hacia mí. El ijar derecho se me revelaba en la belleza del pelaje claro. En un inicio, me preocupé porque la visión podría desaparecer. No era mi subconsciente, estaba seguro. Un acto de locura, pero en mi defensa diré que me encontraba en un estado de vigilia; llegué a este sitio descrito como consecuencia de un largo viaje —lo sé, el insomnio puede causar delirio—. Yo lo atribuí a la bebida, ya que lo hice no por gusto, sino para obligarme a vencer el cuerpo, los músculos; el hambre y la ebriedad deberían llevarme al sueño. ¡Por qué no llegaste antes, carajo! La hembra de centauro me escuchó.

Recuerdo en forma fragmentaria que me quité el pantalón y lo arrojé a un lado pensando que era eso: una emanación de mi inconsciente. Solo debo dormir, me repetía. No existes, murmuré y le di la espalda para abrir las sábanas y al fin, dejarme caer sobre la blancura incierta de la cama. El lánguido espacio olía a flores. La mugre de los cuartos de hotel no tenía ninguna relación con este sitio oscuro y deleznable.

¿Tienes miedo?, decía con un leve acento extranjero. No eres nada, sólo una ilusión, le respondí. Y si existes, solo es como el mito que habré leído en algún libro antiguo, terminé. No te acuestes, no podría yacer contigo, así, repuso. Tuve temor de verla al rostro. Es un animal mítico, debe ser anciana, habla como una, pensé. Si existiera, un animal así, debería tener al menos unos dos mil años. Me detuve antes de sentarme. No estoy en tu cabeza; puedes verme. No soy anciana como lo piensas. Entonces me volví, descubrí su grupa preciosa y bien formada que al moverse develaba una cola rubia del tono de su cabellera; en la zona de la crin, su cuerpo humano naciente, el torso hermoso de una joven de veinte años: esbelto y claro. En sus pechos podría ver una blancura de durazno virgen; su cabello castaño acercándose al rubio caía en cascada hacia su vientre blanco y terso.

¿Percibes la lengua en la que hablo?, dijo. No dónde estoy, ni qué es esto; será la sombra de mi embriaguez, y sonreí echándome hacia atrás en la cama, colocando mis brazos debajo de mi cabeza para dejar que esa ilusión me sedujera. Estoy desnuda, dijo, intimidada por la forma en que yo la miraba. Es la vigilia, respondí, sin creer en ella, en el cuarto y en las palabras. Ella caminó de lado, escuché el golpeteo sobre la alfombra y quedó de perfil entre las sombras. Apaga ya la luz. Ya no volví el rostro. Es estúpido seguir, debo dejar de oírla, creer en su existencia, es cansancio, pensé. Ella me miraba a los ojos. ¿Crees que no te escucho? Tus pensamientos rebotan en esta habitación, entre el olor a cigarros y a amor. No es un buen lugar, reclamó. Está bien desde ahora, reiteré de forma burlona. Le di la espalda otra vez y dije fuerte: ¡No existes! Me eché a la cama y le di la espalda definitiva. Escuché luego un zumbido.

No te muevas, dijo sin hablar. Gira lento y mira la flecha. No había sentido miedo hasta ese instante, palpé una vara delgada que se incrustó en el colchón, atravesando los cobertores. No la pude arrancar con mis fuerzas humanas. Luego, la miré a ella de otra manera.

A pesar del dorso desnudo, había un cambio, en ese instante ella traía el carcaj y la cinta que partía sus senos. No la había observado con atención, quizá por el cansancio. La escondía en el perfil de la espalda que se encontraba en la sombra. La fantasía es un indicio de tu locura, dijo vengándose. Estoy aquí para ti, completó, No puedes acostarte. No qué sea el amor para un animal, dije instintivamente. Agachó la cabeza, como yo, traté de enmendar. Estoy enfermo, ya llevo dos días delirando. Esta realidad… ¿Qué esperas de mí?, pensé. Me incorporé y bajé los pies al suelo. Estuve observándola; desprendía un olor violento a flores. La necesitaba como un consuelo. Quizá fue mi único pensamiento antes de ser totalmente convencido por su voz en mi cabeza. Ven, ven, dijo. Me aproximé a ella con miedo a que desapareciera, miedo a esta ilusión, lo sé. Ella se disolvería entre el espacio reducido de un cuarto mugroso de hotel con su efigie gigantesca. En silencio, de forma sorpresiva, ella me guió para montarla.

Amanecía, eso recuerdo. Al final, al echarme a la cama, creo que pude conciliar el sueño.

* * *

Estaba como había terminado en la madrugada, solo sobre la cama. Me dolían las extremidades inferiores sin motivo alguno. Sentía mis piernas dormidas, como si se mantuvieran contraídas de manera forzada. El lugar tenía un nuevo olor o mi olfato se había potenciado. Ya no percibía aquella esencia de flores salvajes que tenía la hembra de centauro. Parecía una mañana común y así lo creí. Al fin había descansado y estaba feliz por ello. Los corvejones me ardían y sentía los talones duros como los cascos de un caballo. Sin advertirlo, estaba sentado, al parecer, no podía recostarme del todo sobre la cama. Mi estatura era monumental. Tenía el cuerpo entero entumecido, como si hubiese dormido en cuclillas. Las pantorrillas permanecían tensas todavía. El músculo se habría convertido en hueso o algo así. ¿Dónde se fue?, pensé y oí mi voz que acompañaban los pensamientos. No abrí la boca. Esto me estaba dejando mal de los nervios. ¿Cómo pude dormir así?, volví a escucharme. Olvidé todo eco que mis oídos percibían, ¿cómo perdí la consciencia y desperté? ¿El sueño se extinguió? Todo fue un sueño, dije.

No obstante, no era solo el eco de mis pensamientos sino una facultad inexistente, ya que, al mirar mis pies, vi un par de ancas musculosas: la grupa dividía los cuartos del caballo en el sitio donde mis piernas debían mantenerme en vilo. Hasta el vientre, la cruz y el pecho, tenía un pelaje café oscuro. Acaricié mi lomo como si fuese el pelo de mi cabeza. Incluso. Entonces ese olor a flores salvajes volvió. Me sentí fuerte. Eché mis cuartos traseros fuera y luego los delanteros. Escuché mis golpes de casco sobre la alfombra roja y sucia del cuarto. Los golpes me asombraban porque eran veloces, casi simultáneos. Era yo como ese animal mítico llamado centauro. Sentía el peso de las uñas; sin embargo, tenía una agilidad sobrehumana. Traía el arco cruzado y el carcaj en la espalda caía sobre mi lomo. De pronto, sentí la barba en mi rostro: también, el cabello luengo y negro. Fui hacia el espejo y noté mi pecho duro y formado con vello idéntico en la cruz. Los músculos de mis brazos eran prominentes. En el estado de asombro, descubrí una fuerza descomunal levantando la cama con una mano. La regresé a tierra. Oía ruidos afuera y la luz atravesaba el visillo de la ventana. Quería salir del lugar y gritar a la gente en las calles; incluso, aterrorizar a los viejos y a los niños. Me causó un poco de gracia. Tenían qué reconocer mi actual estado de fuerza. Y la razón, fue dándome los pormenores verdaderos: la mujer centauro me había contagiado de su mítica forma como una enfermedad. Poco a poco caí en cuenta: nadie me podía ver así. ¿Cómo me esconderé entre la gente?, pensé. Tampoco puedo estar aquí mucho tiempo. Fui hacia la puerta; abrí y escuché murmullos abajo. Me pareció oportuno huir. Sin embargo, por los ruidos volví atrás. Golpee mi torso odiando mi condición sagitaria: me volvía torpe en el estrecho pasillo. El pelaje de mi textura equina me pareció lo suficientemente suave para ayudarme a deslizarme y huir. Pensé en una forma de escape por la calle, salir de noche y buscar refugio en mi casa, a las orillas de la ciudad. O quizá salir de la ciudad para ubicarme en un paraje silvestre y buscar un refugio, entre árboles, donde la gente, los humanos no pudiesen verme ¡Oh, dios!, ¡cómo podría pensar aquello!. Pero no tenía alternativa. El tiempo estaría en mi contra y alguien de la administración vendría a decírmelo. Busqué mi reloj de pulso y lo hallé tirado. Por más intentos que hice no logré siquiera tocarlo desde el suelo. Terminé por golpearlo con los cascos y hacerlo pedazos ante la desesperación. Mi camisa se encontraba sobre la cama, me acerqué. Antes de ponérmela, dejé el carcaj y el arco. La prenda cerró con dificultad. Coloqué encima, nuevamente, mis instrumentos de guerra. Vi los pantalones en el suelo, sólo me preocupé por mi billetera. Solté una carcajada que emanó desde mi estómago y retumbó en la habitación. Estaba montado en un caballo y ahora buscaba el dinero de mi cartera; vaya ironía: ¡no habría lugar para mi cuerpo en ninguna calle o en alguna acera con o sin dinero! Por la desesperación, encaré la puerta y salí. En el pasillo sólo había focos fundidos y un olor a ceniza con desinfectante. Olía a humo de cigarrillo. Troté a las escaleras lento y con dificultad. Escuchaba pensamientos desde abajo por las escaleras. Distinguía a un hombre y una mujer. Él deseaba a la mujer y ella pensaba en el momento que acabara el tiempo. Era hora, comencé a descender. El sol alumbraba las cortinillas del pasillo; vi el rostro del administrador que iba de un lado a otro del pasillo con un cigarrillo en la boca. Echó hacia atrás por la sorpresa y tiró el pitillo. La telepatía me reveló su voluntad. Dejó de ser una pesadilla. Logré leer sus pensamientos antes de salir. Preparé mi flecha, tendría que utilizar mis armas con esa gente asustada. Huí entre las sombras y tuve que enfrentar algunos hombres armados. Me alejé en un camión de desechos que salía de la ciudad.

Nunca más volví a ser el mismo. Ahora estoy aquí. Me escondo para no hacerle daño a los hombres. A veces salgo al prado abierto y cazo para comer. Cuando puedo leer los pensamientos de alguien, prefiero refugiarme entre los árboles. Algunos días permanezco en vigilia por si ella volviese.

Espero encontrarla. Saber que no estoy solo.

 

 

MIGUEL TONHATIU ORTEGA
Periodista y escritor. Publicó los libros de poemas, Sol afilado (Camelot, 2019) Canto para domar serpientes (Pasto verde, 2016); de relatos El Mal, (Fridaura, 2010), participó en Antología “Cuentos desde el sótano” (Endora, 2015); la novela Otra Lluvia ganó mención honorífica en el VI Premio Nacional de novela negra en el 2012.
Ha hecho colaboraciones para las revistas electrónicas:
Letra franca, Corre Cámara, Salvo el crepúsculo; Sea breve por favor; Gente today; Radiador Magazine, Jus, Letra Franca y Horizontum.

 

 

5 thoughts on “Té inglés y Ser inmortal, dos cuentos del escritor MIGUEL TONHATIU ORTEGA”

  1. Manuel Díaz García dice:

    Enhorabuena. Muy Buenos. Saludos cordiales.

  2. Fermín Ramírez dice:

    Excelentes relatos. Un gusto leerlos. Gracias!

  3. Refugio Pereida dice:

    Me gustaron mucho tus cuentos, Miguel Tonatiuh. Abrazos.

  4. Salvador García Lima dice:

    Un par de excelentes relatos; fuertes y efectivos.

  5. Ramiro Vittorio dice:

    Son cuentos muy predecibles. Pero entretienen.

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