ESTO QUEDA DE MÍ, UN CUENTO DE LA NARRADORA Zeth Arellano

Literatura
noviembre 3, 2020

ESTO QUEDA DE MÍ

 

El día de mi muerte no lo tengo claro, recuerdo tropezar con el ciclista y luego la oscuridad. Aparecí en la mente de Fausto tal vez unos minutos después, no lo sé, aquí el tiempo es diferente. El tan ansiado paraíso no fue una opción, caí sin escalas en una especie de purgatorio. La única persona que me recordaba era él y por eso llegué aquí. Fausto atestiguó el accidente y cuando me llevaron en la ambulancia escuchó decir a los paramédicos que no sobreviviría y tenían razón, el camión hizo trizas mi cuerpo.

Fausto estuvo al pendiente de la morgue en los días siguientes para dar el pésame a quién reclamara mis restos, pero nadie lo hizo, me arrojaron a la fosa común. Él asistió a tres misas para pedir por mi descanso y antes de dormir rezaba por mi alma.

Yo fui una persona solitaria y no creí que eso fuera un problema. Me las arreglaba bien siendo independiente, trabajando desde casa y saliendo sólo para lo esencial. Tenía contactos con empresas online y creo que mi interacción era más con sus sistemas operativos que con sus recursos humanos. Ahora pienso en lo que hubiera pasado si otras personas me recordaran. ¿Habitaría en esas mentes dividida en pedacitos? ¿Estaría consciente de esa posible existencia fractal o habría encontrado un cielo o tal vez el camino al infierno? Dejé de darle vueltas al asunto e intenté sobrevivir dentro de la mente de Fausto.

En más de una ocasión lo vi derramar lágrimas frente al espejo, estaba arrepentido por no haberme hablado en vida, por haber dejado escapar todas esas oportunidades de entablar una simple conversación que pudo haber llegado a más, o tal vez a nada. El hubiera de nuestra historia le quitaba el sueño y cuando eso pasaba lo percibía intranquilo, su mente arrojaba flashazos de ovejas negras saltando vallas o berreando a mi lado en los rincones de su mente, se obsesionaba con canciones somníferas y meditaciones guiadas, me rodeaba la oscuridad de quién deseaba apagar su mente y todo se repetía hasta que lograba conciliar el sueño.

Cuando yo estaba viva él me observaba desde lejos en la parada del camión o en la biblioteca y varias veces nos topábamos en el centro comercial y creo que no era casualidad. Juro que de no estar muerta lo consideraría un acosador. Los recuerdos que tenía de mí eran muy específicos, por ejemplo, había varias escenas en dónde separaba la comida por su color, me gustaba acomodarla antes de ingerirla, siempre tomando en cuenta las texturas y gama de cada alimento. Podía pasar horas haciendo líneas con los verdes de una ensalada para después disfrutarla, siempre sentí que mis ojos tenían una cualidad sobre humana para detectar ese cambio en la tonalidad de las cosas. Fausto me había visto hacer eso varias veces, le pareció fascinante y siempre encontraba la manera de estar cerca a la hora de mi comida, sentía que veía a un artista en pleno proceso de creación y le gustaba verme arrugar la nariz cuando las cosas no combinaban. Las películas se repetían una y otra vez en esa sala de cine interior dónde yo protagonizaba cada cuadro. Me veía radiante y feliz, supongo que era un efecto de verme a través de los ojos de alguien más. Atesoraba mi soledad y rara vez notaba a quienes me rodeaban.

Desde el principio compartí este espacio extraño con cuentos y poemas a medio escribir, bosquejos de dibujos e ideas suicidas. A Fausto no le gustaba su vida, tenía cuarenta y tres años y no sentía que hubiera logrado algo importante. Pasaba gran parte de la mañana haciendo su trabajo en automático mientras imaginaba la mejor manera de morir. Yo lo podía ver bajando la banqueta de la avenida más transitada sin fijarse si venían o no los carros, fantaseaba con encontrar una bodega vacía para poder colgarse de sus vigas oxidadas, cruzaba las vías con lentitud para dejarse llevar por el tren, se aventaba del edificio más alto de la ciudad o de un puente para ser arrastrado por la corriente del Río Bravo, conseguía una pistola y se volaba la cabeza, tomaba somníferos sin fijarse en las dosis o dejaba la llave del gas abierta hasta dormirse para nunca despertar. Todos los días lo veía entregándose a la muerte. La primera vez me asusté porque no pude hacer nada para evitarlo. La tercera vez que pasó en el día entendí que eran pensamiento suicidas recurrentes que variaban en sus colores, olores y formas, porque la imaginación de Fausto ponía especial atención en las estructuras y detalles de cada escena. Después de un tiempo me intrigaba saber por cuál se decidiría.

También comparto este espacio con otros recuerdos que no son tan nítidos como yo. Hay videos VHS, papeles archivados, fotografías y un par de peces betta. Los monólogos interiores respecto a lo cotidiano están amontonados en cajas de cartón. Fausto ha tenido acaloradas discusiones consigo mismo sobre si usar splenda o azúcar en su café de las mañanas, le teme a la posibilidad de un cáncer silencioso y a una diabetes casi por igual, al menos sabe que de eso no quiere morir.

Me sorprendía la funcionalidad de Fausto, se desenvolvía de forma aceptable en el trabajo y en la vida, aunque no era el más sociable de los humanos. Se empeñaba por hacer de su vida una experiencia tolerable. Me tocó verlo entrar y salir de varios cursos hasta que dió con las clases de pintura al óleo. Podía notar como se afanaba por crear algo que perdurara más allá de su vida. ¿Cuántos seres humanos luchaban con entenderse a sí mismos a diario? ¿Cuántos luchaban internamente para no romperse? ¿Cuántos de ellos se esforzaban por ocupar sus mentes en procesos creativos? Sentí algo de pena por él, era la primera vez en mi vida, bueno, en mi existencia que me preocupaba por alguien más que no fuera mi gato. Vaya, ni siquiera había pensado en ese gato atigrado que me esperaba en casa. ¿Por qué no vivía en la mente de mi Catito? ¿Con los animales no aplicaba o de plano el animal se había olvidado de mí? Debí darle más latas de atún y no haberlo castrado, a la distancia creo que mi Catito tenía motivos para odiarme.

Un día mientras deambulaba entre cajas y archiveros encontré sus memorias de infancia. La colcha de retazos hecha por su abuela estaba ahí a la mano, la tomé y me acomodé junto a sus ojos. Podía ver a través de ellos y sentirme libre. Fausto trabajaba con ahínco en un cuadro que lo tenía obsesionado, el rostro en la pintura se parecía a mí. Empecé a pensar en lo que pasaría conmigo si él decidía morir. ¿Desaparecería de un instante a otro, me dolería? Qué más daba, existir así tampoco era vida. Los colores que mezclaba para pintar mi cabello no se acercaban a cómo era cuando estaba viva. Él me recordaba con el cabello oscuro, casi negro y la verdad es que era castaña clara. Tampoco el color de mis ojos era el adecuado, Fausto los había pintado de un verde olivo en vez de usar color miel. Me resultaba extraño que pudiera recordar otros detalles insignificantes, como los estampados de mis vestidos pero no el color de mi cabello o mis ojos.

Varias semanas después el cuadro estaba terminado. Fausto colgó el lienzo en su sala. Cuando él lo observaba yo podía ver la versión imprecisa en la que me había convertido, empezaba a desaparecer.

 

 

Zeth Arellano es Licenciada en Cs. de la Comunicación y narradora mexicalense dedicada al relato breve. Obtuvo el primer lugar en narrativa del VIII Certamen Literario Ricardo León convocado por el Ayuntamiento de Galapagar, España y Segundo lugar en el Concurso Internacional de Cuento Libro Club ILCSA, en México. Ha participado en las antologías Ojo de Pez y en la edición Lados B 2018 por Nitro/Press. Cuenta con participaciones en revistas digitales como ERRR Magazine, Penumbria, El Septentrion, Erizo Media, Maremoto Maristain, Pez Banana, Cinosargo y Lado Berlín Magazine entre otras. Actualmente cursa la Maestría en Cultura Escrita en el Centro de Posgrado y Estudios Sor Juana, en Tijuana.

 

 

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